Jesús Quintero, el ‘Loco de la Colina’ y las puertas del desierto

Ya no hay locos en España, decía León Felipe, desde que “se murió aquel manchego”. Jesús Quintero, el loco de la colina, lleva tiempo enterrado en su fosa favorita, el silencio. Las deudas, los embargos, la amenaza de desahucio lo cercan y su estrella se apaga, sin que le ofrezcan trabajo con 77 años, cuando en Estados Unidos, con esa edad, triunfaba el maestro de la distancia corta, de la entrevista directa, en la CNN, Larry King, que tiene en común con Quintero la marca de una voz penetrante y un origen humilde, y aun mas, algunas sombras detrás de las cámaras y los micrófonos, por sus andanzas en la vida, su mala cabeza con las finanzas y el karma que persigue a cierta raza de comunicadores: la gloria y el drama personal. King arrastra una cardiopatía congénita; Quintero, una depresión voraz. “Me estoy volviendo loco de verdad”, dijo entre amigos, desesperado por el miedo a perder su último reducto, el Teatro Quintero, en la calle Cuna de Sevilla. Y, sin embargo, creo que el loco de la colina está más cuerdo que nunca, esperando otra oportunidad para regresar. Echamos de menos al profeta, el almuédano en su minarete.

Quintero creaba la atmósfera y la escenografía. Y ponía la voz, que lo era todo, en la radio y más tarde en la televisión. Quedó el sobrenombre, el loco de la colina, pero se transformó en el perro verde, el vagamundo o el hombre de la roulot. Inventó, con ayuda de escritores inspirados en el marcapasos de su voz, un lenguaje irrepetible, como si nada fuera igual sin aquella música ni significara lo mismo sin la ceremonia de su entonación. Así cambió la faz de ese medio y en los primeros años 80 ya era dios, dominaba el timón de una manera de navegar en las ondas entre tinieblas. Era pulcro y grave, solemne, distinto y puro, tenía una formalidad de donjuán mayestático; acaso porque era tímido y distante parecía una especie de predicador en un confesionario halagándonos el oído, y, ya consagrado en las emisoras de su vida, RNE, Cadena SER y Canal Sur, terminó convirtiéndose en un auténtico mito. “El loco lo pierde todo, menos la razón”, cita Quintero a Chesterton para disuadir a los malos entendidos. Él descubrió a Beni de Cádiz, al Risitas y al Cuñao, pero nunca se rio de ellos, sino con ellos, insisitía en su defensa cuando se lo reprochaban los andaluces más suspicaces, así como nosotros con nuestro mago y su dialecto y desconfianza. Dios de la radio y de la pequeña pantalla, el loco de la colina tenía detractores, porque todas las palabras no eran suyas, y le echaban en cara que utilizaba negros a sueldo, poetas como Javier Salvado y plumas de lujo como las de Raúl del Pozo o mi amigo Javier Rioyo. Eran escritores de la radio, y sus monólogos -escritos en el aire- calaban hondo en la audiencia; nos estremecía con su voz enfática, pero sin ella las palabras no habrían sido lo mismo. Todavía pongo grabaciones con la voz pausada y profunda de Quintero alertando contra el miedo que genera el poder, y revivo los años célebres del género y mis años de oyente beato de un loco sentimental. Cierto, Quintero hablaba con palabras prestadas, pero entrevistaba con malabares que no eran de nadie, sino de él. Nadie como él entrevistó en prisión a Rafael Escobedo (el caso de los marqueses de Urquijo), que terminó suicidándose. Cuando entró en las cárceles a hablar con asesinos, violadores, narcotraficantes y estafadores no estaban los guionistas cara a cara con la cruda realidad. Miraba a los ojos al entrevistado y lo enfrentaba con sus adentros. El mendigo asesino le confesó que no llevaba la cuenta de las personas que había aniquilado. “¿Le atrae la muerte?”, preguntó. “Sí, me gustaría morirme”, fue la respuesta del hombre que dormía borracho de roinol y coñac para vencer las angustias psicóticas. Matar es fácil, le dijo un albanés que asesinaba entre risas y no salía a la calle sin dos granadas en los bolsillos. El espectador se sobresalta cuando presencia la entrevista de Quintero al empresario que mira a la cámara con rabia, crispa el puño y golpea la mesa hasta sangrar, a pocos centímetros del periodista, que en calma le pregunta si se ha hecho daño. El hombre, entonces, grita algo sin sentido: “Estoy pagando la llave del cine moderno”. Y Quintero nos dirá que, una vez libre, un desconocido le descerrajó dos tiros en un ascensor. No estaban los guionistas para adornar la escena. Mario Conde le reconoció que la cárcel enseña, pues “si se conoce el cielo y se conoce el infierno, se conoce mejor al ser humano”. Personajes de ética negra desfilaban por aquellos programas que establecen el canon de la entrevista en estado puro.

Ha muerto Daniel Viglietti, el cantautor uruguayo, al que Quintero conoció y entrevistó, como a Galeano y Onetti. No solo a presos y a frikis convocó a su lado, también a Borges y a la Pasionaria, que fueron, a su juicio, sus mejores entregas. Ya no hay locos en España, decimos con León Felipe, desde que enmudeció el loco de la colina. ¿Dónde está?, ¿qué hace?, ¿qué no hace que no está ante el micrófono y las cámaras? Está en la ruina, dicen, con el patrimonio que tenía, entre casas, coches y bufandas. Hay mucha impiedad y poco humanismo. Esta es una frase suya. Nos hemos portado mal con el loco de la colina, olvidándolo tan pronto completamente.

La actualidad de Jesús Quintero es una amenaza de desahucio por medio millón de euros. Como tantos mitos familiares, nos sentimos concernidos por el derrotero de sus vidas. Una amiga común me puso al corriente estos días del declive económico del loco de la colina. Luis del Olmo lo citó en Tenerife, en la sobremesa del Mencey, como un animal del bestiario de este oficio. A los impares, los indignados, los locos egregios les dio el mismo tratamiento que a un ministro, consciente de que Cervantes habría hecho lo mismo. Y con ellos introdujo el silencio, su gran aportación al género. El primer mandamiento del periodista es escuchar, en la escuela de Quintero, para que fluyan los secretos del entrevistado. Ahora el autodidacta onubense que soñaba con ser actor es el que calla, abatido en el paro forzoso, con cuentas pendientes. “No tengo trabajo”, se queja. Si Jesús Quintero bajara de la colina y se viniera una temporada a la isla a hacer programas a las puertas del desierto, quién sabe… Cuando lo vi la última vez, algo delgado y triste, deambulaba serio entre los invitados a la fiesta en Ibiza del productor italiano Pino Sagliocco. Hay que traer a Quintero a Tenerife, a la residencia temporal de los genios desocupados. ¡Qué vengan y dejen su huella como los dioses de antaño! Que venga y termine bajo el volcán las memorias proscritas que escribe al rojo vivo bajo el título inequívoco de Mis queridos hijos de puta. Amén.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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