Daniel Gavela, Iñaki, la brisa es la misma

Hace ahora 20 años que sacamos a la luz la biografía periodística de Iñaki Gabilondo en El País Aguilar. El título, Ciudadano en Gran Vía, fue obra de Daniel Gavela, que estos días ha vuelto al regazo de la fábrica de los sueños en esa calle legendaria que es como el Broadway madrileño. El regreso de Gavela a la Cadena SER como director general es una de las mejores noticias de los últimos tiempos en el periodismo español. Daniel Gavela e Iñaki Gabilondo son palabras mayores en la estepa de un oficio que se va quedando sin señas de identidad.

Cuando hace 20 años me mudé a Madrid a seguir los pasos de Gabilondo, conocí la factoría por dentro. En los pasillos de Radio Madrid, en la Gran Vía, entonces, escuché este comentario en voz baja tras la estela de Gabilondo: “Ahí va Dios”. Era un latiguillo que condensaba la extrema admiración que en privado sugería la figura del periodista radiofónico más solvente que ha tenido este país (Premio Taburiente de DIARIO DE AVISOS). Gavela me habló del “miedo atávico” a que a Gabilondo, que se echaba a la espalda más de seis horas diarias de radio en Hoy por hoy y que era la espina dorsal de la audiencia y la publicidad de toda la cadena, un día se le ocurriera “parar el reloj”. Cuando sufrió una crisis de saturación y pidió un año sabático, se escapó a África y volvió como nuevo, pero le bastaron unas vacaciones largas. Delkáder, que reinventó la SER con la llegada de Prisa, decía que Iñaki no era humano. Sabía que no podía ponerse enfermo, y eso le mataba de responsabilidad. Pero Gavela me contó, con los ojos iluminados, que el día que hicieron saltar el EGM, de 2,8 a 4,5 millones de oyentes, lo llamó y le dijo: “¡Iñaki, aquí empieza una nueva historia!”.

Acostumbrado a madrugar, llegaba a la radio y convocaba a todos a la terraza de la emisora, para ver con los vencejos salir el sol. Dios no tenía despacho. Cuando terminaba el maratón de Hoy por hoy se refugiaba en la trinchera colegiada de Antonio García Ferreras, que era el jefe de Informativos, por donde transitaba toda la redacción. Iba de mesa en mesa, sin paradero fijo, hasta que reagrupaba sus filas y hacía aquellos encierros en la sala de reuniones para el ensayo general del día siguiente. Era un espectáculo ver los entresijos del espacio más concurrido de la radio española, hasta qué punto se cocinaba a fuego lento la escaleta de Hoy por hoy. Flotaba en el ambiente el espectro de cada uno de los dioses predecesores de la casa.

Gabilondo me habló una vez de Antonio Calderón, el maestro de la imaginación, del teatro del aire, creador del mítico cuadro de actores de la cadena y de alardes como Pasos, un personaje mudo. Iñaki lo adoraba, heredero de una escuela de locutores que no solo hablaban bien, sino que daban su palabra. El estudio es un altar, sostenía Gabilondo, calderoniano por los cuatro costados. “Yo he estado con él más tiempo que su mujer. Lo he oído hasta pensar”, me decía del padre de la expresión servicios informativos, de Hora 25 y de Javier González Ferrari. “Dígale que soy su oyente más leal. Iñaki es distinto, nadie tiene su personalidad”, me diría el propio Calderón antes de morir. Entonces, el periodista vasco, hijo de carnicero antifranquista, con ocho hermanos, me reveló su encontronazo con la mafia local de Sevilla cuando acudió a dirigir la emisora de la SER y los capos caciquiles de la ciudad lo llevaron a comer a El Puerto de Santa María. Le dijeron que si se portaba bien, tendría un destino feliz, pero si volaba a su aire le amargarían la existencia. “Yo triunfo y fracaso solito”, los desafió, y no pudieron con él; hizo la mejor radio de España. A Gavela en Sevilla no pararon de hablarle de “un tal Iñaki”, que había revolucionado la ciudad, cuando los dos ni siquiera se conocían. La SER y El País, donde me curtí, rezumaban un estilo, una marca, un modelo de hacer periodismo que en los años 80 y 90 ya gozaba de una fama seductora en todo el gremio. A ojos de hoy, suena a rancia nostalgia. Ni el acicate es el mismo, ni la integridad moral del oficio se le parece. Pero nada cuesta sacar los endriagos del armario, contra los que aquellos periodistas se jugaban el tipo. Veo la ira mercenaria de los nuevos justicieros alevines y acuso recibo del desatino. Escasean los Iñakis y Gavelas. Iñaki enfrentó un golpe de Estado al frente de los Servicios Informativos de TVE, en tiempos de Fernando Castedo, cuando Tejero se echó al monte y El País y contadas cabeceras como DIARIO DE AVISOS los tuvieron bien puestos y sacaron editoriales como obuses contra la asonada.

En Radio Madrid, Gavela imprimía carácter, era célebre su minuciosa metodología, como me había anticipado Juan Cruz. Cuando cayó el avión de la Dan Air en Tenerife, con 146 pasajeros, hace casi 40 años, lo contamos en El País y Gavela vino a conocernos a Martín y a mí, tras el rastro de nuestros trabajos en Triunfo y Diario de Barcelona, y en El País, de la mano de Gavela, permanecimos dieciséis años ininterrumpidos de periodismo al más alto nivel. Gavela era exigente, pero recompensaba su voluntad de estilo y rigor. Periodismo y periodistas sin frutas fermentadas, procesadores de las constantes vitales de la sociedad sin paños calientes, con la acritud ajustada a la cartuchera, nunca al servicio del mejor postor. Ahora se ha impuesto un periodismo en almoneda, obsecuente con el poder si paga bien y está ese otro periodismo filibustero que se tatúa con pinturas de guerra y expele su tinta biliosa al calor del amo que amamanta las hienas, unos maman con la boca llena y otros con la boca chica, fingiendo dulzura en el paladar acre de su ocio servil, holgazán y porquero. En la palabra contra la espada, Iñaki se dolía de los canallas que lo escarnecían, porque no era de su tribu. Pasamos meses rebuscando en esas gavetas atestadas y salió un libro que ahora cumple veinte años. Gavela bajó con alborozo las escaleras en Radio Madrid, festejando el hallazgo: “¡Ya tengo el título: Iñaki Gabilondo, Ciudadano en Gran Vía!”. Ahora ha vuelto a la casa de los éxitos sin haber perdido la paciencia, que es como se vence a la mediocridad.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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