Los Realejos, en la hora de la verdad

Somos una tierra con nuestras vergüenzas y nuestros oropeles, y algunos tesoros en las entrañas. Pero si Stevenson levantara la cabeza haría, negro sobre blanco, otra clase de prosa aventurera de estos lares, donde el secreto de todo es la semilla del mal. Esta llama ha tentado más de una vez a Arturo-Pérez Reverte, según propia confesión, pero al escriba local no se le pasa por alto nuestra querencia por la tragedia en mitad de los clarines del turismo y el Carnaval inminente. Nuestros dramas viscerales nos acompañan, nuestros cadáveres en el armario, nuestra rutina de maldición en maldición. Ahora mismo, en toda España se habla de nosotros, del crimen de Los Realejos; los líderes nacionales dirigen sus pésames a la familia de la víctima y condenan el primer deceso machista del año. Somos carisma y somos infierno en un totum revolutum. Islas y ruinas, decía María Zambrano. Nos hemos curtido en la crónica negra: los crímenes del Olympo y de los alemanes en Santa Cruz, cuando nos dio por ser la tierra abonada de A sangre fría, de Truman Capote, palmero sobrevenido desde que adoptó el apellido del padrastro, cuya figura idolatra Hollywood, que es un capítulo aparte para concluir este breve memorial de la violencia de género.

Somos fuegos artificiales, también, porque el Saturno que nos habita y devora nos impele, a su vez, a las saturnales paganas del Carnaval. Lo llevamos en la sangre y se manifiesta en las verbenas de pueblo, que yo presenciaba espantado en un festín de trompadas y vasos de vino del bar a la plaza, y se exterioriza en la gran farándula de Fitur, como ahora mismo, que es la bacanal de los malavenidos. Y hacemos ese doble juego de almas enfrentadas sin dejar de convivir, de ser pueblo e infierno.

En la España profunda del crimen de Puerto Hurraco en una pedanía extremeña se hizo ascos de ese pueblo envilecido de rencillas familiares. Yo me decía de niño, mi pueblo es así, y no lo consideraba una afrenta, sino una constatación. Sobre infiernos e islas se ha escrito mucho y nada nuevo hay que añadir a lo dicho. El hecho es que ha tocado otra vez la desgracia a la puerta. Pero Los Realejos no son un caso aparte, nuestra memoria lo acredita, aunque a veces pasa tiempo y se nos olvida que el volcán está dormido, pero no extinguido. Sí, de ese dramón congénito de los pueblos rurales y endogámicos hemos sido un gran vivero. Cantera de odios siempre hubo. Los años en que frecuenté por dentro las venas montañosas de Anaga conocí historias de ajustes de cuentas que creaban una atmósfera al límite de la tragedia, como si todas las condiciones estuvieran dadas para que corriera la sangre en el momento menos pensado.

Dámaso El Brujo es de esa progenie, hijo del mismo trauma del Batán que nos atraviesa el rostro como una herida mal cerrada. La serpiente ronda nuestras cavernas y asoma de cuando en cuando, a veces en medio de un oasis de calma como este viernes en Los Realejos, un episodio descarnado que ahora será abierto en canal porque las tripas de la tragedia siempre acaban saliendo a la luz, con los argumentos de cada parte sobre los hechos consumados.

La violencia de género es todo un subgénero de la crónica negra, y tiene en las islas un caldo de cultivo que estremece, por lo dicho. El asesino que roció con gasolina a su novia y la quemó en La Palma abunda en esa siniestralidad de nuestra idiosincrasia a veces monstruosa. Nos desgarran estas noticias de la peor calaña, pero son parte de lo que somos, trasunto de la introversión isleña. El asesino se esconde en ciudadanos de buen comportamiento y aflora como una bestia que no fuera real, uno más de los engendros que preferimos alejar de la realidad entre las bestias de Alan Poe. Esas cosas y esas coces del hombre camaleopardo. O cualquiera de tantas historias macabras de Lovecraft. Pero son nuestros tristes tigres, no busquemos mitos fantásticos ni pretextos en los libros. El crimen de Los Realejos es real, se compone de los elementos de otros tantos, numerosos, crímenes anteriores que tiñeron de sangre esta sociedad que asocia la tierra, la casa y el hondón de la especie con la idea primitiva de la muerte, causa que cubre de luto el mundo entero a estas alturas de la historia.

Es cierto que ese lado oscuro se toma períodos -por suerte, largos- de descanso y la vida se vuelve en apariencia pacífica y distendida. No estamos en las islas matándonos continuamente. Somos una mezcla de Dioniso y arcadia bucólica, pero nos asaltan nuestro démones interiores y sacan lo peor de cada lugar.

Ahora, en toda España, se habla de nosotros, como dije, por este caso de violencia machista que inaugura la lista oficial de mujeres muertas a manos de hombres. Un foco lamentable que hace daño y exige decisiones de gran calado, nunca más parches. No es un estigma exclusivo de estas islas, donde es cierto que se multiplican las denuncias de este cariz, y ese no es baldón, sino una prueba de la respuesta debida a las campañas que invitan a visibilizar este problema, a ponerlo en conocimiento de las autoridades y a colocar la venda, si se tercia, antes que la herida. El golpetazo, sin embargo, es tal que despertamos a la cruda realidad, a las lacras soterradas que son parte de un destino.

Es un momento álgido de movilización de la mujer en defensa de sus derechos. El mundo despidió el año bajo el fuego cruzado de las mujeres de Hollywood contra los endriagos de Weinstein, hartas de ocultar un estado opresivo de una industria que las divinizaba y destruía como personas bajo un mismo silencio cómplice del statu quo. En tanto se ha extendido ese estado de opinión, han ido proliferando los gestos y las plataformas de mujeres consagradas por el éxito del cine o la televisión, que se han conjurado para abrir las ventanas del infierno de par en par y nombrar a las sombras por su nombre. MeToo, Time’s Up o El tiempo ha terminado prometen airear los escándalos cuyas víctimas no son siempre glamurosas actrices sometidas por productores depravados, sino trabajadoras, inmigrantes, lesbianas, bisexuales, transexuales… Es un camino recién inaugurado por el que desfilarán novedosas fórmulas legales y de orden cultural y social que adivino acabarán poniendo fin a una situación insostenible de desigualdades impropias del siglo XXI. ¿Vendrán los robots antes de que la mujer se libere? Resulta inconcebible.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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