La enseñanza de vida del hombre que volaba con la mente

El mundo que observaba Stephen Hawking no era exactamente el mismo que veían nuestros ojos terrenales. Los suyos eran dos exoplanetas, fuera del Sistema Solar. El fotógrafo Roberto de Armas los retrató detrás de la lente. Nos veía de lejos, y por fin, en la madrugada del miércoles, emprendió el ansiado viaje en el tiempo que le había inspirado como una premonición indemostrable, como el calor o el color de sus amigos entrañables, los agujeros negros. Hawking era un físico teórico, hizo descubrimientos audaces que se tardará una eternidad en comprobar, por eso el Nobel no podía llegarle a tiempo. Tenía el humor de Woody Allen en una silla de ruedas. En 2014, la revista Viva de Clarin en Argentina me encargó pegarme a los talones de Hawking en Tenerife y pasé cuatro días aferrado a él, testigo de su comportamiento público y privado. Esa vivencia me permite concluir que el autor de Breve historia del tiempo había logrado fabricarse un mundo en su cabeza, en el que se levantaba de la silla libre y desinhibido y desafiaba la gravedad. Ese mundo era tan soñado como cierto en su psique, pues el nuestro no es menos lo uno ni lo otro, y en esa ilógica cuántica Hawking sobrevivió sin darse por vencido. Con su inteligencia excepcional era capaz de concebir aspectos de la realidad visible y de la invisible. Me fijaba en sus minúsculos movimientos, como el jarrón del verso de Eliot, porque era un espectáculo verle llegar en su silla de ruedas, vestido con suma delicadeza, como si asistiera a una fiesta todos los días de punta en blanco para ligar. Tenía el pelo rubio como un septuagenario coqueto y era flaco en extremo, pero en absoluto cadavérico, con esa delgadez de los adolescentes que no tienen que privarse de una dieta rica en grasas. Pero lo que más me impresionaba era la tersura de su piel y la sonrisa fácil y afable, que era la sonrisa de la mente.

¿Cómo podía mostrarse feliz una persona en sus circunstancias? ¿De dónde provenía su sentido del humor? No fue sencillo colarme en el círculo privado de su vida, en esos pocos metros donde Hawking dejaba de actuar y se mostraba en su versión más auténtica detrás del telón. ¿Qué hacía el científico más famoso del mundo en una isla con volcanes y telescopios? La peripecia me reportó, al cabo de cuatro días a la sombra de Hawking, una receta definitiva que me vacuna desde entonces contra las depresiones latentes de nuestra sociedad confortable y ruin. No era una pose. Hawking disfrutaba todo cuanto podía, sabía exprimir el jugo de la vida, sonreía porque llevaba más de cincuenta años entreteniendo a la muerte como Scheherezade. Supongo que tendría un lado oscuro y a veces ganas de morir, y acaso -nació el mismo día que murió Galileo y ha muerto el día exacto en que nació Einstein, conocido como el día Pi- el deseo secreto de programar su marcha definitiva al espacio, como predijo para el conjunto de los humanos cuando el planeta haga crac. Pero de que era un cachondo que vacilaba a espuertas doy fe. Como quiera que hablar con Hawking fluidamente era una misión imposible-escribía una letra por minuto en la pantalla de su ordenador desde que se quedó mudo tras una traqueotomía- me empapé de sus declaraciones antes de conocerle y ya sabía qué pensaba de todo antes y después de que le diagnosticaran la esclerosis lateral amiotrofica cuando era un estudiante veinteañero y holgazán en Oxford. La vida previamente le resultaba “aburrida” y solo se le hizo apasionante cuando supo que iba a morir pronto. Medio siglo después sobrevivió a sus propios médicos. Vivir se convirtió para Hawking en una aventura infantil que contrariaba a los adultos, como en aquella novelita de vacaciones de Dickens, en que las personas mayores carecían de autoridad.

La experiencia periodística junto a Hawking fue una fuente variada de lecciones de vida. Sí, sus reservas inagotables de humor y el extraño gen que le permitía estar contento en la adversidad… Pero también, la evidencia de que era un coloso de la comunicación pese al calado de sus limitaciones, la inmovilidad de su cuerpo, la afasia y la degeneración imparable propia de un enfermedad mortal.

Tenía, frente a todos los obstáculos, la fuerza de su mirada, el big bang de aquellos ojos que inauguraban su vida todos los días contra las leyes de la medicina. Como un niño quería subir al Teide y los médicos no le dejaban, pero se empeñó en sobrevolar el paisaje en un helicóptero. En su visita al IAC no perdí de vista esos ojos claros que filmaban las noticias de Rafael Rebolo sobre sus avances acerca de los agujeros negros. Y cuando entré a su lado en el pasillo oscuro del supercomputador del Iter, bajo un frío que helaba los huesos, recordé haber leído que en una visita semejante a la máquina de Dios, en Ginebra, acabó sufriendo una neumonía que casi le cuesta la vida. Hawking no tenía miedo a nada. Su equipo de asistentes y sanitarios siempre estaba preparado para lo peor, y él llevaba una cápsula de oxígeno en el respaldo de su silla.

Al cabo de aquellos días, me reprochaba a mí mismo con qué derecho hacerle ascos a la vida, bajar la guardia o sentir el más mínimo pesar, tras haber estado junto a un hombre que parecía capaz de tener momentos dichosos atrapado en la trampa irremediable de su cuerpo paralizado. Le ponían un babero y le daban de comer, lo manchaba todo porque le costaba deglutir. Pero no se molestaba porque yo estuviera presente en esa faceta humillante, la más infantil de todas, a causa de su discapacidad. Era uno de los hombres más inteligentes de la Tierra regurgitando como un bebé. Garik Israelian, su anfitrión, me reveló que Hawking quería vivir parte del año en Tenerife. Era ingenioso y presumido, constantemente emitía juicios controvertidos sobre grandes enigmas -Dios, su tema favorito- para atraer la atención y seguir en el centro de la escena. Consentía ser un mito viviente. Y era su cabeza, el pequeño contenedor de sus grandes ideas, la fortaleza de su enorme poder de atracción. Resultaba divertido verlo activar su mejilla, el tic del maxilar con el que accionaba el sensor ajustado a sus gafas, para escribir y hablar por un sintetizador. En su pequeño universo ambulante, recluido en una silla de ruedas, era un dios jubilado, próximo a su final. Las manos recogidas en su regazo estaban muertas y todo su cuerpo se había ido apagando.

Le quedaban pocas señales de vida. Pidió que diseñaran un mecanismo que leyera su mente. Creo que temía perder en cualquier momento la visión. John Beckman, el astrofísico del IAC, fue compañero de clase de Hawking: era, en efecto, un estudiante perezoso que iba de fiesta en fiesta. Las vueltas que da la vida antes de que llegue la muerte.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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