Cinco minutos con Manolo Blahnik

Hay un tipo de canario que se come el mundo y que define a la perfección el perfil de una cierta manera de ser isleño sin concesiones al victimismo. Manolo Blahnik está en la élite de esa estirpe local-universal. Venía de recibir el doctorado honoris causa de la Universidad de La Laguna y yo tenía asignados solo cinco minutos para hablar con él, según prescribió su oficina en Londres, la capital de la otra isla donde vive. ¡Cinco minutos!, me advirtió enseñándome la mano sana sin dejar de sonreír y dar saltos sobre la pierna buena. Luego entramos en un despacho de la universidad y conversamos rodeados de un grupo de espectadores que habían logrado colarse atraídos por el carisma de la celebridad , que se abstrajo de todos mientras se concentraba en las preguntas que yo le formulaba contrarreloj.

Si hiciéramos recuento de canarios ilustres que cortaron el cordón umbilical con la isla y se dejaron llevar, hallaríamos un muestrario de personajes insignes que descollaron en las distintas facetas humanas y que estarían acreditados para figurar en una hipotética selección internacional de números uno. Blahnik tiene una plaza asegurada en ese combinado de estrellas. Sin embargo, me dijo que no se consideraba uno de los artistas más influyentes de su época. Lo enigmático de Blahnik, al margen de ser fruto del azar del encuentro de un extranjero y una isleña a través de una celosía, es la fuerza de un genio creador desconocida hasta que la editora de Vogue, Diana Vreeland, descubre su talento mirando sus dibujos al revés, en lugar de los rostros, las extremidades inferiores de sus modelos. Blahnik era hijo de una mujer que adoraba los vestidos y las bellas cosas, me dijo, y que confeccionaba zapatos con ayuda de brocados antiguos en una isla postrada en la escasez tras las guerras de España y del mundo. Pero no sabía que era, también él, un zapatero único hasta que la gran ama del oráculo de la moda prestó interés en cómo retrataba los pies. Me contó que doña Manuela, su madre, aprendió con don Cristino, zapatero de Santa Cruz de La Palma, y que él se quedaba con todo; que era una infancia sin coches ni televisión, de tertulias y meriendas en casa de la abuela. Estaban lejos del gran teatro convulso de Europa, como unos anacoretas, esperando que llegara algún barco con lo poco que la isla podía recibir para ir tirando. Había aprendido un oficio que desconocía cuando llevó los bocetos a aquella mujer poderosa en Nueva York. Quería hacer figuraciones y lo suyo era hacer zapatos. Era un fotógrafo de moda freelance, del Sunday Times, que de pronto conoció a Helmut Newton y la crème de la crème. Pero no estaba llamado a hacer diseños de teatro. Sino zapatos.
Cuando uno de estos canarios desprejuiciados que ha sido capaz de saltarse la regla de la endogamia y buscarse la vida fuera viene y nos cuenta sus avatares, confirma la tesis del isleño expatriado, que es muy propia de los canarios a lo largo de la historia y no creo que sea común a la condición genérica de insular. Quiero decir que Manolo Blahnik es ese paradigma; de haber permanecido en La Palma habría sido un tipo genial, pero no habría sido Manolo Blahnik. Él mismo ratificó esta conjetura. Me comentó que sus padres en los años 50 lo enviaron a la Universidad de La Laguna y el centro no lo admitió (que ese día que me lo contaba lo acababa de hacer doctor honoris causa).

Me confesó que era mal estudiante y tenía problemas de salud. Me pareció que no guardaba ningún asomo de resentimiento por aquel rechazo. Todo lo contrario -Blahnik me dijo como si desvelara un secreto-, gracias a que La Laguna le dio calabazas, sus padres lo enviaron a Ginebra y allí se le abrieron las puertas del mundo. No iba a ser profesor de literatura, por más que la estudió, ni diplomático, que era la consigna familiar, ni siquiera arquitecto, que era lo que quería ser, sino zapatero. Pero esta odisea de muchos canarios que encuentran su papel en la representación de su vida cuando el destino los expulsa de la isla no es, como digo, ningún dogma de la insularidad. Es un arquetipo isleño en cierta forma genuinamente canario y, a buen seguro, de ciertas latitudes no necesariamente insulares, sino que les incita salir por tierra, mar o aire, para manifestarse en toda su plenitud. Supongo que un sueco no tiene esa carencia. Ni un inglés. Ni muchos africanos, en contra de lo que se cree por el flujo de cayucos y pateras. Hablo de otro éxodo, el talento, al margen de la diáspora por motivos económicos. El canario también emigró por esta causa. Pero Youssou N’Dour me pareció un cantante senegalés muy contento de serlo en su país, desde donde goza de una gran influencia exterior. Y en la Cuba inamovible de Lezama Lima, él era Lezama Lima sin moverse del sitio, y todos tenían que ver con él. Siempre tuve la sensación de que Cabrera Infante no fue nunca del todo Cabrera Infante porque le faltaba Cuba, por mucho que Londres fuera Londres. Ya digo que este síndrome no es necesariamente isleño. Pero sí es un rasgo del canario creativo. Requiere de su audacia viajera para explotar. Si se queda, nunca sabrá cuál era su techo. Así que Blahnik lo supo gracias a que no se quedó imantado por la isla para siempre. Lo cual no excluye excepciones a la regla.

Le pregunté cómo hizo su padre el viaje inverso, de Europa a La Palma para quedarse. Y me hizo un relato que se cuenta en el filme de su vida estrenado en Venecia a la par que itineraba esa muestra antológica de su obra que acaba de arribar a Madrid. Según la versión romántica de los hechos que me hizo del flechazo del chico checo , el huésped paseaba por la calle Real y se enamoró de la joven que lo contemplaba detrás de la ventana. Por eso me dijo, de vuelta de todo, que su identidad está aquí, en la tierra que habitan los días de su niñez, donde creció entre plataneras y paisajes volcánicos, y adonde regresa continuamente como Ulises a recargar las baterías para volverse a Bath y seguir trabajando sin pausa ni vacaciones. Me llamó la atención su fiebre de artesano cosmopolita. Esperaba conocer a un genio endiosado. Blahnik es el Picasso del zapato, autor de 30.000 manolos hechos con sus manos. Supongo que es un don extraordinario hacer obras de arte que no sólo se gozan con la vista sino con los pies, obras que se llevan puestas y que agradan porque gustan y porque hacen la vida confortable usándolas. Los stilettos de Blahnik. Y, sin embargo, me impartió una lección de sus genes, no se fue por las ramas, sino por las raíces. Mis raíces -dijo- están aquí, en La Palma, y por eso vengo a caerme en sus brazos o en su suelo y hacerme daño sin rechistar. Ella es mi madre. Mostró la férula del brazo y daba saltos porque cojeaba de una pierna también lesionada la noche anterior jugando con su perro. ¡Se nos fue el tiempo hablando! No fueron cinco minutos, sino once y cupo todo en ellos.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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