Charles Manson y el mundo que abortó hace medio siglo

La vida de los 60 era pacíficamente violenta. Los muertos del Vietnam regresaban en ataúdes envueltos en la bandera yanqui. Las víctimas procedían del infierno. Mi ídolo Cassius Clay/Muhammad Ali desafiaba al establishment dispuesto a pagar con la cárcel su objeción. “No tengo nada contra esos Vietcong”, proclamaba a los cuatro vientos, y su estampa impertérrita ante la condena a un lustro de cárcel, a la humillación de ser despojado de la corona de campeón del mundo y a las vejaciones de medio país por no alistarse en la ignominiosa guerra asiática, generó una suerte de mito que trascendía los límites de un ring. Me sentía incómodo admirando tanto a un personaje consumadamente fanfarrón, que enarbolaba la fiereza de sus genes vehementes contra todo el poder supremacista blanco implantado en la primera potencia del mundo. Pero es que me caía bien, y frente a un racismo abyecto sobresalía como un ángel negro valiente y justo en un poema de Rilke.

Lo peor estaba por suceder en las tripas de los Estados Unidos de América. Bajo aquella sociedad hippy, solidaria, pacifista y psicodélica subyacía una fascinación por el odio y la violencia que, con el tiempo, han arraigado en el inconsciente colectivo de ese país que ya en 1966 quedaba descrito en las páginas de Truman Capote, A sangre fría, la novela del asesinato de una familia rural sin venir a cuento.

Por eso, cuando Charles Manson dictó sentencia de muerte contra Sharon Tate, el mundo imberbe de entonces supo del atroz destino de los ángeles embarazados. Tate, la joven esposa de Polanski, esperaba un hijo cuando las satánicas seguidoras de Manson irrumpieron en la mansión de Beverly Hills a tiros y puñaladas contra ella y sus huéspedes. Polanski se libró porque estaba en Londres. Sharon Tate era una actriz de seductora belleza, y a los adolescentes nos partió el corazón porque era la muerte de la realidad y el deseo, como diría Cernuda. Fue un crimen intolerable. Eran gente inocente habitando una vivienda ajena, sobre cuyos moradores había recaído aquella orden demoledora de un lunático enano de metro cincuenta, greñudo y barbado, que tocaba la guitarra con el culo para peerse canciones infumables creyéndose el alma de los Beatles vagando por los pasillos del infierno. Manson ha vivido enjaulado toda su vida como un servil delincuente de carrera precoz. Consiguió rodearse de adictas y beatos de su comuna diabólica y un día, tras engañar a una manada de artistas abúlicos con sus mañas de impostor, decidió hacer lo que llevaba metido en la cabeza y mandó matar a una decena de víctimas aleatorias. Era carne de silla eléctrica, pero la ley fue indulgente con él y lo condenó a cadena perpetua, o sea al infierno en la expresión terrenal.

El mundo que secundó los pasos de Manson (muerto el domingo a los 83 años de edad), en el que hemos vivido, no le desmerece. Desde que en la madrugada del 9 al 10 de agosto de 1969, hace la friolera de 48 años, su secta asesinó a mi idolatrada Sharon Tate y compañía, hemos visto horrores oscureciendo progresivamente este medio siglo que presumía de luminoso. Hemos visto la sangre de la luz, que es la sombra, y en ella nos hemos habituado a vivir sin escándalo. Entonces, no; cuando yo tenía 12 años me hizo polvo el crimen perpetrado por Charles Manson y me hice mayor de un salto. Hoy veo de lejos el rostro dulce de Sharon Tate en las últimas fotos antes del óbito, y la imagen sórdida del octogenario rapado con la barba rala y encanecida. Son las fotos del ángel y el diablo y de media centuria de nuestras vidas. Como una trágica rememoración, no olvido los hechos en su precisa, dolorosa secuencia. Entraron de noche y mataron a aquella joven encinta como si asestaran una puñalada mortal al mundo que iba a nacer. Y que era este.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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