Siete años de columna

Esta columna cumple siete años, como las siete vidas de un gato, como las siete palabras en la cruz, como las siete llaves, como siete capas y un sombrero, como las siete colinas, como los días de la semana. Cinco no son montón, pero siete ya lo son. Nació con el parto de mi hijo, Ángel Benza, y, por tanto, tiene su misma edad y el mismo padre. Pero una columna periodística posee vida propia, elige sus temas y marca el guion de su deambular. Una columna no basta para mantener en pie una sola idea, acaso para levantar el dedo y que nadie te haga caso. Porque una columna es un acto de despecho en medio de una gran indiferencia, del ruido y los aplausos de la claque del poder, en medio de muchas mentiras y ninguna verdad que valga la pena.

Se escribe contra la injusticia sistemática, contra las continuas máscaras de los Gobiernos, contra la influencia asentada y aceptada de los grupos de presión y contra el cainismo atávico y rancio, que, mañana, tarde y noche, envilece a la gente de mal contra la gente de bien desde que se inventaron las capillas, los lobbies y las redes clientelares. Se escribe contra las élites que nos mangonean y creen que somos imbéciles. Pero la realidad es que todo es un enjuague entre cuatro, que a nuestras espaldas hablan constantemente de sus trapicheos. De no ser por la prensa -cada vez en menor medida- los ciudadanos vivirían ajenos al trasfondo, hechizados por las luces de la gran representación.

¿Una columna en un periódico para qué sirve? Tímidamente, para desviar los ojos encandilados por los focos y descubrir el polvo y las pisadas sobre el escenario, acaso. Y otras manchas que pasan desapercibidas, porque la mierda en todas sus acepciones se esparce y desvanece bajo la iluminación y el clown de la gran comedia. Una columna se mete en el fango y sale enfangada. ¿De qué sirve decir qué se piensa? En la era que vivimos, este oficio ya no es de periodistas. Lo invadieron los extraterrestres de las redes. Y en el ciberespacio se trafica con la verdad, se despieza y difumina. Cada cosa que se dice tiene apenas un ápice de veracidad lúgubre; las luces son para las mentiras. Pero el constructo del periodismo ya no es la verdad, sino la posverdad. ¿Y qué es la posverdad?

La posverdad también cumple siete años. Irrumpió, asimismo, en la columna de un bloguero inteligente. La posverdad es la mentira que conmueve y emociona. La posverdad forma parte de la dramaturgia del poder, de la farsa de los sentimientos; es falaz e infundada, reconstruye los hechos y se convierte en la verdad oficial. Estamos llenos de posverdades en los periódicos, en los medios audiovisuales y en las redes donde germina y crece.

Quien se restriegue los ojos y se fije en la suela de los zapatos, en los que van pisando a los demás, será capaz de librarse de los cantos de sirena de cuantos cuentan cuentos sin cuento y mienten más que hablan. Una columna apenas pellizca al lector hipnotizado por las verdades manipuladas en las grandes redes de la comunicación. Hace siete años nació mi hijo en medio de una crisis, que no era solo una crisis económica, sino una crisis de verdad. ¡En siete años he visto falsificar tantas cosas! Caímos en la era de Trump y todo lo siguiente ha sido una montaña rusa de embustes.

La verdad es que un hijo nos reconcilia con lo más auténtico. Deseo que crezca y viva y sepa deshacerse de los enredos y añagazas del mundo que viene. Me aterra el porvenir que le espera. ¿Qué nos queda que esté libre de engaño y trampa? Nada.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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