Juan Hidalgo deja todo en su sitio

Con Juan Hidalgo cabían todas las conversaciones sin ninguna restricción. Era un artista de mente abierta, pero era, sobre todo, un transgresor, que hizo de la heterodoxia de su lenguaje la manera punzante de herir todas las sensibilidades renuentes a la experimentación. En un país como España, el canario Juan Hidalgo era una errata en mayúsculas que despertaba recelos y elogios reservados para los casos clínicamente irremediables. No hubo forma de acotar los volcanes de su expresión artística. Colgó penes mayúsculos en blanco y negro y no pudieron limitar su capacidad de desvergüenza exquisita como fotógrafo deslenguado. Era un artista enigmático ya en los años 70 cuando lo conocí. Venía siempre de fuera, como el reflujo de una ola que no cesaba de viajar entre orillas. Hidalgo era, además, cercano y cordial. Los canarios no sabían exactamente por qué era ya célebre entre nosotros y fuera de nuestras fronteras. Era un personaje inclasificable, por las costuras de su arte, que se hacía admirar entre públicos selectos, habituados al talento inusual del artista de Las Palmas.

Pero estaba claro que Juan Hidalgo traía en la mochila un cargamento de propuestas que duraron todo el tiempo hasta hoy, convertidas en legado. No tenía apego a los premios y le fueron dando muchos a lo largo de su dilatada vida. Ya en Ayacata, en Gran Canaria, impedido por último en su silla de ruedas, conservaba la ira del desierto que lo llevó por Europa como un nómada de islas que nunca estaba quieto. La música de Zaj, su grupo de los 60, con Barce y Marchetti, guio por esas dunas a artistas que estaban por descubrirse contra la inercia de las convenciones. Fue el caso de Esther Ferrer y otros que debieron a Hidalgo la hazana de abrirles camino sin reparo ni complejos.

“Tenía su sitio”, me dijo ayer Martín Chirino, cuando lo llamé para compartir recuerdos del paisano que acababa de morir con 90 años a cuestas. Chirino, que cumplirá este jueves 93, izó su memoria todo lo lejos que pudo y repasó momentos de Hidalgo por las vanguardias del siglo XX como un ermitaño desinhibido. “Así éramos algunos canarios durante ese siglo, muy nuestros y atentos a los lazos con las islas, cada uno en su espacio y en su condición”. Martín Chirino y Juan Hidalgo, dos grandes artistas longevos paridos del mismo tronco de un archipiélago, comparten el transcurso de los años dorados que dieron frutos de ese calado. Chirino no reparó en las limitaciones del tiempo, camino de convertirse un día en un centenario en activo. Se refirió a Hidalgo con afecto y nostalgia, porque ambos vienen de donde vienen, del siglo pasado, y han transitado por este sin perder el equilibrio.

Yo guardo una mirada común de ambos de cuando era joven y periodista inquieto que frecuentaba a estos genios amables y con ellos aprendí y crecí admirando los éxitos de su talento. Hoy los veo marcharse y lamento que el tiempo se haya hecho tan corto. Los he visto aflorar y deslumbrarnos en sus peripecias artísticas. Eran faros y siempre estaban ahí, alumbrándonos. Me cuesta decirles adiós. Me duele despedir a Juan Hidalgo, convocarme con sus fans a un recuerdo postrero. Se van los que dieron en la diana. Juan Hidalgo no quería más premios cuando llegaron los últimos, como el nacional de Artes Plásticas, al filo de la muerte. Se merece ahora el recuerdo, el respeto, el reconocimiento de su sitio. El sitio que se ganó, como dice Chirino, en el lugar espacioso de la historia, donde solo caben unos cuantos.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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