Cela y Antonio González en el cenáculo catalán

La figura de un canario indiscutible (hoy se contarían con los dedos de una mano los aspirantes a tal título para que no quedara desierto), que adornaba de una sencillez extrema todo alarde de su quehacer, nos resulta este domingo de resaca catalana una cita obligada. Nos obliga y urge buscar gente decente -dice Valdano-, sin dobleces, para recobrar la fe cívica en los valores que inspiraron la apenas cuarentona democracia de este país. Canarios que tuvieron visión de Estado entonces, en la Transición. ¿Y por qué me acuerdo, sin embargo, de un científico y no de un político al uso? Porque don Antonio González (anteayer se celebró el centenario de su nacimiento en Los Realejos) fue senador por designación real en las Cortes Constituyentes, y luego contaré la anécdota -la suya y la de otro coetáneo, que tampoco era político, sino escritor-, una de tantas de su biografía modesta en exceso. Con la urgencia del momento, embargados por los riesgos de este tobogán por el que se precipita la historia, lo más grave, con todo, lo sitúo en el deterioro de la calidad humana de nuestros líderes públicos, instalados en la política mendaz, esa herida del sistema que convierte la democracia en un coto de embusteros de caza mayor, transidos de odio y hambre de venganza contra el enemigo de dentro y el adversario de fuera de sus filas (Churchill dixit).

Antonio González era, con la perspectiva de estos efectos posteriores del sistema que él, entre otros, ayudó a parir, uno de los últimos hombres buenos que yo recuerdo. Era un científico beatificado por la Universidad y la ciencia allá por donde iba dejando su estela, su química. Un hombre que caía bien y trabajaba con los tubos de ensayo en la búsqueda de la quintaesencia del cáncer en las algas. Cuando yo lo conocí, imberbe y deslumbrado por su carisma -la química del químico canario-, recuerdo todas las cosas que me fue diciendo, contando, enseñando, pero guardo, como digo, el recuerdo mayor de su bonhomía. No sé por qué me reservo esa huella de entre todas las suyas, pero supongo que entonces y ahora sobresale como un hecho inaudito que alguien como aquel gigantón hecho para el básquet -que no sé si llegó a practicar-, tres veces candidato al Nobel, que se metió en el bolsillo un Príncipe de Asturias cuando aquí, en Canarias, nadie conseguía un premio de Cádiz para arriba salvo que hiciera el pino sin red en el aire como Pinito del Oro, fuera tan buena gente. Ahora me extraña aún más -como digo-, porque rebusco entre las élites cartesianas de los cerebros locales y me cuesta un esfuerzo extraordinario dar con un antoniogonzález. Los hay. Conozco a alguno. Basilio Valladares es de esa estirpe, y siempre he pensado -como hacía de don Antonio- que estaríamos más tranquilos en sus manos si, amén de científicos, esta saga de elegidos se hubiera dedicado, a su vez, a la política. José Luis Sampedro, el economista y escritor, le dijo a Évole, ya en la recta final de su vida, que los mejores políticos del futuro serían científicos. Ya ocurrió en el pasado. Pongo por caso a Negrín. Valladares, como González, tiene buena entrada en América y no menos en África. Echo en falta la tertulia de lo que hoy nos pasa en España, el cenáculo catalán donde solo opinen estos personajes solitarios, grandes pensadores que pasan horas muertas con bata blanca al microscopio ante las verdades diminutas de los graves problemas de la salud. Gente que sabría curarnos incluso las ideas enfermas. Seguiré rebuscando hasta tener unos cuantos y reunirlos con Sami Naïr mientras sea nuestro huésped en la Isla. Lástima que don Antonio ya no está. El gran ausente del momento estelar de la España que soñó siendo senador real constituyente (1977-79).

Acaso del mal catalán -con perdón del paisano Ángel Guimerá- nos sane, en efecto, los científcos más lúcidos, que griten ¡eureka! con la solución. Nos vendría bien un antoniogonzález para regir esta coyuntura -como hizo con la Universidad de La Laguna en los primeros años de soberanismo canario que desembocó en la UPC-, con Cataluña en el congelador. Los próceres de la política carecen de sentido común para sulfatar el procés y combatir la plaga que amenaza extenderse por los territorios más propensos de España, como lo fuera Canarias, que, en tiempos de Antonio González, libraba sus batallas con Madrid desde Argel.

Un antoniogonzález, que fue senador real cuando España era un laboratorio y tenía entre manos dar con la fórmula para saltar de los escombros de la dictadura con buen pie y fundar una democracia que cuadrara el círculo de la convivencia entre antagónicos franquistas y comunistas, monárquicos y republicanos. Ahora cuento la anécdota. Cuando el rey telefoneó a don Antonio para nombrarlo senador, el de Los Realejos creyó que era una broma y le siguió la corriente al presunto monarca como si hablara con un loco. Cuando salió a la calle, la noticia ya era de dominio público gracias a la radio y la tele, y don Antonio -me dijo sonrojado- sintió la mayor vergüenza de su vida por haber tratado a Juan Carlos a la ligera, convencido de que era un impostor. Don Antonio no era un desconfiado -o sí-, solo que en su caso la humildad más absoluta le hacía inconcebible que un rey de verdad pensara en él para fundar la democracia en la Cámara Alta. En aquel hemiciclo ilustre no todo, sin embargo, eran buenas palabras. Y ahora cuento la otra anécdota. El rey, en su nómina de senadores áulicos, se fijó también en Cela, que hoy habría soltado alguna patujada sobre el cipote de Cataluña en el Estado de Archidona. El Nobel gallego de tirantes como Fraga dejó célebres arrancadas desde el escaño. Cuando el presidente de una sesión lo sorprendió en brazos de Morfeo y le preguntó si estaba dormido, respondió que no, que estaba durmiendo, “pues no es lo mismo estar jodido que estar jodiendo”. (En uno de sus textos menores abordó el caso del cipote de Archidona, incidente jocoso del que este martes se cumplió un aniversario camino del medio siglo, en el que un joven semental de la provincia de Málaga resultó detenido por salpicar a los espectadores de un cine con una catarata de su viril champán mientras la novia lo masturbaba en la oscuridad de la proyección: “Honra y prez de la patria y espejo de patriotas”, escribió Cela). Lo que ha ocurrido este viernes 27-0 -centenario del nacimiento del químico paisano- es que se ha roto el invento y ahora hay que dar con otra fórmula química para conciliar las esteladas y las rojigualdas, la independencia de cinco horas y los cuarenta años de democracia. País de golpes y contragolpes que hacen de España, de nuevo, un corral de comedia, de pueblo atiborrado de calle y cava, de carnaval y fullería. Paren el reloj y den con la fórmula. Es la democracia la que está en el tubo de ensayo. Que vengan las urnas y los científicos, y don Antonio nos bendiga.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

Añadir comentario