El político que dimitió por llegar dos minutos tarde

Un lord británico dimitió este miércoles avergonzado por llegar dos minutos tarde al Parlamento. Se llama Michael Bates. Como aquí no dimite ni Dios, encarna desde ahora una versión idealista de lo que debería ser políticamente correcto, si bien, para ser sinceros, escalando en grado superlativo los cánones de la ética. No cundirá el ejemplo, que, de lo contrario, expulsaría de la política al 99,99% de cuantos la ejercen. El desenlace de la historia que aquí se contará no la empaña, pero sí la relativiza. Me quedo con la parábola. Es un rapapolvo para cuantos se perpetúan en el cargo como si el dogma sagrado de El Príncipe de Maquiavelo fuera ese y solo ese. Sobresale tanto este episodio, de entre la turbia política nacional y local, del Gürtel al caso Grúas con declaración y amenaza de bomba, que no dudo en traerlo hasta aquí. En la política española y canaria suceden cosas que merecen su novela. Esa foto de Fran Pallero en la portada del DIARIO de un testigo clave del caso Grúas, saliendo regañado del juzgado de la Laguna bajo la lluvia tras el falso aviso del petardo que abortó su testifical,está pidiendo a gritos una resma de Alexis Ravelo a cargo de su vitriólico Eladio Monroy.

Pero lo del inglés, un gentleman en toda regla, es de novela de salón. Por increíble, esperpéntica y por higiénica. Estamos hablando de uno de los parlamentos más antiguos de Europa, en la que se reclama madre de las democracias, donde es cierto que algunas normas atávicas de protocolo regían hasta que empezaron a quitarse las pesadas pelucas albas, las capas de armiño y las calzas y zapatillas de bailarín, porque el speaker decía que se sentía como el sapo lacayo de Alicia en el país de las maravillas.

Llámenlo puntilloso o perfeccionista de psiquiatra, pero este lord ha roto los esquemas. Una vez visionado el vídeo de su inmolación, no es un primer plano de Marlon Brando, pero la escena es de cine y política contra el cinismo político que impera. El gesto -inédito, inesperado- del veterano servidor público ruboriza toda horma vigente. Su reacción fue espontánea y emotiva, y apenas duró sesenta segundos. Este lord es un ministro conservador de larga trayectoria, que empezó liderando a los jóvenes tories y que a sus 56 años suele emprender caminatas solidarias, como la que hizo de Buenos Aires a Río de Janeiro como embajador por la paz. Tiene mimbres este galgo de pinta afable que acaba de aleccionar al común de los diputados con una salida de pata de banco que lo dignifica a él pero indigna a sus colegas a los que produce urticaria oír la palabra dimisión. Hubo risas y noes.

Tenían que verlo. Bates llegó al estrado dos minutos fuera de plazo y se dirigió a la baronesa Ruth Lister que había dejado plantada a las tres de la tarde, por cuyo motivo su jefe de filas salió del paso por él y respondió sobre la brecha salarial del país: “Quiero ofrecer mi sincera disculpa por mi descortesía al no haber estado en mi lugar para responder a su pregunta en un tema tan importante”. El hombre no fingía, estaba consternado como si hubiera cometido alguna canallada y no una negligible falta de puntualidad. Bastaba, sin embargo, a su juicio, para acabar con su carrera política de un cuarto de siglo. Se le ve en la imagen abatido, el rostro descompuesto hasta el mentón, con cara de boxeador noqueado. Da pena.

Lord Bates es un hombre elegante, un barón de principios, que llegó tarde a su trabajo y lo consideró imperdonable. Se había confiado porque los muy honorables lores espirituales y temporales de la Cámara londinense suelen darle al bistec y es habitual la pérdida de tiempo en el turno de preguntas y respuestas. Pero esta vez, la sesión discurrió con agilidad y el reloj -el imponente Big Ben- le pilló sorteando los andamios que dificultan el paso por las obras de rehabilitación del viejo inmueble neogótico a orillas del río Támesis. La flema británica es como el aplatanamiento que nos estigmatiza o ennoblece -según se mire- a los canarios, y encierra un cierto sentido del humor; ahora bien, Bates será flemático, pero no estaba para bromas, se sentía al borde de lo indecente, como diría la portavoz socialista de Igualdad en el Congreso español, Ángeles Álvarez, que en relación al caso lagunero de Zebenzuí sentenció: ”A veces hay que saber renunciar en política a algunas cosas para no estar avalando lo que es una indecencia”. El grupo opositor XTF-NC presentaba este viernes una moción, al más puro estilo del lord inglés que nos ocupa, para que el voto del edil que se resiste a dimitir sea irrelevante mediante otro voto del grupo de gobierno que anule su efecto.

Bates es como una némesis odiosa para sus colegas incapaces de dejar la poltrona. Cuando el desolado lord anunció su dimisión y se marchó con los papeles bajo el brazo, estalló un clamoroso “¡noooo!” y alguna que otra risa cobardona. El hombre, en efecto, se cortaba las venas por llegar tarde dos minutos a una sesión parlamentaria y, en cambio, una legión de políticos corruptos no se van ni con agua caliente en las democracias occidentales. No, no era una parodia, pero ahí tiene Aarón Gómez un sketch.

“Durante los cinco años en que tuve el privilegio de responder preguntas desde este lugar en nombre del Gobierno, siempre creí que debíamos ascender a los más altos estándares posibles de cortesía,”siguió flagelándose. Es verdad que en Alemania se dimite por plagiar una tesis. Y que en el Reino Unido está el otro caso de aquel ministro de Energía que presentó su dimisión al descubrirse que había mentido sobre una multa de tráfico: le pidió a su mujer que lo suplantara por exceso de velocidad. “Estoy completamente avergonzado -concluyó- de no haber estado en mi lugar, por lo que ofreceré mi renuncia a la primera ministra con efecto inmediato. Lo siento.” Luego me he enterado de que la diputada causante del suicidio político de Bates confesó a The Guardian que trató de convencerle para que reconsiderara su decisión: “De todos los ministros que quisiera hacer que renuncien, él sería el último”. Debo añadir que, escuetamente, Downing Street comunicó que la dimisión, por “innecesaria”, no fue aceptada por la primera ministra. Pero no por ello deja de ser una buena historia.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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