Turno de noche

Este 7 de enero de 2018, antes de que el lunes se interponga en nuestro camino, con su rutina ruin, deberíamos conceder una oportunidad a nuestra olvidada intuición, si marcarnos un rumbo, un destino, nos apetece. Demos a la lógica este día de asueto, o no digamos más año nuevo, vida nueva.

En uno de los libros que aquí cabría citar como lectura obligada, Pensar rápido, pensar despacio, de un psicólogo eminente que obtuvo el premio Nobel de Economía sin ser economista, Daniel Kahneman, se nos insiste en que somos dos sistemas pensantes que rivalizan: uno es rápido y otro perezoso; uno, intuitivo, y el otro, racional. De esa competencia depende nuestro discurrir cotidiano, como prueba el ejemplo demoledor que traeré a colación más adelante. Kahneman nos descubre por qué erramos o acertamos en la toma de decisiones. Este es un tema nuclear, como enseguida veremos y no un mero juego de magia, aunque es verdad que una vez le planteé el tema al célebre mago Anthony Blake y me aconsejó: “Hazle caso a la intuición”. Tanto Blake como Kahneman me parece que se decantan con más simpatía por la intuición, como un viento que pasa si no estamos atentos. Pero, ojo a la observación del psicólogo israelí: la intuición es muy influyente, pero no siempre tiene razón. Así que se trata de tener buena y no mala intuición, como veremos.

Estos días ha trascendido que un grupo de congresistas de Estados Unidos se ha planteado seriamente si el presidente está loco, a la vista de su cruce verbal con el norcoreano Kim Jong-un -al que llama en sus tuits el hombre cohete- sobre el tamaño del botón nuclear. Ya en febrero pasado, 35 psiquiatras estadounidenses, sorteando la Regla de Goldwater, por la que el gremio se reprime evaluar a figuras públicas, lo declararon incapaz para el cargo por su narcisismo, prepotencia y brotes de rabia a la mínima oposición. Ahora también salta a la luz el “niño insatisfecho” que gobierna la primera potencia del mundo en Fuego y furia, el libro del controvertido periodista Michael Wolff que los americanos devoran desde el viernes con el morbo adicional de que Trump, torpemente, lo quiso prohibir. ¿Cómo no desempolvar la historia que aquí traigo en este tris del duelo de los dos loquinarios infantiloides, Donald contra Kim -¡qué dos para un sidecar!-, jugando a meterse el dedo en el ojo a riesgo de sumirnos en una guerra irreversible? Que el tiempo los aje y los desdore, como dijo el poeta. Y ahora toca hablar de Petrov, el hombre que salvó al mundo.

Stanislav Petrov era un teniente coronel soviético de vida anodina que estaba a cargo del centro de vigilancia temprana, cuando, hace 35 años, de madrugada, los sistemas de alerta detectaron un ataque con misiles atómicos americanos contra la URSS, y él no se lo creyó llevado por su intuición. De haber seguido el protocolo a rajatabla y transmitida la noticia a su cadena de mando, bajo un clima político de máxima tensión en el cenit de la Guerra Fría, se habría desatado probablemente la tercera guerra mundial y primera nuclear de la historia. Petrov, entrenado para no dudar, titubeó aferrado a un presentimientor que resultó lúcido. Como comprenderán, esta es de las historias que seducen y un magnífico ejemplo de pensar rápido, pensar despacio que Kahneman no pudo utilizar en su obra, pues fue ocultada por la URSS. El episodio da crédito a la intuición, mi predilecta en este debate. “La sirena aulló, pero me senté allí durante unos segundos, mirando a la pantalla roja, grande, retroiluminada con la palabra lanzamiento brillando en ella”. Petrov narró mucho más tarde el cuarto de hora crítico (fueron, realmente, 23 minutos) de su particular crisis de los misiles encerrado en un búncker secreto de las afueras de Moscú aquella madrugada de septiembre. “Un minuto más tarde la sirena sonó de nuevo. El segundo misil había sido lanzado. Entonces, la tercera, la cuarta y la quinta. Las computadoras cambiaron de alertas de lanzamiento a ataque con misil”. Pero permaneció sentado como “en una sartén caliente”, fiel a su corazonada, pese a que, supuestamente, cinco misiles atómicos se dirigían contra su país con un nivel de fiabilidad máximo. Si Petrov no hubiera tenido una formación civil, además de militar, habría descolgado mecánicamente el teléfono y que salga el sol por Antequera. No había sido formado para pensar, sino para actuar en un brete semejante. Pero hizo lo contrario de lo que se esperaba de él. Fue una anomalía feliz gracias a una impresión completamente irracional.

El caso inspiró un documental de cine. Pero aquel 26 de septiembre (de 1983) yo tenía 26 años y estaba cargado de sueños que ahora recuerdo con la añoranza recompensada de quien pronto tendrá esa edad al revés. Éramos ajenos a las bombas imaginarias que ignoró Petrov y a nuestra propia ignorancia de Internet, que estaba por caernos como una bomba, aún insospechada. Los satélites soviéticos habían confundido el reflejo de los rayos de sol sobre las nubes con los motores de unos misiles balísticos intercontinentales. Cuando entrevisté a Gorbachov, en el verano del 92, no le pude preguntar por el caso Petrov, porque permanecía en secreto como una pifia bochornosa que era desconocida. En la crisis de los misiles en Cuba, Kennedy obró también con intuición y se fio de la retirada soviética de modo intuitivo.

Petrov nunca superó aquel trance, fue objeto de una amonestación oficial, no por su negligencia, sino como conejillo de Indias de los errores de la bitácora, y al año siguiente, abatido, se retiró a un vida irrelevante en un pueblito cerca de Moscú, calcinado por la adicción al tabaco y algo huraño cuando todo se supo, tras la desintegración soviética, apabullado por los homenajes y el bombardeo de los periodistas, pues se quitaba importancia y quería que lo dejaran en paz. Hasta su muerte fue callada, trascendió con retraso por casualidad, en septiembre pasado. El fiasco tenía un contexto verídico. Reagan y Andropov se temían recíprocamente cuando el primero exhibía con delirio su pretendida guerra de las galaxias y el segundo acababa de cobrarse un avión surcoreano con centenares de pasajeros a bordo. Contra toda esa evidencia y las luces rojas de los ordenadores, un hombre a solas en su jornada laboral ordinaria decidió que era una falsa alarma a riesgo de cometer un disparate de enormes consecuencias. Lean el libro de Kahneman. Es para echarse a temblar. Hoy, como ayer, saldré de casa e iré a tomar café y a leer el periódico, mientras dos locos isomorfos se retan a ver quién tiene más grande el botón nuclear. Y nuestra esperanza es que haya más Petrov con esa lucidez en algún búnker secreto, que su fantasma, al menos, no nos abandone.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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