El sueño de madera de Poleo y el grillo de don Eloy

La Caseta de Madera era un pecio, un espacio cargado de historia casi teatral, varado en la orilla de Los Llanos, junto al Castillo Negro y la ermita de Regla. A Guillermo Cabrera Infante le pareció un lugar imaginario, uno de los trasplantes fantasmagóricos que solía hacer Tenerife para parecerse al Caribe y traerse a Cuba de regreso. Infante, ya difunto, y Miriam Gómez, la esposa actriz, gozaban del cherne y la vieja de Paco Poleo, él fumaba su habano cuando dejaban, como si fuera una cena en el Malecón. Aquella noche, Paco Poleo le ofreció su libro de visitas (reunió una enciclopedia de nueve tomos manuscritos e ilustrados célebremente por huéspedes de relumbrón) y el bueno de Infante dio fe de una noche de éxtasis en la isla adoptiva.

Lo de Eloy Díaz de la Barreda era una enfermedad. El teatro como un estado de alucinación, que le duró una vida entera y nonagenaria, como si siempre hubiera vivido entre bambalinas, como Poleo entre fogones y mesas de su teatro de madera. De la Barreda, que había hecho teatro casero muy joven con decorados de papel, tenía también, como Infante, la querencia de América metida en las venas, porque las grandes compañías solo hacían escala aquí de viaje al Nuevo Mundo. Mi abuelo político Martínez Viera escribió Anales del teatro en Tenerife y contó los vericuetos de ese vaivén. De niño, en las sobremesas de la Caseta de Madera conocí las sagas familiares del teatro y la cultura de la Isla, que se daban cita a bordo del restaurante como si en cualquier momento fueran a zarpar. De la Barreda era el Tío Pepote de la radio de todas las familias de los pueblos de Tenerife, a través de Radio Club. Detrás del receptor, al final de la función, los adultos sacaban caramelos que repartían entre la audiencia infantil, secundando el milagro de don Eloy, que invocaba el premio final como si sacara conejos de la chistera de las ondas por la magia incuestionable de la radio. El teatro era un misterio, decía, un acto sublime de casualidad, donde el éxito y el fracaso dependían de que un día -como le ocurrió- se metiera en el Guimerá, en mitad de una función, un grillo y la armara. Siempre soñó, en las vísperas de los estrenos, con el grillo imprevisible.

En las páginas de los libros de visita de Paco Poleo -Ricardo Melchior lo nombró hijo ilustre de Tenerife- había mucho teatro contenido entre actores y escritores de su clientela. Alberti dibujó una paloma, Poleo cerró el libro para que no se echara a volar. Yo pude hojear ese tesoro impagable de testimonios de marca mayor. Había autógrafos y declaraciones de amor a la Isla y a la Caseta, dibujos y poemas de personajes renombrados, y toda una explosión de emociones con el estómago contento que, recorridas de un tirón, componían un relato coral de artistas y políticos de medio planeta. La Caseta tenía el sabor del mojo de la nostalgia que dejaría la huella del restaurante cuando en los años 90 fue obligado a desaparecer por la llegada del cemento de las torres y el auditorio.
Paco Poleo, que alardeaba del copyright del mojo cilantro de su madre garachiquense, siempre reconvino a las autoridades por su olvido imperdonable del compromiso de cederle un lugar alternativo para refundar la casa de pescado que había adquirido en los años 50 a su primer propietario, Juan Colón. Nunca cumplieron con la promesa dada hasta que perdió la esperanza y vivió con la frustración de la pérdida irreversible de su barra de madera hecha de las ruinas de una vieja chalana y sus mesas repartidas en la trastienda de aquel barrio populoso que, el mismo designio urbanístico, desmanteló para siempre. Quedó la maresía y el legado bibliográfico de Paco Poleo, que acaba de fallecer, como don Eloy, frisando los 90 años. Dos hombres de la cultura y una Isla abierta a los cuatro vientos. Liberada, la paloma del poeta los lleva consigo a hacer teatro en el aire, porque aquí abajo los comensales de entonces ya no están.

 

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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