Forges se ha ido y ¿ahora quién piensa?

Una de las cosas que más me ha impresionado siempre es haber estado hablando con alguien del modo más distendido, sin poder sospechar que le quedara poco tiempo de vida, y a menudo sin que mi interlocutor tampoco lo supiera de antemano. En la antesala de la tertulia de La noche en 24 horas, de TVE, en Madrid, una de aquellas veladas coincidí con un hombre de mediana estatura que tenía una conversación amigable y contaba anécdotas de aquel sitio que había sido su lugar de trabajo en otro tiempo. Los sabios mundanos tienen ese aire coloquial con gafas y una cabeza prominente. Era Forges -su apellido Fraguas en catalán-.

Forges te caía bien a la primera y te metía en su viñeta. En mitad de un simple compás de espera -los dos aguardábamos el mismo aviso de Xabier Fortes para entrar en escena-, hacía de ti un personaje de su cosecha bajo un bocadillo de trazo grueso y acababas hablando con su sufijo jergal -acuñó la palabra bocata, recogida en el diccionario-, como en la pandilla del barrio cuando decíamos incrédibol, chorbo y satamente, y él se desternillaba de risa con sus bromas y tus chorradas.

En una de esas premoniciones involuntarias, Manuel Darias entró en mi despacho la semana pasada para que le firmara los premios anuales que concede su veterana página de cómics, y nos detuvimos a hablar de uno de los galardonados, Antonio Fraguas, Forges. Los dos profesamos una evidente admiración por el formidable talento del dibujante culto y campechano que mejor retrató las intimidades tribales de su país. ¿Por qué nos pusimos a hablar con pesar de Forges por su miedo a los aviones, que le hacía un huésped imposible de los náufragos de esta isla? Traes a colación a alguien que está a punto de morirse como si esa idea flotara en el ambiente. Forges solía citar a Albert Schweitzer, el médico y filósofo Nobel de la Paz -tío de Jean-Paul Sartre-, que en su reverencia por la vida decía que pensar en una causa justa ayudaba a que otros lo hicieran también y el problema se resolviera. “No se olviden de Haití”, invocaba cualquiera de sus personajes antes de que saltara el escándalo de Oxfam tras el terremoto.

Su muerte se hizo noticia en los medios de papel este 23F. Era el testigo gráfico que narró la transición y la democracia, nuestro mejor exégeta de entresiglos. No dejemos morir a la democracia, no nos olvidemos de ella, nos dice uno de sus blasillos póstumos. En aquella sala de espera de TVE, Forges contó con todas las formas de la sonrisa en su cara las cosas que había vivido en aquella casa cuando Adolfo Suárez fue su jefe. Tenía el mejor recuerdo del duque que trajo la democracia a España, hablaba con afecto del espíritu guerrero que escondía en su apariencia de hombre frágil. Suárez -del que fue más tarde asesor de imagen en CDS-era chistoso, según Forges, y cuando el humorista, que había sido técnico de telecine, mezclador de imagen y coordinador de estudio, le dijo que se iba a dibujar para siempre y se despidieron, Suárez le agradeció que no se hubiera metido con UCD en sus tiras cómicas en la prensa. ¿Cómo morder la mano de quien te da de comer?, creo que fue la respuesta del humorista.

Era una combinación espontánea del Quijote y Sancho, aunque a primera vista se le asociara más con el segundo. En una conversación como aquella, salía a relucir su cultura, su búsqueda del ángulo muerto, de la originalidad que le había inculcado su padre cuando le dijo que quería abrazar la profesión de dibujante. Y, sin embargo, añadía con cierta contrición que no sabía dibujar. La inteligencia de Forges no era la de Picasso, sino la de Borges autor de viñetas en lugar de cuentos. No tenía problemas para hacer dibujos colosales con cuatro frases lapidarias sobre el hombre y su circunstancia, pero sí sentía el horror vacui al folio en blanco. Lo suyo era el chiste editorial en el que lo introdujo en Informaciones Jesús de la Serna, que siempre me pareció -cuando lo conocí en El País- uno de esos dioses venerables de este oficio. Forges intentaba ser “una persona justa, nada más”, no hacía viñetas biliosas, de ahí su humor solidario. El humor, en su concepción, es “un arma que no mata, pero hace pensar”, y no paraba de recomendar cuatro hábitos sencillos para debelar la incultura y el mal humor: pensar, leer, ver y escuchar. Tenemos un déficit de esto último en un país que grita por televisión. Con esa tesis, Forges, que fue tertuliano de Luis del Olmo, no dudó en volver a la radio cuando se lo propuso Pepa Fernández, la adalid de los “escuchantes” en No es un día cualquiera, en RNE. Era un gran escuchador. Durante aquel rato, hablaba y dejaba hablar, con la curiosidad en estado de alerta. Citaba las noticias que le producían espasmos en el píloro, como el informe de Cáritas sobre España a la cola de la pobreza infantil. En Canarias, Cosma y Blasa comentarían al trote los rankings del paro y la dependencia,y un náufrago leería en el islote los atascos de la TF-5 por estos peñascos. Se nos acaba de ir dejándonos sin la muleta de la mano que nos hacía pensar.

Alguien lo encontró una vez distraído por la calle escuchando a Mahler con los auriculares. Adoraba la vida y sus ofrecimientos. Lo hemos perdido de aliado y lo vamos a echar de menos entre tanta fiera que nos rodea. Al vicepresidente y ministro de Defensa de la transición,Gutiérrez Mellado, que Zenaido Hernández nos ha recordado este 23F en su condición de vecino de El Toscal, lo recordamos desafiando al golpista, ante la desesperación de Suárez intentando sujetarlo desde el escaño, en una escena tan forgiana. Tejero lo zarandeó y trató en vano de tirarlo al suelo. Cuando, meses después, lo conocí personalmente, lo traté como un héroe y tuvo la misma respuesta que Forges. “Yo solo soy una persona justa”. Forges murió un jueves, que es el nombre de una revista de humor en la que colaboró, y la noticia salió impresa el viernes 23F. Treinta y siete años después, ya no están ni Suárez, ni Gutiérrez Mellado ni, ahora, Forges. Se nos caen los héroes de la viñeta y no tiene ninguna gracia.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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