Pedro Molina y los arqueros de Gevic

Somos migas de un pan que es el tiempo. Pero Pedro Molina no era una porción como los demás, ni siquiera medio pan. Era el pan entero. Con 58 años parecía haberlo vivido todo. Era un tipo grande, fornido, agrario, agradable, nunca agrio. En una de esas escapadas que uno añora como si antes el tiempo nos lo comiéramos más despacio, más a cámara lenta, en sobremesas tiernas de diletantes, Pedro Molina dominaba la conversación tras un almuerzo sustancioso que todos abordamos entre pecho y espalda. Estaba el debate de la Vega lagunera sobre la mesa, y nos había convocado Santiago Pérez, en medio de una batalla política a la que Molina no le hacía ascos. Nos llevó después a visitar a sus vacas, a comprobar la calidad de vida del animal que le comprendía mejor que los hombres. Existe gente como Pedro Molina, amigo de enemistados, amable y beligerante. Esa suerte de personas por encima del bien y del mal son escasas, habas contadas, y se marchan rápido, porque este mundo es de víboras, no encajan.

Cuesta aceptar que el mago sabio haya dejado el aula para siempre. “Hay que enseñar a aprender”, citaba ayer en estas páginas Juan Carlos Mateu de entre los axiomas que despachaba como greguerías ramonianas. De esa despensa salieron frases geniales que nos alimentarán durante mucho tiempo y que alguien debería recopilar. En cada razonamiento, Molina postulaba un respeto por el hombre de campo, y desmontaba los tópicos que ningunean a aquel como si no fuera integrante del género humano. Arar es más complejo que entendérselas con un ordenador, replicaba al anónimo autor de aquella máxima despectiva: “¿Tú crees que yo vengo de arar?” Pedro Molina
-“somos lo más parecido que hay a las personas”- no solo deshacía con humor y vehemencia las afrentas al mago, sino que exigía un trato deferente al nivel de la profundidad de sus opiniones.

Tenía una reflexión irrefutable sobre las importaciones cárnicas de Sudamérica. A los políticos que le echaban en cara que el pollo de fuera era más barato, les decía que también lo eran los senadores, alcaldes y presidentes de Gobierno, y que él se los traería para bajar el coste de la vida por la misma regla de tres.

Había un extraño paralelismo entre el perfil de Pedro Molina y el de César Manrique, dos líderes naturales, cada uno en lo suyo, con autoridad moral incontestable entre los poderes públicos. Dos genios en sus facetas colindantes que tenían en común la querencia por la tierra, el ecologismo rural en las venas y una convicción ideológica inclasificable, de la derecha a la izquierda, que los hacía iconos de cualesquiera inclinación política. ¡Qué impronta la suya! ¿Acaso, Pedro Molina no era el perfecto hombre de Estado que toda sociedad anhela? Nos margina el sentimiento, nos arrincona y condena a la resignación. Pedro Molina no estará para contarlo, se fue con las alforjas llenas a los 58 años como si no debiera vivir más porque lo hubiera visto todo y ya estaba bien para un solo hombre. Demasiado contenido en su cabeza y corpulencia. Como se decía de los viejos leídos de antes, se nos ha ido una biblioteca entera de enseñanzas y experiencias de vida intensa y sólida y solidaria. Pedro Hernández se compadecía de que sus dos buenos amigos, los dos Pedros (Pedro Molina y Pedro Félix González) hubieran enfermado como si de una maldición se tratara para los profetas de la Gran Enciclopedia Virtual de las Islas Canarias (Gevic). Ahora todo será más fácil para estos arqueros. Pedro, estoy seguro, no los ha dejado solos.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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