Las ‘guerras’ africanas de Canarias

Si algo da sentido a todo cuanto nos sucede es la posibilidad de superar el bostezo y que se nos agite la conciencia, como si todo lo que ocurre ahí afuera se acomodara en el cóctel interior de nuestras cabezas. Y así van pasando los días, entre altibajos, creyendo siempre que lo último es lo concluyente, pues nada nos impele tanto como un desenlace inminente. Esa sensación de vértigo que nos apasiona. Sin embargo -para algo están la historia modesta de unas islas y la historia no tan modesta en su conjunto- todo eso es una soberana mentira. Nada nunca es definitivo. Cataluña hoy, como Canarias ayer,está en esa tesitura y ya nadie -salvo unos pocos añosos- se acuerda. Pasamos temporadas como esta de auténtico frenesí y nos resulta cómoda la adaptación al rojo vivo entre todos los colores. Así que cuando llega el puente del Pilar y se suspende el tiempo -que es nuestra mayor falta de autonomía- sentimos mono de acción como los marines tras la guerra.

Cuando nada verdaderamente interesante nos pasa, nos pasa eso. En circunstancias de soñarrera y holganza echamos en falta, claro, un revulsivo. Santa Cruz, la eterna ciudad muerta que rebate semejante latiguillo con sus plenilunios y aquelarres comerciales, concilia misantropía y carnestolendas como las dos caras de su moneda de curso legal. Pero no es solo Santa Cruz, es Canarias en su doble vertiente, es Canarias a la chita callando y saltando por los aires como un caballo desbocado, que no había sino que verla cuando mataron a Bartolomé García Lorenzo y etcétera. En tiempos que yo viví en primera línea de fuego informativo, de esto, de Canarias, hablaban con esta ansiedad catalana los periódicos de España.

Todo ese clima histérico, histriónico, apenas histórico -pues todo ya se disipa en un santiamén- no impedirá que Barcelona siga siendo la que Lorca (y Vargas Llosa hace apenas una semana) describía como una ciudad divertida. Canarias, que rezuma Carnaval, también fue en su día una tierra amargada con Madrid. Como en los seres vivos, estas mutaciones se dan, son estados de ánimo. A Barcelona la ha mirado un tuerto. En la Transición nadie se habría imaginado a la ciudad más europea que tuteaba a París emparentándose con el Kurdistán. Era la suite de España cuando yo desempeñaba con Martín la corresponsalía del Diario de Barcelona, el periódico más antiguo de Europa, y Santiago Vilanova y Lluis Bassets nos demandaban desde el palco de la capital política más avanzada de las Españas ciertas crónicas africanas sobre los conflictos que se libraban aquí abajo entre saharauis y marroquíes, y, en apariencia, entre Canarias y España. La OUA envió una delegación a las islas para testar qué, además, de la calima se podía considerar aquí legítimamente africano. Aquellos años -va camino de medio siglo- en nada tenían que ver con la dulce modorra insular. Todo lo que nos pedían nuestros jefes del Diario de Barcelona -y de Triunfo- eran noticias de las confrontaciones magrebíes bajo el balcón de las islas y de nuestras vicisitudes con Madrid . De ahí que pronto cultivamos una adolescencia periodística en la rama insólita de corresponsales de guerra y no solo de corresponsales a secas. En Madrid y Barcelona se preguntaban todo el tiempo, durante años, cómo iban nuestras cuitas africanas con España y con Marruecos por tierra y por mar, con los petardos de Cubillo y nuestros rehenes del Polisario. En las calles de Las Palmas cubríamos secuestros de saharauis por la policía marroquí y a veces había secuencias de zulos con armas para una inminente invasión, todo ello amenizado con planes secretos de espías de África y Europa en una continua beligerancia insular. Eran guerras paralelas que se entrecruzaban: de una parte, los independentistas progresaban en alianzas con Gadafi, con Bumedián o con el propio Mohamed VI,como si en verdad fuera a ocurrir algo gordo, la invocada descolonización. Y de otra, Marruecos y el Polisario proseguían con sus diatribas, inconciliables, en una guerra con muertos de verdad y Canarias en medio de ese tablero. Eran historias de una guerra de nervios. Viajábamos a Tinduf porque formaba parte indisociable de la crónica africana de Canarias. Ahora todo parece en orden en este solar comparando con Cataluña, que entonces era el Nirvana de todos los sueños cultos de Europa, una tierra de alta alcurnia.

Cuando aún no habían sido depuestos del todo los viejos dioses penates de la dictadura española, ni habían llegado todavía los nuevos dioses de la democracia a hacer de esto un país decente, Canarias era, en efecto, un volcán. Y las miradas y los ministros de Madrid se posaban sobre las islas como ahora no quitan ojo de las Ramblas y aledaños. Cuando el 1-O la policía repartió estopa en Barcelona, le recordé al teléfono a Román Rodríguez, que era un estudiante de medicina, la trágica jornada en que un agente disparó a dar y mató a Javier Fernández Quesada, a las puertas de la Universidad de La Laguna, en su presencia. Román socorrió, entre otros, a la víctima bajo el fragor de una represión de balas de fuego. Nada de lo que hemos visto ahora nos coge de nuevo a quienes calzamos cierta edad. La idiosincrasia del canario, con su cachaza y sus prontos, desafió al Estado antes que Cataluña -sin ponernos a rivalizar en disgustos-. Cuando estas aguas parecían calmarse, a Olarte -que le afeaba la conducta al centralismo con frases como: “Madrid va a saber lo que vale un peine”- se le metió entre ceja y ceja que no bajaba los impuestos de los Cabildos si el Estado no compensaba, dijera lo que dijera Bruselas, y encerró en un laberinto impensable al Gobierno de Felipe González a poco de entrar en la Euorpa comunitaria. El episodio se lo recordé a Carlos Solchaga, que era el ministro de Economía y Hacienda, en su visita al Foro Premium. González era más impulsivo que el flemático Rajoy, y Solchaga tenía más poder que un ministro. Ambos amenazaron a Olarte con aplicarle a Canarias el artículo 155, que ahora acojona tanto en Cataluña. Nos habrían suspendido la autonomía. “Nos quieren mandar los tanques”, me dijo entonces Olarte para El País. Y si la sangre no llegó al río fue porque el secretario de Estado era José Borrell, y el consejero de Hacienda, José Miguel González. El mismo Borrell que vino a pacificarnos a los canarios y que, casi treinta años después, fue el domingo pasado a Barcelona a reconducir a los catalanes.
Las rabietas de Canarias con el Estado dejan chiquita a Cataluña. Pero las islas nunca se dieron importancia.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión Comentarios desactivados

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