Michelle Alonso, la sonrisa sin barreras

La sonrisa inagotable de Michelle Alonso contrasta continuamente con esa pesadumbre general que teje casi toda la restante mirada cotidiana que obtenemos de la foto fija del mundo. Es un grito inverso de Munch que se agradece bajo la ceniza que cubre otros muchos acontecimientos; nos congratula su espíritu de alegría perenne y el éxito que persevera detrás de ese talante porque no es fruto solo de un don, sino de la disciplina y el coraje de una canaria curtida en retos. La odisea de esta joven trasciende su discapacidad intelectual -por cierto casi imperceptible a quienes estén ajenos a la misma-, y no cabe en este caso que se le preste un trato paternalista tan al uso, por ignorancia, ante quienes sufren cualesquiera disfunción. Las personas invidentes, por ejemplo, no soportan que se les aborde con un tono de voz forzado como si su déficit de visión les convirtiera en seres extraños. Venimos de celebrar el día internacional de los derechos de quienes padecen alguna discapacidad física o psíquica. Y es evidente que la joven nadadora recién coronada campeona del mundo en México en su especialidad favorita de cien metros braza merece una admiración acorde a su proeza, pero nunca el más mínimo asomo de compasión. Estamos ante una campeona de primer nivel mundial, que ha trazado una trayectoria de éxitos en las competiciones más exigentes que demuestra que ya se trata de una de las grandes deportistas canarias de todos los tiempos.

Seguramente, el caso de esta excepcional nadadora tendría un tratamiento más épico en otras culturas menos indiferentes a los logros locales como la nuestra. Pero aquí digo que, en medio de la grisura y la mediocridad dominantes, Michelle Alonso, la gran embajadora de nuestra afabilidad, se ha ganado ya su trono en lo que mejor hace, nadar sin complejos, fiel a su rol de superación. Ha habido deportistas, como hay científicos, artistas y escritores, que sobresalen pese a una determinada discapacidad. El caso de Stephen Hawking, devastado por una esclerosis lateral amiotrófica que condiciona su vida y trabajo hasta extremos inauditos, es un hito de la humanidad discapacitada. Nunca nos cansaremos de reconocer la batalla sin límite del físico teórico contra las adversidades de su enfermedad imparable. Ser número uno en la ciencia en tales circunstancias exige una fuerza de voluntad sobrehumana. En otra oportunidad contaré qué diminutos se vuelven todos nuestros desalientos cuando se siguen los pasos de cerca de este personaje irrepetible capaz de sonreír con vehemencia ante un comentario jocoso. Michelle Alonso nos conquista por sus hazañas y sonrisas en un contexto a menudo mustio en todos esos frentes económicos, políticos y sociales que engrosan la actualidad con una tristura que se ha vuelto pandémica. Esa hilaridad desinhibida es un regalo que nos depara esta paisana habituada a competir en la élite sin achicarse, como si en su estado de aparente complacencia estuviera mostrándonos el camino para ser más eficaces y felices, o sea, otra suerte de canarios sin cortapisas.

Con motivo de la efeméride de la discapacidad hemos conocido la dimensión de un colectivo que representa el 15% de nuestra sociedad, centenares de miles de paisanos, cada uno con su portfolio de demandas, con sus conquistas y sus desafíos. Hemos sabido que ayer era el último día de plazo para que nuestras ciudades derribaran sus barrreras arquitectónicas y que pronto los afectados comenzarán a acudir a los tribunales tras el desdén de la Administración. Nos adornamos con las plumas de Michelle Alonso. Pero a la foto oficial de las autoridades que posan junto a ella se opone la foto de quienes, sin preseas, sintiéndose representados por Michelle, demandan una respuesta día a día.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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