Luis del Olmo, con la piel de la radio

Luis del Olmo es leyenda viva de la radio, que si no estuviera manida sería una frase hecha a propósito. Leyendas de esa estirpe fueron también Bobby Deglané, Raúl Matas, Soler Serrano, Oliveras, Juana Ginzo, Matilde Conesa, José Luis Pécker, Matías Prats… y Gabilondo. Los dioses de la radio, que es como más me gusta llamarles (y entre ellos hay más de un canario, más de un Leocadio Machado), son personajes que trascienden la figura convencional del periodista y locutor, pues el tiempo los modela como héroes elevados al altar en lugares destacados de la casa. Estos dioses penates regían los destinos de las familias más y menos pudientes, su ámbito colegiado de influencia ha sido históricamente fenomenal, para envidia de los dirigentes políticos. En los tiempos bíblicos de mi infancia, el receptor físicamente ocupaba el sitio de honor; hasta que el televisor irrumpió en la intimidad de los hogares, la radio era la loca de la casa, como llamaba a la imaginación Santa Teresa de Jesús; era el centro de atención, una epifanía que colapsaba cualquier otra manifestación entre los miembros de la familia. El aparato, en todos sus múltiples diseños que Luis del Olmo colecciona con un rigor museístico, se depositada en lo alto como un tótem especial: en la cocina, en el comedor, en el cuarto del matrimonio y a menudo en el cuarto de baño. Era un objeto que era un hábito de vida y tenía el don de los oráculos: la gente vivía, leía y se relacionaba bajo la bulla básica de la radio, que era un sonido de subsistencia en un país que guardaba un recuerdo radiofónico de la guerra. Y hoy la radio sigue siendo un vehículo de paz en tiempos convulsos.

Luis del Olmo es uno de esos pilares sobre los que se yergue la radio en un mar de oyentes. En el almuerzo del Mencey, que no fue ajeno a la monografía catalana que domina la conversación de este país, le hice las confesiones de un fan agradecido de su magisterio. ¡Es que Luis del Olmo, como Iñaki, en RNE, en la Cadena SER, en la COPE o en Onda Cero tocaban el cielo en las ondas y tenían la piel de la radio! Yo sé bien a quién teníamos de huésped este jueves en la isla, entre los once galardonados con los Premios Taburiente de DIARIO DE AVISOS.

“Luis, eres leyenda de la radio”, le dijo Juan Cruz, también premiado, y el gran predicador en tiempos de paz se encogía de hombros a dos metros de altura. “Leyenda es una trampa de la edad”, se defendió con media sonrisa. Juan Cruz citó a Emilio Lledó, premio Leyenda de libreros. “Ves, otro sabio”. Cuando Luis del Olmo, minutos más tarde, descorchó el micrófono e hilvanó aquel discurso desde su olimpo sobre la libertad de expresión, cerré los ojos para escucharle como cuando era niño y lo hacía en el balcón de mi casa; era el mismo orador que me hablaba todos los días cuando yo no escuchaba sino devoraba la radio y mandaba poemas en mi ciudad para que los recitara Genovena del Castillo o para que los publicara la Ballena Alegre en sus cuadernillos de Madrid. En medio de una dictadura que cortó la libertad a matarrasa, Luis del Olmo nos educaba el oído antes de que ella llegara a la misma radio. Luego supimos que los terroristas de Eta lo quisieron matar ocho veces consecutivas y que no dejó que el miedo le robara el valor de la palabra, con todas las espinas de esa rosa. A Luis del Olmo lo salvó, por ejemplo, que un día viajara a Madrid a entrevistar a su amigo Baltasar Garzón, porque, en caso contrario, lo esperaban en Barcelona con un coche bomba. Ese hombre estaba allí, en el atril del Guimerá, enarbolando con 80 años recién cumplidos la bandera de su vida, la de este diario, la de los periodistas que no sucumben a las propagandas del poder. Dijo esa noche una vez más, “buenos días, España”, transido de Cataluña por los cuatro costados, que es su España imposible, donde habita y deshabita el sentimiento frustrado por la audiencia escindida. “Escucha hoy la radio después de la entrevista a Vicente del Bosque”, le dijo a Merche, su mujer, la mañana que se levantó con la decisión tomada. Y en el momento previsto se despidió de los oyentes: “Mi olfato me dice que hay que bajar el telón”. A Antonio Calderón, el padre de los efectos especiales (y de Javier González Ferrari y del cuadro de actores de Radio Madrid), lo apearon de la radio en contra de su voluntad. A Bobby Deglané se le saltaban las lágrimas en la Gran Vía añorando su estudio, su micrófono, su adicción. La radio mata a sus dioses de mala manera. A Luis del Olmo le salvó el olfato a los 77 años. Voz y luz, en lo alto, radio y faro: Luis del Olmo. Entré una vez a ver su voz en acción. Algo así como entrar en la cámara secreta del faraón. Logré meterme en RNE hasta el estudio donde Luis del Olmo fabricaba sus cuatro horas de Protagonistas y descubrí las entrañas del célebre programa con diez millones de oyentes; vi cómo lo hacía, por qué había en todo un aroma contagioso de belleza y elegancia. Vi a los guionistas corriendo por los pasillos y a él recibiendo con la mano extendida los guiones como partituras que interpretaba de un modo espontáneo en el aire. “Tiene usted acento gallego”, le objetaron en una prueba de radio, porque ser de Ponferrada es ser gallego en la frontera. Como ser de Canarias era una rémora en Madrid. En la sobremesa, Del Olmo no paró de citar a su competencia amiga, Iñaki Gabilondo. Si Díaz-Plaja los hubiera conocido, habría hallado la excepción del pecado capital español: la envidia. Dos dioses colosales, inasequibles a la rivalidad, ambos premios Taburiente de esta casa.

El problema de España era el País Vasco, la cuna aguerrida de Iñaki, y ahora es Cataluña, la tierra adoptiva de Luis del Olmo. España era una bicefalia radiofónica en boca de estos dos geniales portavoces. Ahora el país tiene la cabeza de Jano con las dos caras abriendo y cerrando los informativos al portazo limpio. Tras recibir el premio, Luis del Olmo miró con afecto entre los galardonados a José Antonio Pardellas. Ya había escuchado al editor de este diario, Lucas Fernández, y a Pedro J. Ramírez, Iñaki Gabilondo y Carlos Herrera, y no lo dudó, se despachó a gusto, habló del periodismo de DIARIO DE AVISOS, sacó la ballesta en defensa del “derecho de los ciudadanos a ser informados sin interferencias de los poderes públicos”, esgrimió el fuero del periodista y agradeció el Taburiente como un “acicate” para buscar el inconformismo en la verdad de las cosas, como “el oxígeno y el alimento de la libertad de expresión.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión Comentarios desactivados

Añadir comentario