La política es un Carnaval

Celia Cruz decía que la vida es un Carnaval. Y, aplicado a la política, el precepto encaja como anillo al dedo. Es hilarante y triste a la vez. Puigdemont encarna la figura agachada y deponente del caganer catalán, y se ha vuelto un ninot de falla en el trono de hielo de su exilio-escondite en Waterloo. La política -la española, canaria, catalana, americana, inglesa, italiana … y la del Kurdistán- se ha vuelto una astracanada frustrante como un carnaval en un funeral, y es el signo de este siglo de sombras, que es la contraparte del Siglo de las Luces, cuando se tomaba en serio el conocimiento de las cosas para combatir la ignorancia del pueblo y había filósofos que merecían ese nombre como John Locke, Voltaire o Rousseau y toda aquella camarilla. Ahora, en plena huelga de pensadores, teóricos y apologetas, estamos en un periodo más estéril de la cuenta, con los parlamentos ocupados por una suerte de caraduras y oportunistas. Y ya no cuela que se trata de la regeneración, sino de la gran mascarada intelectualmente bajo mínimos. En el planeta del trending topic no prospera el político al uso. Estaba aquel Viejo Profesor que vestía los trajes que le hacía el mismo sastre de toda la vida y era venerado y simpático y difundía bandos municipales en la alcaldía posfranquista para amar Madrid (muévete en transporte público, utiliza las papeleras y los contenedores, no hagas topless en las calles…) y en Carnavales invitaba a divertir la voluntad sin darse a roces, tientos, tocamientos y sobos. Era el alcalde enrollado de la Movida que le decía a la basca, ¡rockeros!, quien esté colocado…, ¡que se coloque!¡Y al loro! Pero Tierno Galván es un señor que recordamos ahora en lontananza y con nostalgia, porque este jueves se cumplió su centenario y lo sacamos a la luz como quien exhibe una pieza de museo a sabiendas de que no cuela en estos tiempos. Hay más vestigios de entonces paseando en vida como fantasmas entre los iconos del mainstream político en boga. ¿Acaso es reconocible la vetusta democracia en este baile de disfraces?
Mi amigo Gilberto Alemán soñaba con habitar y hasta gobernar en los dominios ultraterrenales de la isla encantada de San Borondón, y se sentaba a tomar un güisqui a media mañana en el Montecarlo de la Avenida de Anaga para imaginarse, ante el paisaje marítimo, huésped y desterrado en su fortunata quimérica. Y se autodesignaba embajador del islote inexistente, incluso redactó una Constitución para unos cuantos acólitos, entre los que nos encontrábamos Pepe Dámaso y yo. Gilberto repartía cargos y canonjías en su reinado fantástico y una vez se exilió de verdad a Venezuela, que es otra ficción por el estilo a la que Ernesto Salcedo bautizó certeramente como la octava isla. A la vista de los territorios imaginarios de la nueva política española, San Borondón no es menos real que esa Tabarnia que preside otro cómico, Albert Boadella, o esa Cataluña volante que encarna Puigdemont como el monje de San Brandán. El día que el expresident descubra que no pisaba tierra firme sino el lomo de una ballena ilusoria, entrará en depresión y unirá su destino a Artur Mas en el parnaso de los duendes sin paraíso.
Los parlamentos hoy en día son los modernos coliseos del teatro a la italiana, con su forma de herradura y sus diálogos de besugos en la gran comedia de la farsa actoral. En el Capitolio de los Estados Unidos, este miércoles tomó la palabra una señora septuagenaria y encadenó un discurso de más de ocho horas que batió el récord del género en su país, holgadamente, pues la marca anterior fue de unas cinco horas un siglo atrás. No obstante, el monólogo kilométrico de Nancy Pelosi, líder demócrata en la sufrida era de Trump, tenía un fin romántico más propio de los héroes de la Ilustración que de este basurero orgiástico de un siglo de tramposos. Pelosi, que con siete años contestaba con acierto el teléfono de su casa cuando no estaba su padre, congresista como hoy lo es ella, salió esta semana en defensa de los centenares de miles de jóvenes inmigrantes soñadores (dreamers) a los que el presidente quiere expulsar en marzo. Sobre zapatos con tacones de diez centímetros y apenas unos sorbos de agua mantuvo el tipo, a sus 77 años, desde las tres de la tarde hasta las once de la noche, sin éxito. Pelosi es una errata en la farándula política de la última perversión del sistema. No es una vieja política, sino el exponente de una forma consecuente de resolver las cosas que nunca será viral salvo que hable ocho horas y se dé el gusto de la gloria de las redes.
Los estilos han mutado a toda velocidad, y lo que antes resultaba un crimen hoy, en ciertos países, constituye un alarde de pragmatismo -no pierdan de vista esta palabra si aspiran a interpretar lo que nos sucede políticamente en nuestro entorno-. Hay sitios donde llevan esa praxis a su extremo, como Duterte en Filipinas, que ya atesora miles de ejecuciones, a menudo en plena calle, de sus escuadrones de la muerte “contra el crimen y la droga” (sic) y se pasa por el arco del triunfo los tres timbres de avisos del Tribunal Penal Internacional. Es el mismo que llamó “hijo de puta” a Obama. Un filón del aquelarre de esta feria, cuyo discurso más largo son cuatro insultos con cara de borracho y consignas muy lúcidas a la policía de “matar a los idiotas que se resistan”. Hemos convertido el infierno en nuestro hogar: “Si conoces a algún drogadicto, mátalo tú mismo”, arenga el lunático que lleva menos de dos años en el poder y no cesa de dar rienda suelta a su carnaval de exterminio.
Hoy es una auténtica hazaña buscar en el mapa un lugar con principios, con dirigentes no perturbados y honestos, con cuatro ideas razonables y ciertas condiciones de seguridad. No. No nos miremos el ombligo que nos partimos de risa el occipital. Aquel Bucaram de Ecuador fue un adelantado. Apenas presidió el país seis meses y fue destituido en el Congreso por “incapacidad mental para gobernar”. Bucaram se reunió con Leopoldo Cólogan, llegó a acuerdos sobre la banana y cuando el canario se bajó del avión en la isla lo habían depuesto por loco.
Acaso la política fue siempre un carnaval y no nos habíamos enterado. Ves a las dos Coreas de la mano en los Juegos Olímpicos de invierno y sospechas que te toman el pelo fingiendo una escalada bélica donde hay una ensalada mental. Dice el jefe de campaña de Puigdemont que gobernar Cataluña desde Bruselas no es diferente que hacerlo con Canarias desde Madrid, incluso están más cerca. Clavijo tiene que ir a Waterloo a ver a su homólogo nacionalista y contarle lo de San Borondón al caganer.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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