Stephen Hawking, de cerca: “Solo somos monos en un planeta menor”

Conferencia de Stephen Hawking en el Magma Arte & Congresos de Adeje. / SERGIO MÉNDEZ

CARMELO RIVERO.

Cuando Stephen Hawking, fallecido el miércoles en Cambridge a los 76 años, arribó a Tenerife en 2014, Clarín me encargó un reportaje para sus publicaciones en Argentina. Llevaba un día al lado del científico (sumé cuatro en total) y tomé notas de su paseo por las instalaciones del Instituto Tecnológico y de Energías Renovables (ITER), la pequeña ciudad de viviendas bioclimáticas, donde se estudia la sismología de los volcanes en una tierra que está llena de ellos. Nos rodeaba el paraje árido, con el bosque de gigantescos molinos de viento de mástiles de acero entre cardones y tabaibas, que Hawking recorría con la mirada mientras lo trasladaban en su silla de ruedas al aire libre. Estar a su lado, minuto a minuto, era conmovedor, la palabra que define todo su esfuerzo titánico. En este caso, saber que en cualquier momento es verdad que podía morirse tenía una importancia básica. Sus cuidadores estaban mentalizados para una emergencia, y el paciente Hawking inmóvil llevaba una cápsula de oxígeno en el respaldo de la silla.

Hawking padecía esclerosis lateral amiotrófica (ELA, la enfermedad de la ola de vídeos con baldazos benéficos) y había realizado un largo viaje en barco a Tenerife. Una travesía pausada que no contravenía la prohibición médica de volar desde hacía dos años tras resfriarse en un viaje de regreso en avión a causa del aire acondicionado. Cruzó aquella vez el Atlántico para asistir al Starmus en Tenerife, la singular convención de ciencia y música que lo tuvo como invitado especial.

“Ahora mismo no sé aún por qué existe el Universo”

Como un auténtico rockstar, Hawking vivió días excitantes sobre el escenario, enarbolado por oberturas dignas de Freddie Mercury, al lado de su amigo, el astrofísico y exguitarrista de Queen, Brian May, quien lo convenció para hacer aquel viaje, concertado por Garik Israelian, astrofísico y también músico. Nada más desembarcar, nos confesó la frustración que arrastraba: “Ahora mismo no sé aún por qué existe el Universo”.

Pese a sus limitaciones físicas, Hawking era un genio de la comunicación. Medía cada gesto. Y no era el típico científico distraído, no, Hawking era un gran observador. Lo observaba todo todo el tiempo, con la dicha de los ojos, que no lo habían abandonado en el apagamiento progresivo de su cuerpo. Comprobé que a menudo los cerraba como si se evadiera, pero enseguida, a mi lado, la pantalla del ordenador revelaba que estaba escribiendo. Me inclinaba y leía sobre su hombro cuando apenas había pulsado tres letras. Pasaban eternos minutos hasta que sonaba su voz metálica. Como en una obsolescencia programada, la última herramienta servible era la mano, pero se le paralizó también. La movilidad de un solo dedo le habría resultado providencial, pero no era el caso. Debía conformarse con el último tic muscular que le quedaba: el de la mejilla conectada a un sensor. “Tengo miedo”, decía, “a perder un día el movimiento de ese músculo”. También parecía como si abriera los ojos con mayor dificultad. A veces, miraba a quien le observa; me tocaba hacerlo con descaro y él lo notaba sin incomodarse.

Carmelo Rivero junto a Stephen Hawking. DA

Era consciente del poder subyugante de su imagen. Un padre sentado, así lo había dibujado de niña su hija Lucy. Alguna vez había dicho que era más conocido “por la silla que por mis investigaciones”. Hawking era uno de los cosmólogos más importantes de los últimos 100 años y un divulgador científico de éxito como Carl Sagan. Una leyenda viva que ha muerto. De él se seguirá hablando como una de las mentes más inquietas en un cuerpo completamente estático.

A veces uno se olvidaba de que tenía delante a un ser humano con la cabeza intacta. Una de las mejores cabezas de nuestra era, cuyo perfil prognático permanecía inmutable hasta que dibujaba una ancha sonrisa, que sus ojos copiaban de inmediato, y entonces se caía en la cuenta. La enfermedad que arrastraba desde hacía medio siglo no había podido acabar con él, que resistió con lucidez hasta el último músculo de su mejilla. El cuerpo inerte de Hawking se mimetizaba con la silla de ruedas, llevaba las manos cruzadas sin autonomía sobre las piernas y los pies depositados sobre los estribos sin movimiento, pero el rostro ladeado hacia la derecha emitía señales inequívocas de vida: parpadeaba y gesticulaba ligeramente con el maxilar para cliquear en la pantalla de la computadora, a través del pequeño flexo prendido a sus anteojos, a fin de comunicarse a través de un sintetizador con la voz robótica, de acento yanqui, que ya se le asociaba como si fuera genuina. “Esta es mi voz”, sostenía cuando le sugerían cambiarla por otra más natural. Esa era su voz apócrifa, pero sus ojos eran auténticos, aquello de su cuerpo que se mantenía en pie.
¿Y su mente amaba aún?, me pregunté, analizándolo después de dos matrimonios rotos y una vida sin pareja desde 2007. Que Hawking amaba en silencio era posible, y sus cuidadoras lo mimaban. No le faltaba cariño, afecto. La guapa Niki, rubia, le acariciaba el cabello, le acomodaba el cuello de la camisa y las manos cuando se le rodaban.

