La coma, la coima y el colmo de Odebrecht

El desmantelamiento exponencial al que asistimos de las redes de esa multinacional de la corrupción llamada Odebrecht, la poderosa constructora brasileña en América, es toda una purga depurativa de las cloacas de la democracia, a las que Europa y estas islas, por desgracia, no son ajenas, hecha la salvedad de que aquí nadie dimite y allí, en cambio, sí. En Perú acaba de caer un presidente, el economista Pedro Pablo Kuczynski (PPK), por los millones que se supone percibió a través de una consultora de su propiedad de manos de la empresa dirigida por Marcelo Odebrecht, a cambio de licitaciones públicas, en el periodo en que fue ministro de Economía del Gobierno de Alejandro Toledo. Este último, a su vez, se vio envuelto en la misma maraña y anda huido, como hacen en España algunos próceres del procés catalán.

En América, rara vez, los apresan a pares, marido y mujer, como les sucedió a Ollanta Humala y Nadine Heredia, que llevan ocho meses de prisión provisional por la marea negra de Odebrecht. Me encontraba en Perú cuando Ollanta debutó, hace siete años, en la presidencia, y en los viajes sucesivos siempre me pareció un político potable, atrapado entre un padre iluminado, don Isaac Humala (que se reivindica profeta de una mezcla desparramada de marxismo, racismo y ultranacionalismo) y la injerencia de la primera dama. “Cuando quebraban los gerentes, se suicidaban”, desbarró el otro día el padre para el caso de que lo condenen, dictando esa agria sentencia de honor contra el hijo que se zafó de su tutelaje. Humala, exmilitar sesentón con aureola chavista en sus inicios radicales, que gobernó con relativo acierto (mejoró la economía y redujo la pobreza), se vio arrastrado por las anotaciones contables de su esposa en una agenda que le usurpó una empleada del hogar amiga de un excongresista que traicionó al presidente. En estos papeles de Nadine (como aquellos papeles de Bárcenas) figuraban tres millones de dólares de la campaña electoral que aupó a su marido al poder, y la oposición no dudó en buscarle paternidad a la criatura: Odebrecht. “La verdad, es mi letra”, admitió Nadine por tuit a la periodista Rosa María Palacios, una voz respetada en la televisión. Luego dijo que le quitaran la coma (la coma de la coima), porque quiso decir “La verdad es mi letra”, como si Monterroso mudara el mismo signo de puntuación en su cuento más breve (“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”), cambiándole el sentido. La tufarada de los tentáculos de Odebrecht se extiende por toda América. En el Ecuador de Correa fue defenestrado un vicepresidente, en Panamá arrambló con el círculo del expresidente Martinelli y en Brasil tiene colgado de la soga a Lula, cuya ascendencia en las urnas lo haría de nuevo presidente este año si no fuera por las revelaciones de Marcelo Odebrecht que pueden costarle nueve años de cárcel. Al director general de las trituradora de presidentes lo condenaron primero a 20 años de prisión -y entró-, después se lo rebajaron a a diez y, finalmente, cumple arresto domiciliario, gracias al pacto de cantar en lo que se conoce como la delación del fin del mundo.

El último episodio por el momento, el del presidente peruano de esta semana, destapó la olla de la corrupción en la región de las dictaduras perennes. Bajo el sombrajo de Kuczynski yacen los excrementos del mito Fujimori, que en diciembre recobró la libertad en las horas más bajas de PPK, cuando se enfrentaba a la amenaza de la vacancia, la destitución por el Congreso a causa de los sobornos de Odebrecht. El hijo menor del exdictador, Kenji Fujimori, le ofreció el puñado de votos que necesitaba para salvar ese round a cambio del indulto de su padre (que cumplía en el cuartel policial de Lima 25 años de reclusión por corrupción y crímenes de Estado), y Kuczinsky cedió bajo una ola de protestas.

En Perú el pez muere por la boca y todo el mundo se entera por la afición politica a filmar los tratos sucios en video. Desde los tiempos de Vladimiro Montesinos, el Rasputín peruano -también reo con la misma pena que su jefe, Fujimori, en una base naval-, que grabó cómo corrompía con fajos de billetes a políticos, artistas y empresarios, en su famosa provisión de vladivídeos, ya nadie se asombra de este método. De ahí que extrañe poco que Keiko Fujimori, la hasta ahora hija predilecta del patriarca japonés que gobernó el país una década, haya dado a la luz los vídeos de su hermano comprando pocos meses atrás votos del Congreso para liberar a su padre. Keiko, que llegó a ser primera dama con 19 años cuando Fujimori se divorció, boicoteaba el indulto del Chino -el nombrete de su origen nipón- por temor a perder protagonismo en el guion: toda su razón de ser era ser un día presidenta y exonerar a su padre.

Kuczynski dimitió el miércoles antes de que el Congreso lo enviara al sumidero por guiñapo de Fujimori y pelele de Odebrecht. La tradición de los presidentes corruptos se perpetúa en la cuna del inca Atahualpa, que ya intentó comprar su libertad en tiempos de la conquista del imperio ofreciendo a Pizarro llenar dos veces de plata y una de oro la habitación donde lo retenía. Esa estancia de Cajamarca es ahora un reclamo turístico (el Cuarto del Rescate). La corrupción se los ha ido llevando a todos por delante. A Alan García -populista de verbo fácil al frente de un partido con cierto abolengo fundado por su madre, el APRA- lo trincaron y huyó en su día como Puigdemont hasta que prescribieron los delitos, y volvió al Palacio del Gobierno en la Plaza Mayor de Lima. Ahora le persigue, como a todos, el reguero de la nómina del diablo. Odebrecht es una metáfora del siglo XXI.

Cuando America se desbarranca por la corrupción no es señal de que viene un alma limpia a desinfectar el país. No, es más probable que regrese al tiberio un dictador con promesas de mano dura y menos cantos de sirena. Están dadas las condiciones para que Alberto Fujimori, que derrotó en el 90 a Vargas Llosa en las urnas, ponga un títere. Hay una franja de nación asqueada por las malas copias de mesías salvadores de la patria. Ese es su caldo de cultivo: Fujimori acabó con el terrorismo, reclaman los apologetas de aquel candidato desconocido que ganó al futuro Nobel.
Los requiebros políticos de la otra orilla nos son familiares, porque hasta allí emigraron nuestros parientes y se convirtió en nuestra segunda casa. Y porque son tan comunes los manejos de los grupos de intereses con el poder establecido, aquí y allá, que el pandemónium de Odebrecht es el pan nuestro de cada día.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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