Vargas Llosa, Borrell y Borja de Riquer, tres cabezas con dos dedos de frente

Cuando el nacionalismo catalán se desbarrancó por los despeñaderos del separatismo-dicen que ventajosamente durante la crisis económica que debilitó al Gobierno central y ofreció la cara antipática de Europa- sorprendió a España cogiendo lapas. Hoy, 10-O, es una fecha tan icónica en el labrantío de la independencia como aquel 1-O, de la consulta en urnas chinas que dio la vuelta al mundo como Chechenia en su día o Crimea por idénticos motivos. Los oradores del domingo en el contragolpe popular de Barcelona (un millón de almas según los promotores, 350.000, según la Guardia Urbana) hicieron algo que se echaba en falta: se subieron al tanque como Yeltsin hace un cuarto de siglo contra el golpe de Estado a Gorbachov a cargo de algunos de los más recalcitrantes comunistas de sus propios colaboradores, reacios a la perestroika y la glasnost.

Volví a escuchar al político Vargas Llosa que en 1990 arengaba a sus paisanos peruanos frente a la amenaza del Chino Alberto Fujimori, el candidato irrelevante que le arrebató la esperanza de ser presidente de su país y que no tardó en revelarase como un dictador. Vargas Llosa tiene la querencia política inyectada en vena como buena parte de la letras latinoamericanas. Este domingo, en su mitin en el colofón de la masiva respuesta española al procés, brilló el Nobel de las verdades verbales (él que escribió de La verdad de las mentiras) con cuyo léxico, como buen peruano, sabe ser estilete tan exacto, punzante y mordaz contra el adversario. En una cena tinerfeña, comentó que la La fiesta del chivo sobre Trujillo, el dictador dominicano, era la declaración novelada de su aversión a la tiranía. Con esa pauta entrelazó, como si improvisara unas palabras bien arraigadas en su memoria, el encendido alegato de Barcelona (la ciudad en la que vivió en los 70 y escribió Pantaleón y las visitadoras, mientras su amigo y vecino García Márquez se afanaba en parir El otoño del patriarca, tras concebir nada menos que Cien años de soledad). Confieso que, sin necesidad de comulgar con todo el credo político de Vargas Llosa, conmueve escucharle dirigiéndose a las masas como el último guardián -por edad y por méritos propios- de la defensa de la convivencia en un mundo que se quedó sin valores. ¿Por qué emociona en Vargas Llosa, verle con la cresta cana y juvenil de un voluntario miliciano de esa ideas seguramente tan tontas para muchos catalanes refractarios del 1-O: la democracia, el mestizaje, la solidaridad? Porque nadie le empujó a meterse en el fregado, sino un sentido del deber, que ya está, por cierto, pasado de moda. Habló con la añoranza de cuando Barcelona era París.

Tampoco soy devoto a pie juntillas de Borrell -el enfant terrible del PSOE de Felipe González-, pero sí un admirador de su contrafigura premonitoria de Pedro Sánchez -que ha vuelto a leer mal el partido de estos tiempos de España, arrimado al arcén del derrubio catalán-. En el mitin de Barcelona, Borrell -el pacificador de la guerra del descreste de Olarte, cuando el consejero de Hacienda era José Miguel González, y eso eran palabras mayores- parecía el líder socialista que se opondrá a Rajoy en las elecciones generales inevitables a la vuelta de la esquina. Lúcido y elocuente, habló con dominio y autoridad de dos países en uno que es una especie de estado bivitelino.

Antes de esta pareja de estadistas, habló en El Español el historiador Borja de Riquer, convertido al separatismo, para alertar de que si hoy Puigdemont declara la independencia comete un craso error. Hay políticos que leen y políticos ágrafos, hay dirigentes que se dejan aconsejar y dirigentes que se inmolan en sus piras funerarias. Vargas Llosa, Borrell y Borja de Riquer formarían una estupenda mesa de tres patas si alguien busca, ya no mediadores, sino tres cabezas con dos dedos de frente.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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