Se enamoró de la física tras un pasado estudiantil en Oxford, en el que se reconocía como un “vago”. Era padre de tres hijos. Con Lucy, la única mujer, escribía libros infantiles de éxito, que se convirtieron en una serie televisiva de animación.

En 1985, durante una visita a la Máquina de Dios, en Ginebra, contrajo una infección de pecho que derivó en una neumonía, y tuvieron que practicarle una traqueotomía de urgencia que lo dejó sin voz. Llevaba sobreviviendo 50 años desde que le diagnosticaron esclerosis lateral amiotrófica (ELA), cuando estudiaba en Oxford, y le dieron, apenas, dos años de vida. La suya era una lucha continua contra el tiempo. “No morí. Y he sido más feliz; antes de la enfermedad, la vida me aburría”, sentenciaba. En esto, estar a su lado era una sesión de coaching; verlo desenvolverse desde la máxima dificultad, y sonreír a intervalos, era una hermosa película muda. En aquel viaje largo a Tenerife estuvo extrañamente mejor de salud de lo habitual, me comentaba el físico teórico y escritor argentino José Edelstein, que seguía los pasos de su célebre colega desde hacía quince años.

Stephen Hawking, en Starmus
Stephen Hawking, en Starmus / FOTO: DA

“¡Dónde está el champán!”

Hawking especulaba sobre una hipotética invasión de extraterrestres que hiciera con nosotros lo que los europeos con los amerindios. La violencia lo sacaba de quicio: “Solo somos una especie avanzada de monos en un planeta menor que pertenece a una estrella mediocre”, recordaba antes de añadir la capacidad que tenemos de comprender y soñar. El Universo Hawking es una estupenda metáfora, pero existía. Acarreaba consigo una legión de personas que velaban por su integridad física, en términos sanitarios: una decena de cuidadores y enfermeras, coordinados por una asistente personal. Tenía entonces 72 años, tras una prórroga de 50. Vivía su enfermedad sin vergüenza y sin perder el humor. “¡Dónde está el champán!”, reclamó al comienzo de una cena con sus anfitriones, y cuando lo sirvieron no probó su bebida favorita: “¡Lo decía por ustedes!”.
Era la agudeza. Y la curiosidad. El secreto de su resistencia (si bien su madre Isobel murió casi centenaria) podía radicar en un talante bienhumorado y ese fisgoneo que le empujaba a querer ver de cerca las momias guanches, o los delfines y ballenas que transitan por las aguas de Canarias. Amigo de las preguntas, respondió en público a cuatro espectadores que ganaron un cara a cara con él mediante concurso. “El avance tecnológico que nos salvaría es la fusión nuclear”, respondió a uno de ellos. “Si pudiera viajar en el tiempo, lo haría al futuro, el pasado ya lo conozco”, contestó a una chica, que tuvo que repetirle tres veces la pregunta hasta que él dio con la respuesta en su computadora, previamente ajustada por Jonathan Wood, su técnico informático.

 

“Nuestro cerebro está programado para sobrevivir”

En el Auditorio de Tenerife dio la última conferencia, sobre los agujeros negros, y me consintió permanecer cerca mientras comía, en la circunstancia más tierna y privada del científico más famoso del mundo y más celoso de su imagen. Sus trajes impecables y camisas de tonos dulces, el pañuelo en el cuello y el pelo rubio denotaban un estilo sencillo y elegante de ir al encuentro de los demás. Si algo le molestaba, supongo que era que lo trataran como un minusválido. “Nuestro cerebro está programado para sobrevivir”, afirmaba.

 

Lo que tanto le gustaba y tanto trabajo le costaba era comer. Quienes le visitaban solían llevarle botellas de vino y asumiían que el enjuto Hawking llevaba una dieta rica en grasas. En Tenerife se aficionó a las papas arrugadas con mojo de cilantro y los plátanos que ingleses y canarios, viejos amigos, han comerciado históricamente.

Con la vista del mar y un bosque de palmeras al fondo, junto a un castillo enmohecido por el viento y la maresía, George Zhao, uno de sus asistentes, le daba la comida con cachaza oriental y cada tanto le hacía bromas. Tener que recibir de otros las cucharadas de sopa o refresco, la carne y verduras y hasta el té, manchando constantemente el babero, no congeniaba con la imagen de un ícono del siglo XXI, pero en esa vertiente humana detrás del telón se descubría al verdadero Hawking, el hombre que debió morir antes de cumplir los 25. El equipo que lo auxiliaba se turnaba, tanto alternándose entre Inglaterra y Tenerife como en el almuerzo. A George le reemplazaba Kerry en la tarea de alimentar al jefe, y Patricia Dowdy, enfermera, controlaba su estado general.

En ese viaje, Hawking quería conocer el volcán Teide, pero sus médicos no lo autorizaron. Debió conformarse con paseos menos elevados, como el que hicimos al ITER, la fortaleza de una supercomputadora, en cuyo cerebro metió su cabeza. No le había visto tan contento. Era un día otoñal soleado, y Niki previno los efectos: antes de exponernos, le aplicó crema protectora. En la azotea, Hawking pareció vengarse irónicamente de los médicos que le negaban las alturas y le robaban el deseo de volar al espacio, después de experimentar la ingravidez en 2008. Con esa vocación aventurera, navegó también en un submarino y voló en un globo aerostático.

Comprobó que el superodenador se abastecía de la energía producida por paneles solares y aerogeneradores que ventilan con enormes astas. Hawking paseaba entre los grandes molinos de viento dichoso como un niño -que nació 300 años después de la muerte de Galileo y ha muerto el día en que nació Einstein- y se deslizaba en su silla bajo un cielo luminoso que potenciaba la claridad de sus ojos.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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