Jerónimo Saavedra se baja del taxi

La dimensión de Jerónimo Saavedra abarca latitudes que comprenden un quehacer a caballo de dos siglos, siempre en el primer plano de una sigilosa movilización. Saavedra era ya en la clandestinidad del Colegio Mayor San Fernando, en los albores de un cambio que se hizo embrionario durante demasiado tiempo, una especie de contrafuego. Los alumnos se parapetaban bajo la autoridad moral e intelectual del profesor tranquilo que movía los hilos de la contestación con estilo más inglés que canario, si aplatanado no es lo mismo que flemático. En la despedida del diputado del común, que ayer presentó su último informe -va a costarnos prescindir de sus servicios-, comentó que su coche oficial es el taxi, para quienes le suponen un boato falso y le reprochan el empleo público a su edad.

Antes, mucho antes de que sobrevinieran los alumbramientos políticos que dieron la vuelta al calcetín de este país en el último tercio del último siglo, decir Saavedra era esperar esta respuesta: “Un tipo inteligente”. La condición de sabio le acompaña desde entonces, desde que agitaba las conciencias de su partido hablando de autonomía, que era una cosa más propia de nacionalistas que de socialistas afrancesados por centralistas. O sea, que el fundador de la autonomía y su primer presidente, en el 83, fue un político del PSOE que ha sido más nacionalista que muchos nacionalistas que no han sabido serlo ni parecerlo. Hubo, incluso, un debate por entonces -en la génesis del Estatuto- que sentenció a unos y a otros: mientras Saavedra se erigía en el baluarte de un solo gobierno de todos los canarios para romper el vasallaje político de Madrid, se rebeló el contrapoder de los cabildos, bajo la desconfianza competencial de la autonomía.

Los cabildistas se oponían a un gobierno consistente que fuera una sola voz frente al poder central. En el umbral de los acontecimientos posteriores, una y otra postura se enfrentaban con recelos de todos los colores. Por suerte, la autonomía se impuso, los cabildos conservaron su papel -verdaderos gobiernos insulares- y ninguno se comió al otro. Pero quien tenía la cabeza fría era Saavedra, que timoneó el proceso como un santo padre pastoreando a los díscolos y a los disciplinados por una senda que era desconocida y que apenas contaba con tristes precedentes, como el estatuto de Gil Roldán, que entró en el Congreso una semana antes del golpe de Estado de Franco y se convirtió en papel mojado.

En el hotel Mencey me reuní años después con un periodista francés de Le Monde que venía a entrevistar a Saavedra, “el Miterrand canario”, me dijo. Tenía fama de estadista indócil en los debates de su partido. Cuando tuvo que enfrentarse a Guerra, lo hizo, y cuando había que discrepar en público era un apóstata elegante que no se bajaba del burro. Felipe González lo nombró ministro dos veces, pero nunca se dejó apesebrar. Era un cardenal insurrecto en el Vaticano de los socialistas españoles, un verso suelto sin remedio que creó de sí mismo la leyenda de un político que estaba por encima del bien y del mal. Saavedra tenía la talla de un dirigente nacional al que le quedaba chico el traje de isloteño; ha sido el autonomista incombustible de una tierra que no reparte beneficios en términos de gratitud al inventario de sus mejores dirigentes. Saavedra merecería ahora el Premio Canarias por lo que dio a su tierra en todos los frentes políticos en los que se desempeñó hasta llegar incólume -¡qué milagro, siendo canario!- con más de 80 años, y poder decir, ¡hasta aquí hemos llegado! Le guardo, en esta casa le guardamos, un afecto sincero que es la testificación de 40 años de periodismo con Saavedra bajo el foco. No tenemos por estos lares la costumbre de ser agradecidos. Gracias, Jerónimo. Y otro día, más sobre el hombre que baja el telón.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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