El diputado Buzz Lightyear y el voto secreto de la caja tonta

Esta, sin duda, es una de las etapas más grises y planas de la política canaria, que, por mucho que parezca propio de la involución general, no debería sernos indiferente. Ya raya en el escarnio y las apuestas auguran que no ha tocado fondo, pues están el infinito y más allá. Muchos de los problemas solubles de nuestra sociedad resignada se cronifican (el paro, el salario, los atascos, las listas de espera…) por la ineptitud de los gobernantes de turno. No existe un examen de cualificación (ni intelectual, ni psicológica) del gestor público, a pesar de la trascendencia capital de su labor. Y el ciudadano consiente que se atrofien las incomodidades sociales, habituado a presenciar un desfile de incapaces por los más relevantes cargos de la Administrración. ¿Cabe decir basta -también- a esto? ¿Reclamar mayor altura y solvencia en nuestros gobernantes por una elemental decencia democrática? El comportamiento del alcalde de Firgas que dimitió por suplantar zafiamente a su hijo en unas oposiciones públicas no fue el primero ni el último de los escándalos recientes que jalonan la burda saga de próceres locales.

Un político y jurista veterano, ya retirado de la vida pública, comparte con algunos periodistas en Tenerife, estos días pasados, el debate (en sesiones separadas) de Azaña y Ortega y Gasset, hace 85 años, en el Congreso de la Segunda República, sobre el problema catalán (donde el filósofo sentencia que “debemos renunciar a curar lo incurable”, pues se trata de un problema perpetuo que solo se puede “conllevar”). Y de la cita histórica se termina hablando de canarios de otro tiempo que mostraron un énfasis relevante en la defensa de su tierra, desde ideologías diversas, con ánimo de salvarla y llevarla a buen puerto. Eran canarios cuidadosos en el respeto a la historia y amantes del saber, eran personas formadas, cultas, de mente abierta. Salieron nombres a relucir y los siglos respectivos en que vivieron. Ya no digamos aquellos personajes preclaros, no pidamos tanto, sino modestamente gente preparada, con instinto cultural y acreditado talento. No esta deforestación de líderes, esta lamentable decadencia que ha degenerado en un clima de chanza y pitorreo. Gobernar no es soplar la flauta del asno que decía Tomás de Iriarte, por si suena por casualidad. Gobernar es el mayor desempeño cívico que se puede ejercer. Pero la política está por lo suelos. Estas islas dan fe de ello estos días. Este Parlamento, para unos cuantos, es un circo, con perdón para el noble arte de la carpa, un club de la comedia y la desvergüenza, un duelo de cachiporras y votos marcados, que en carnavales fue asaltado, hace unos años, por un tejerito de Toy Story. Lo cual no es de extrañar, dado el nivel.

Con los pies en el suelo, la política canaria vive sus horas más bajas. En medio de una devastadora banalidad, que se disfrazó no hace mucho de regeneración, han tomado el relevo los peores del gremio. En la tertulia del jurista y político retirado, surgió un concepto en desuso: la conciencia canaria. A priori, se le asocia con la pléyade nacionalista de antes y después. Y, sin embargo, era una noción consensuada de amplio espectro ideológico. Fue Unamuno -que nos reprochó la flema y soñarrera- el que nos convocó en su día a crear la conciencia canaria, y otro paisano, Juan Marichal, la reivindicó desde Harvard en el prólogo del Natura y Cultura cuando hacer semejante invocación era todo un desafío al régimen franquista, centralista hasta la médula. Lo paradójico es que ese constructo, hoy por hoy, es ajeno al mismísimo nacionalismo gobernante, sorprendido tantas veces en su falta de criterio.

Hemos llegado, por caminos inciertos, a la definición de región ultraperiférica, lo que antes hubiera constituido un insulto, pero se ha perdido el rumbo -quién sabe si definitivamente- para saber lo que somos y queremos ser en la España que, a la vuelta de la esquina, será otra cosa distinta a la de hoy tras el proceso catalán. Estamos fuera de juego, no solo de la España peninsular, sino de un mínimo enganche con los asuntos de Estado y, lo que es peor, sin discurso de puertas adentro. No ha habido una etapa similar de desconcierto, desconocimiento y desierto de ideas en esta tierra.

Mencionó el jurista y político ya fuera de servicio a dos canarios: Galdós y Estévanez. Ambos conciliaban la defensa del terruño desde Madrid bajo el paraguas de una órbita española que les daba cobijo y adherencia, tan propio del inconsciente insular, del que siempre se dijo que siente sed de continente. Y lo hacían mucho antes de esta democracia de los años 70, del Estado de las Autonomías y la entrada en Europa. En muchos aspectos hemos ido para atrás. Los avances políticos de los siglos XIX y XX, que alentaron en las islas un espíritu regionalista rebelde y más tarde autonomista casi emancipatorio, tras la soberanía de Cuba, diríase que desembocan en dos líderes contrapuestos: Jerónimo Saavedra y Manuel Hermoso, de cuyas alianzas e infidencias somos y seremos descendientes para siempre. Pero cabe atribuirles la paternidad del método, teoría y praxis con que Canarias se hizo -e izó- en el autogobierno. Yo era adolescente y lector de Carballo Cotanda (Canarias región polémica) y he seguido devorando cuantos textos fueron llegando después mientras estas islas calafateaban las cuadernas de sus especificidades, con su REF, su integración europea… Hoy estamos en la esterilidad política más absoluta, en el desprecio rampante al pensamiento y la erudición, es decir, vivimos un período de sequía en la defensa ilustrada de Canarias. ¿En qué manos estamos?

En su reciente viaje a Tenerife, Rajoy exclamó en Los Abrigos, delante de un abadejo con papas arrugadas: “¡Qué diantres, el mayor defensor de Canarias soy yo!” La cita no será literal, pero los testigos la han contado en términos parecidos. No exagera el presidente, sin restarle méritos a Oramas y Quevedo, en relación con los anteriores gobiernos autonómicos. De este dirá la historia que aplaudía con las orejas al Gobierno central, que le obsequiaba con dineros extras que no acertaba a gastar, y dirá, con Ortega, que mientras “está España toda tensa”, las islas están de jarana, frivolizando sobre tasas de paro -”¡la dicha de un 20%!”-, baches y carreteras, colapsadas las urgencias…, y los líderes jugando con bolígrafos de colores a pillar el voto secreto del diputado Buzz Lightyear sobre la caja tonta.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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