La baja autoestima de Ronaldo si fuera canario

De la autoestima del canario hablaba el domingo en estas páginas Jerónimo Saavedra. Mencionar la autoestima en un pueblo que la desconoce por sistema como un asunto ajeno que le trae sin cuidado, es desenterrar uno de esos fantasmas que nos flagelan de cuando en cuando, como si la mejor receta para que el canario espabile fuera recordarle que no se tiene la debida consideración a sí mismo. Es una de las materias que imparte de antiguo el psicólogo Pedro Hernández Guanir. Nos la restregó en la cara en las primeras ediciones del Natura y Cultura. Porque hacer dejación de esa pócima es un acto consciente de desánimo, la asunción del vencido de antemano, que desiste de ciertas metas por anticipado, carente de ambición, decidido a tirar la toalla en el round menos pensado, porque una retirada a tiempo es una victoria en el manual del derrotado. Leemos la desmesura de Cristiano Ronaldo (“soy el mejor jugador de la historia”) y comprendemos la diferencia entre no tener autoestima y tener un ego elevado hasta el infinito. Lo del crack portugués es la metástasis de la autoestima, una hemorragia de vanidad que no es exclusiva del balón de oro madridista. Cassius Clay (Muhammad Ali) se prodigaba en ese género ya desde los años 60 y 70 en que yo lo admiraba de ese modo profuso con que se consienten los pecados de los ídolos terrenales como si fueran sobrehumanos. “Soy el mejor”, repetía con euforia y desprecio hacia los blancos. Y era, en efecto, el mejor sobre el ring. Quizá la objetable subjetividad desmedida de Ronaldo (la discusión sobre sus galones y los de Leo Messi lleva camino de convertirse en una controversia sin fundamento)convierte su derroche de autoestima en un factor que agita las fronteras de la autosuficiencia y nos invita a establecer límites racionales.

No sería bueno que, de pronto, el canario se nos volviera un fanfarrón narcisista que mirara por encima del hombro al resto de autonomías y gentilicios. Si tal cosa ocurriera y a nuestros celsoalbelos les diera por ir por ahí diciendo que son los números uno y no hay quién se les compare, no por ello pasaríamos a ser un pueblo exultante sin complejos en condiciones de afrontar los desafíos con garantías de éxito. La clave de este negocio de pueblos optimistas y felices es administrar sin derroche los valores considerados básicos en toda batalla que se precie -y de eso va la guerra de la vida- para obtener los mejores resultados y hacer las apuestas con criterio ganador. La baja autoestima del canario tiene que ver con la carga de estigmas y sambenitos que hemos metabolizando de generación en generación. Lo curioso de este pesimismo que amarra los pies de las islas es que venimos -como nos recordaba días atrás Marcos Martínez en La Palma- del cliché más elogioso al que pueblo alguno puede aspirar: el de Islas Afortunadas (Plinio el Viejo las menciona y ya Hesíodo lo hace en Los trabajos y los días, no es broma que de antiguo nos dieran tal postín).

O sea que, ya puestos, nos hubiera dado por fardar a lo Ronaldo de las islas non plus ultra, el no va más. Y, en cambio, algo nos aconteció en el curso de la historia que nos entró esta depresión, con su molicie respectiva (el célebre aplatanamiento, o soñarrera como nos atribuyó Unamuno), y nos transformamos en pueblo derrotista, esquinado y envidioso, que se pasa la vida matando el tiempo viendo cómo se matan unos a otros, una isla contra otra, una acera contra otra. Lo que viene a decir Jerónimo Saavedra, desde el púlpito del Diputado del Común, es que hagamos las paces las dos aceras para ir juntos por la misma calle, que no es tuya ni mía, como dijo Agustín Millares Sall.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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