Venimos de un año que viene de otro año

El año empezó con una plétora de buenos propósitos tras una larga crisis económica, y parecíamos reconciliados con la historia. Pero desde el 11-S de 2001 todos los años me resultan parecidos, cortados por la misma tijera -venimos de un año que viene de otro año-, como si hubiéramos entrado, tras el atentado, en una era repetitiva de cautelas y miedos, y de ensoñaciones nuevas. Recuerdo que en el 2000 -¡vivimos un cambio de siglo, no lo olvidemos!-se hizo aquel ajuste de cuentas con las dos guerras del siglo XX como si este siglo XXI estuviera predestinado a la paz. Se equivocaron los profetas, Fukuyama se quedó solo predicando el fin de la historia y de los conflictos bélicos. Hoy los pensadores andan replegados y hasta los poetas se replantean las metáforas y los mitos, con todas las musas en huelga. ¿Por qué menciono las Torres Gemelas? Porque, a mi juicio, todo empezó de nuevo ahí, cuando aún no existían Facebook, Twitter ni WhatsApp. Quiero decir, por tanto, que el mundo que hoy conocemos, con sus métodos y herramientas y su nueva mentalidad disruptiva, heredera del caos y la catástrofe, surge en ese instante, poco antes de la una de la tarde de aquel martes.

Cuando cayeron las dos moles diseñadas por Minoru Yamasaki cayeron los pilares del ancien régime. Todo se acabó y todo empezó. Y lo posterior es esto, esta manera inestable de vida incierta. Si uno quiere pensar, sobrevolar los problemas, ha de subirse, por cierto, a un avión. Donde mejor se medita es donde uno se cree Dios. En el cielo. También el mal vino por ahí aquella vez que dos pilotos neófitos se abalanzaron en dos Boeings contra los rascacielos de Nueva York. Los cuerpos cayendo de los edificios como peleles, que dijo Rojas Marcos, eran una imagen que parecía irreal. Luego han sido comunes imágenes por el estilo en videojuegos que forman ya parte de nuestra cultura. Lo irreal cobró cuerpo, las cosas importantes pasaron a ser las intangibles. Diría que soñar es ahora una práctica de enorme trascendencia, incluso económica. Como quiera que lo imprevisible es lo más previsible, vivimos sin plan B, y esta nave avanza gracias a la imaginación de la gente. Hay más estúpidos, pero también más genios a menor edad. Ahora todo está por inventar cuando siempre dijimos que todo ya estaba inventado. En la incertidumbre tampoco se vive mal. Cuando el hombre se siente inseguro, piensa y crea. Ahora estamos siempre volando como pájaros, el gran anhelo de Da Vinci y de la humanidad entera. Sí, nos gusta ser digitales, pero sentimos nostalgia de aquella etapa analógica en que éramos torpes y rutinarios y un trabajo era para toda la vida. Nos alegra el progreso tecnológico, no, en cambio, su capacidad destructiva.

¿Por qué despedimos este año con una sensación agridulce? Llegamos a confiar en una vuelta a la normalidad. Cuando esta quedó abolida para siempre bajo la incertidumbre en aquel mismo atentado. Leyendo las Ventanas de Manhattan de Muñoz Molina, novela escrita en los días del horror, uno cae en la cuenta de que necesitamos engañarnos y creer que no sucede nada. Este año ha sucedido de todo, dentro de esa lógica diabólica que se impuso el 11-S. No es la economía, estúpidos. Es el miedo y su aceptación. Ese aire mundano de pasajero asiduo que tenía Ryan Bringhman (George Clooney) en Up in the Air volando a todas horas en nuestro ciberespacio como en cualquier avión, y pronto en un dron. A soñadores no nos gana ninguna otra etapa histórica. Ahora todo el mundo sueña y encarna un papel ideal, sintiéndose personaje de una vida pública en las redes. El sueño es una vía de escape del miedo. Son los niños, los más hábiles soñadores, los dueños de este mundo recién nacido, que necesita de la imaginación. En este mundo en modo avión del que hablo hay un canario que le vio las orejas al lobo antes que nadie. Iván Chirivella, que no debe de tener más de 40 años, tendría 25 cuando, según me contó, conoció a los asesinos del 11-S y les enseñó a volar, lejos de sospechar que, en realidad, les estaba enseñando a matar. Chirivella sufrió un shock cuando tras ver los aviones en televisión estrellándose contra las Torres Gemelas, el FBI le llamó para decirle que los pilotos eran Mohamed Atta y Marwan al Shehhi, sus alumnos. El primero se empotró en la Torre Norte, y el segundo, en la Torre Sur. Durante dos meses, cuatro horas diarias, tuvo tiempo de conocerlos de cerca, pero no adivinó que eran terroristas potenciales. Atta era canijo e irascible, y Marwan, una especie de oso grande y sonriente. Chirivella me dijo que se enfrentó varias veces a ellos, por sus desplantes machistas hacia las mujeres de la escuela de aviación y porque eran desobedientes durante los vuelos. Una de esas veces, les quitó los mandos, dio media vuelta y regresó a Sarasota. ¿Cómo podía imaginar que iban a asesinar a 3.000 personas pocos días después? Jamás mencionaron a Bin Laden. Este canario, que continúa volando a sus anchas, tras escribir con Alicia Mederos Cómplice inocente y desahogarse, me dijo que quería seguir siendo una persona normal. Pero el mundo ya no lo era para siempre, una vez instalados él y todos nosotros en la anormalidad más absoluta y la incertidumbre. El mundo se hizo volátil. Cuando subí al Empire State Building y miré desde su observatorio la ciudad de Nueva York no sabía nada de lo que iba a ocurrir. Hoy seguimos ahí arriba, en la nube, suspendidos en un espacio de irrealidad manifiesta.

Mi hijo es un pequeño hombre de este mundo recién nacido ya sin cimientos, donde se desmantela lo viejo y se adora el vacío. Su mundo no está a mi alcance. Yo convengo con los escombros de las Torres Gemelas, de la Crisis Económica y de los demás telones que se han ido cayendo. Mi tiempo original se hizo remoto muy pronto. Mi hijo vuela desde que nació. Se subió bebé a un avión. No le cogerá de nuevo sobrevolar para sobrevivir. Pero no crean que estoy enfadado con la época de mi hijo. Hagamos las paces con la historia que está resurgiendo de sus propias cenizas. No. 2017 no fue un año malo del todo, no hubo taumaturgia, ni milagro. De acuerdo. ¡Qué se va a hacer! Otro vendrá que bueno lo hará. Me cuenta un padre un cuento de una hija de cuatro años que al despertar le dice: “¡Papá, tenía un regalo muy bonito para ti, pero se me quedó en el sueño!” Dejemos a los sueños guiarnos por la vida cada día con ese regalo de un hijo por la mañana.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

Añadir comentario