Sergio Ramírez no vendió su alma al diablo

Cuando América tenía intacto todo el carisma, desde estas islas se hablaba de América como si estuviera ahí al lado. No era ninguna exageración colectiva. La gente del pueblo llano lo decía con absoluta cordura, porque ir y venir entre las dos orillas formaba parte de una noción consuetudinaria de vecinos y siglos. Ahora se ha abierto una brecha y la distancia, por desgracia, comienza a parecerse a la real, las millas son millas, los kilómetros, kilómetros, y se nos viene abajo aquella ilusión de cercanía, con lo que supone de shock en el esquema mental de los canarios de cierta edad. ¿Entonces, América estaba tan lejos? Nos va a costar trabajo acostumbrarnos al mapa real de nuestra vocación americanista, por culpa de los lazos rotos. Y, en cambio, últimamente, la que está cerca es África (pronto un ferry nos llevará a Tarfaya). La paradoja es que veamos lejana a América cuando nos desplazamos en avión y nos resultara tan a mano cuando lo hacíamos en barco.

La primera vez que saludé a Sergio Ramírez fue en un hotel de Madrid y hablamos de la complicidad entre Canarias y América. Él mismo, siendo de la América central, menos frecuentada por nosotros, compartía esa proximidad que parecía una fábula geográfica propia del realismo mágico. Ojalá recobremos el hilo de Ariadna de ese atajo de agujero de gusano que nos comunicaba en su laberinto a canarios y americanos en un santiamén. Ramírez estaba de espalda en el hotel hace muchos años, cuando era un completo desconocido en España, donde supongo que no había publicado ninguna obra todavía y acababa de dejar el poder. Hace más de un cuarto de siglo de esto. En la Nicaragua que gobernaron los sandinistas tras derrotar a Somoza, como si remudaran el vino a un odre (y un orden) nuevo, Sergio Ramírez era un revolucionario intelectual, que no había disparado un tiro durante la guerra contra el dictador pero sí se había implicado hasta el tuétano en la clandestinidad. Y en el gobierno de Daniel Ortega fue designado vicepresidente. Era toda una autoridad moral, intelectual, literaria y política. En España, sin embargo, pasaba desapercibido. Pero yo lo calé por la espalda, con la habilidad que he ido perdiendo y que me propició tantos encuentros inesperados en los lugares más variopintos. No lo había visto antes en mi vida, salvo en periódicos y revistas. Y hablamos de América y Canarias tomando un café cuando era un revolucionario de referencia y un autor sin obra en este país. En Caracas, en la torre de Carlos Andrés Pérez, el todopoderoso CAP -las iniciales de un capo político indestructible-, a comienzos de los 80, me propuso al cabo de una entrevista que prolongara mi estancia para cubrir una noticia internacional. No era nada consistente y regresé. Pero supe más tarde de qué se trataba: CAP iba a ser el anfitrión de Edén Pastora, el mítico Comandante Cero, que por aquellas fechas desertó del Frente Sandinista y se exilió en Costa Rica. Siempre se sospechó que el Gocho, el apelativo familiar de Carlos Andrés, colaboraba con la CIA y aquella podía ser una prueba más del contubernio. El Comandante Cero había protagonizado un hecho que resultó determinante para Ramírez y sus compañeros de viaje: asaltó el Parlamento con un grupo de leales y tomó de rehenes a los congresistas de Somoza, en una acción que precipitó la caída del dictador. Ramírez guarda un recuerdo encontrado de aquella experiencia revolucionaria de “flores apétalas”. Fue un dirigente comprometido con la transformación de su pequeño país atrasado, coadyuvó a su allfabetización en los primeros años de mandato, generalizaron la sanidad, hicieron lo que pudieron hasta que empezaron las rivalidades y los manejos oscuros. Lo del Comandante Cero pertenecía a la liturgia de los guerrilleros legendarios del siglo XX. Si no se asaltaba un cuartel o un Parlamento retrógrado no había ortodoxia revolucionaria. Aquel hombre recio de baja estatura perpetró su tejerazo con éxito y se hizo célebre dentro y fuera de América. Nunca se supo si su evasión -ahora que por razones distintas hablamos de la diáspora de Puigdemont, de Hariri o de Ledezma- fue concertada con los sandinistas como una treta de contraespionaje o, en realidad, Pastora simplemente desertó. Pero el opositor converso, que acabó dedicándose a la pesca como un desterrado envuelto en su propio enigma, regresó más tarde a Nicaragua cargando con la nostalgia, hizo las paces con los sandinistas y el réprobo trabaja hoy para él gobierno. Ortega sigue siendo presidente, erigido en una especie de Mugabe septuagenario, ya sin las creencias originarias de cuando militaba con Ramírez contra el yugo del yanqui en el istmo: Guatemala, Honduras, Nicaragua, El Salvador, Costa Rica, Panamá.

Cuando recibió el premio Alfaguara (por la novela Margarita, está linda la mar, el hermoso título del verso a la musa de Rubén Darío), ex aequo con el cubano Eliseo Alberto, muerto en 2011, Ramírez nos contó que la revolución nicaragüense se había ido al carajo por culpa de la corrupción. La maldita ignominia. Nicaragua hacía aguas. Entonces Sergio Ramírez empezaba a ser un escritor conocido y reconocido en España tras el desamor de la política. Su desafío era llegar, a destiempo de la lumbrarada del boom, como un producto de ese árbol filogenético, y consagrarse entre los grandes contenidos de un continente hecho para las letras. Vargas Llosa, tras dejar la política, ganó el Nobel. Ramírez no las tenía todas consigo. En la periferia de Nicaragua era como un canario en la ultraperiferia de Europa.

¿Al periodista Ramírez qué temas le interesan que interesen también al Ramírez escritor? Me parece estar hablando con un canario a la sombra de la misma piedra. Nos dice: la corrupción, el abuso de poder… Durante una cena privada en el Mencey, nos contó a unos pocos testigos su entrevista con Gadafi, cuando el líder libio le ofreció ayuda a su país siendo él vicepresidente. Fue en una jaima, en el desierto, y Ramírez olió que el intermediario quería su parte. Ahora cuenta que la trama de Odebrecht, la compañía brasileña que contaminó de sobornos a casi toda América, es el gran asunto literario en esta lengua en aquellas tierras. No hace tanto estuvo por aquí con sus crónicas gastronómicas de Rubén Darío en la mochila y nos anunció la novela de la Nicaragua actual del desencanto. Ya está en las librerías Ya nadie llora por mí. Y Ramírez lo consiguió. Hace veinticinco años que lo reconocí de espaldas sin conocerlo en un hotel de Madrid, cuando le quedaban por parir las dos terceras partes de medio centenar de libros, Sergio Ramirez acaba de obtener el premio Cervantes, como Borges, Alejo Carpentier o Carlos Fuentes, que es como si tocara el techo agradecido de esos pilares. La noticia lo cogió saliendo de la ducha. Buena señal. Este premio es un remojón de libertad como el Reina Sofía dio alas al poeta Ernesto Cardenal, el exministro de Cultura sandinista que en Tenerife me contó con voz entrecortada su arresto domiciliario en la isla de Solentiname. Ramírez, Cardenal… América, está linda la mar. Vuelve.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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