La Parra inmortal de la poesía

Hablar de los poetas es hablar de un viejo oficio en peligro de extinción. Nicanor Parra se reivindicaba antipoeta. Poetas y periodistas -a menudo las dos cosas- venimos de la artesanía pura y dura de las palabras, somos el mismo oficio roedor y en ocasiones pendenciero, un asunto de colosos como me recuerda en la puerta del DIARIO la linotipia legendaria que saluda con un gesto acorazado. Elfidio Alonso no se define antiperiodista, pero nos devuelve la mirada, después de todos los años vividos en el oficio, como si lo fuera a la vista de hoy. Alonso y Parra no entran en escena aquí este domingo por la mera actualidad. De fondo, nos canta Violeta Parra, la hermana del antipoeta chileno, la malograda cantautora de la que el 5 de febrero se cumplirán 50 años de su suicidio, con tan solo 49 de edad, decepcionada por la indiferencia de sus compatriotas y los infortunios amorosos. Sobre ese adiós traumático para la música latinoamericana habrá que volver, sin olvidar de quién se trata, en este año de las barricadas femeninas, pues la autora de Gracias a la vida era también una artesana prodigiosa, que esculpía, componía, cantaba y se desdoblada del bordado a la cestería. ¡Santo cielo, cuánto cabía en aquella mujer sufrida y diagnosticada artista, de origen humilde como su hermano Nicanor, de la que Elfidio siempre nos hablaba afectado!

De esto va este artículo, que empezó a decirse solo. Va de viejos (y jóvenes) artesanos, de artistas longevos y precoces, de poetas eternos y de periodistas. Va también, como verán, de la cantera, porque el género, o se renueva o muere. Cuando tenía 12 años subí las escaleras de La Tarde y le entregué un poema a don Víctor Zurita, que me publicó al día siguiente, y por eso soy periodista aún casi medio siglo después. Un rivero para ese vivero. Y aprecio desde siempre a los artesanos, consciente del poder de las modernas tecnologías, porque sin ellos no habría poesía, que es la envoltura de todo. Yo la mamé en un cerco de montañas, oyendo a las poetisas analfabetas de Taganana, que llenaban las tardes de romances imposibles sobre encuentros con amantes resucitados. Siempre procuro estar cerca de un libro, si es de versos mejor. Así me llevó Roberto Bolaño hasta Nicanor Parra, como Elfidio Alonso nos llevó a Violeta Parra cuando éramos unos pibes y escribíamos la página de Música Popular. Bolaño, el autor de Los detectives salvajes. Alonso, el autor de El giro real. Todo queda entre letras.

No sé si Nicanor Parra, que murió el martes a los 103 años, pisó alguna vez estas islas. Si lo hubiera hecho, Gilberto Alemán lo habría entrevistado y yo hoy les contaría que eran dos personajes cortados por la misma tijera, incluso con las greñas a salvo de la podadera. Alemán también era antipoeta, amén de periodista a la contra. Parra, como Alemán, había sido siempre un rebelde. Su mayor insubordinación fue contra la influencia magmática del gran Pablo Neruda (“hablan como nosotros”, se alegró este al pisar Santa Cruz), pero el Nobel lo indultó: “Creí que usted no era un poeta y me equivoqué”, le concedió, aunque Parra renegara de su retórica. Parra era un poeta admirable como Whitman. Harold Bloom (el capo di tutti capi de los críticos literarios), nada deferente con lo que no sea inglés, abrazaba a los dos por igual: “Si el poeta más poderoso que hasta ahora ha dado el Nuevo Mundo sigue siendo Walt Whitman, Parra se le une como un poeta esencial de las Tierras del Crepúsculo”. Los poetas chilenos tienen algo especial. ¿Por qué me afilié a Gonzalo Rojas, por ejemplo? Poeta erotómano (“te besara en la punta de las pestañas y en los pezones”, y toda una obra subida de tono), tenía que asomar aquí el hocico. Ya está. Pero Parra era austero en la forma, prefería escribir de sillas y mesas, de ataúdes y útiles de escritorio. Era un artesano, como digo. Poesía desnuda hasta quedar en pelotas. Bolaño lo quería sin pecado concebido. Parra había acudido con poetas a tomar un té en la Casa Blanca con Pat Nixon, la esposa del presidente, mientras los Estados Unidos invadían Vietnam. La mala pata. Y nunca se lo perdonaron, entre otros el jurado del Nobel. “Yo no soy derechista ni izquierdista./Yo simplemente rompo con todo”, se defendió. Bolaño murió joven, con 50 años. No dejen de leerlo. Él decía que Parra escribía como si lo fueran a electrocutar al día siguiente. Parra se desternillaba con sus artefactos: “USA/donde la libertad/es una estatua”. Metía en una caja centenares de tarjetas postales con eslóganes, chistes y grafitis y se reía del mundo entero constituido en vanguardia y transformista. “No será poesía, pero es cierto”, decía. Le dieron el premio Cervantes, al fin redimido de las hogueras, y le oí decir aquella noche desde Chile, ya nonagenario en abundancia, pero cuando le restaba todavía media docena de años de vida, que era un viejo lobo solitario que se levantaba como todos los días a vivir, a leer, a escribir y a hacer lo que le daba la gana en la casa cuyo jardín ahora es su propio cementerio. Pero no se llamen a engaño; por muy histriónico que pareciera, con su cabeza deshilachada de cosmólogo oxfordiano “y una nariz de boxeador mulato”, como escribió en su epitafio, no era un personaje de carnaval, sino un respetable profesor de matemáticas y física con posgrado en Estados Unidos, donde se impregnó de Whitman hasta los huesos. Admiremos del artesano su vocación indómita, su desafío a la moda de sustitución. Cuando don Virgilio, en Hermigua, nos mostraba su museo organológico, en los años de María Castaña, hacía una defensa casi numantina de una manera de hacer memoria perentoria, contra el descrédito de lo viejo por el prestigio de lo nuevo. Leías a Elfidio Alonso en los fascículos de Tierra canaria y aprendías la lección para siempre. De ahí que esta semana la ULL le distinguiera (en nombre de Los Sabandeños) junto al admirado Antonio Tejera por contribuir a la construcción de eso que por aquí nunca obtuvo consenso: la canariedad. Quizá por razones parecidas, además de las del oficio, la Asociación de la Prensa de Tenerife le hiciera entrega del Patricio Estévanez en un doblete el mismo día.

En la puerta del DIARIO, decíamos, nos espera siempre la vieja linotipia. Toda una cultura minuciosa y artesana de hacer periódicos se acabó en los años 70, cuando dejó de fabricarse la célebre Linotype. Las letras se formaban con moldes y matrices y el ensamblado se fundía en una pieza de metal caliente. Sin esa faceta, yo no habría conocido a Juan Pedro Ascanio El Chato, que era comunista, linotipista y formidable persona. Entonces yo ya llevaba versos míos escondidos en los bolsillos, sin que supiera el origen del oficio de esa afición que dura cien años si llegas al siglo como Parra. Ayer, tras el desayuno, mi hijo de siete años abrió un cuaderno y leyó lo que había escrito: “El pato fue a la Virgen,/la Virgen fue al pato,/el búho se lame la cara,/la sirena se lame la cola”. “Es mi primer poema”, anunció muy serio, como un ritual de artesano que mueve las manos sin saber qué moldea, porque eso tiene un origen inmemorial.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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