El sueño de alcanzar la paz en un mundo de espías

Estoy leyendo Berta Isla, la novela reciente de Javier Marías, donde el coprotagonista es un interesante joven español de doble vida, que transita entre su hogar nativo junto a su mujer e hijo y una ignota militancia en los servicios de inteligencia británicos, el MI5 (de seguridad interna) y el MI6 (de seguridad exterior). Marías es un narrador desinhibido en lo estilístico y argumental que ya en Tu rostro mañana se acomodó de su propio cuño sin rubor en el territorio del espionaje, donde a la vecindad legítima de Graham Greene o Le Carré se le sumaba así un escritor de culto que reinventa los géneros y establece una prosa imprevista. Pero no es esta una crítica literaria sobre el autor que nunca defrauda a los lectores que siempre le esperan. En la crisis de los espías que enfrenta ahora mismo a Rusia y Occidente -aquí les contaré hasta qué punto se reaviva la Guerra Fría y hay augures que sufren con los vaticinios innegables del riesgo de una guerra nuclear-, está Marías reivindicado por la realidad que aspira a novelarse. En la ficción, Tomás Nevinson pone en peligro a su familia por colaborar con espías de verdad, y Berta Isla, su esposa, le reprocha que han estado a punto de quemar vivo al bebé de ambos para acojonar a su padre. Les cuento, no sin asombro, que hay un temor real por esta crisis de los espías. Los que manejan información de primera mano le han visto las orejas al lobo de la guerra nuclear, mientras volcábamos todos los esfuerzos contra los atentados yihadistas y los llamados lobos solitarios. Esto va en serio, nos dicen. Y, a la vista de los hechos, uno vuelve a Marías a refugiarse en la novela, a sabiendas de que esta no acabará en desgracias que nos afecten, pues aquellos, en cambio, quién sabe, quién sabe. No sabemos nada. Y de esto se habla poco. Quizá convenga ignorar lo que no está en nuestras manos impedir. Voy a los hechos.

El pasado 4 de marzo se desató la ira de Reino Unido contra Rusia, y contó de inmediato con el respaldo de Europa, cuando un médico y una enfermera que pasaban por allí descubren a dos personas, hombre y mujer, semiinconscientes en un banco de un parque de Salisbury, en el centro de Inglaterra. El exespía ruso Sergei Skripal y su hija Yulia, recién llegada de Moscú para visitarle, fueron hallados en estado catatónico, y pronto se supo que habían sido envenenados con un gas nervioso de origen soviético, denominado Novichok. Los ingleses entraron en cólera y abrieron la espita de las expulsiones masivas de diplomáticos rusos, una firme decisión de la triste y gris primera ministra Theresa May, que fue secundada por numerosos países europeos y, de modo especial, por Estados Unidos, cuyo Gobierno huye de la sospecha de connivencia con Moscú desde hace un año. Trump con Putin y contra Putin, en el desfiladero del Rusiangate y ahora de la Guerra Fría. Un lavado de imagen de amigo y enemigo del Kremlin, pues últimamente se conjugan en política los antagónicos, contigo y sin ti, hasta hacer de la política cínicamente un oxímoron.

Rusia, bajo la férula del exdirector del sucedáneo del KGB recién reelegido en plena euforia cibernética, aplicó el quid pro quo y dio rienda suelta a otra suelta de palomas expulsando el mismo número de funcionarios que el bando contrario. Skripal y su hija siguen graves en el hospital, acaso ya con la suerte echada, como aquel otro cadáver en el armario de Putin, el también exagente ruso Litvinenko, que murió hace doce años tras ser envenenado, asimismo, en Londres, por tomar en un hotel con unos antiguos colegas una taza de té con polonio. Imposible olvidar las imágenes de su lenta agonía y deterioro físico en la cama del hospital, el rostro macilento y la pérdida acelerada del cabello, mirando a la cámara con aire desvalido. Skripal delató a 300 espías rusos cuando fue reclutado en Madrid por el MI6 en los años 90, durante su destino español en tiempos de Boris Yeltsin, que pagaba mal a los espías y los exponía a la deserción. Una vez descubierto, Skripal cayó en prisión en su país y tuvo que ser rescatado por los ingleses en un canje de espías.

Es la foto del mundo que va cambiando sin darnos tiempo a ubicar a los personajes. Los malos, de pronto, simulan ser buenos, y los buenos se fingen malos, en un intercambio continuo de papeles y cataduras. Hasta resucitan los muertos y se cuelan en la foto que contemplamos ya sin dar crédito a nada ni a nadie. Gadafi ha reaparecido junto a Sarkozy, como si el libio continuara vivo bajo la túnica suntuosa y el gorro sobre la melena de esparto y las bembas de bótox con su planta estrafalaria. Y es que al francés lo han imputado, ya que al parecer Gadafi financió su campaña para llegar al Elíseo, cuando el libio repartía donativos mientras se paseaba en sus jaimas por las plazas de Europa rodeado de su harén. La corrupción es un dogma de las nuevas democracias inestables, cuando el paradigma tras la Segunda Guerra Mundial era estabilizar la paz. Esta crisis de espías aviva los demonios de la Guerra Fría, como ha dicho el secretario general de la ONU, Antonio Guterres. Indagué un poco más, averigüé lo que dijo uno de los cinco miembros del comité del Premio Nobel de la Paz, Asle Taje, el martes pasado, durante una conferencia en la Universidad del País Vasco titulada El sueño de alcanzar la paz en el mundo. Según el analista noruego, de proseguir la escalada de tensión entre Rusia y la OTAN, “habrá guerra”. “Es mi peor pesadilla: una guerra nuclear”, dijo antes de añadir: “Si comenzamos a disparar, no estoy seguro de si vamos a poder detenernos antes de usar armas nucleares. Esto es algo que me mantiene despierto por las noches”.

Acaso este quilombo explica por qué las dos Coreas se han dado la mano y el tirano bajito y orondo que celebraba con rechiflas de matón sus ensayos balísticos y amenazaba al Tío Sam con un ataque atómico, va y se reúne con el amo chino y se vuelve un santo en la semana del mismo nombre, y hasta hace las pases con el del tupé. La foto del mundo ha sustituido, de la noche a la mañana, a Kim Jong-un por Putin (los dos borran disidentes con productos químicos), que ahora es el que alardea de tenerla más grande –la bomba-: un misil “invencible” que podría alcanzar EE.UU. en unos pocos minutos y que ya es calificado como “la cabeza nuclear más potente y mortal del planeta”.

Hay muchas maneras de decirlo. La más simple es que están haciendo el ridículo más colosal. La señora Merkel, que viajó a La Gomera a dejar la bulla de locos atrás, es quizá de las pocas cabezas que le quedan a Europa sobre los hombros, que no sobre los hombres. Es una mujer que ahora representa la cordura, en las despensas de la derecha, porque en las de la izquierda no se encuentra ningún mirlo blanco. Algunas veces asoman casos pequeños que dan ejemplos mayúsculos. En Alicante, un alcalde sin ambiciones que considera haber cumplido su programa un año antes de acabar el mandato, renuncia, cede la poltrona a otro y se marcha a su casa.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

Añadir comentario