Guaza y Los Sauces: el duelo de Holcomb

Las tragedias no dejan espacio habitable para la razón, son incomprensibles e incompatibles con ella y nos conducen a las profundidades del dilema sobre la vida y la muerte. Nadie regresa nunca del fondo de esas aguas con una respuesta.

La foto que ilustra la portada de DIARIO DE AVISOS en esta edición contiene elementos que arañan la sensibilidad: tres féretros desfilan a hombros de amigos, vecinos y parientes de las víctimas que portan en su interior. Son los miembros de una familia cuyo fatal desenlace en una finca de Arona ocupó la misma página primera de este periódico, hace diez días, en el conocido como triple crimen de Guaza.

Un autor estadounidense emparentado indirectamente con esta isla, Truman Streckfus Persons (Truman Capote), narró en A sangre fría el asesinato de los Clutter, una familia de agricultores acomodados de Holcomb, Kansas, hace 60 años. Los hechos no son exactamente equivalentes, pero guardan un innegable paralelismo, al menos en mi memoria lectora, pues la novela rezuma la atmósfera de la tragedia en un pueblo tranquilo y rural como Guaza, y, dado que coinciden en última instancia en la desolación de un hogar que se queda vacío, sin un alma en pie, con el asesinato de todas las personas que lo habitaban, Capote habría encontrado en esta historia de sus parientes palmeros circunstancias que complementan su asombro y desengaño ante un crimen demoledor.
Como en el suceso real que inspiró al novelista en una de sus obras cumbres (una novela de periodista, un reportaje de narrador, un texto definitivo), este triple crimen de Guaza, y el entierro ayer en la tierra natal de los protagonistas, San Andrés y Sauces, deja en el aire la conciencia de que cualquiera, incluso en mitad de una vida confortable y plácida, puede morir en cualquier instante en manos del destino del modo más caprichoso e incomprensible. En Guaza, el asesino es el hijo adoptivo, lo que agrava el desamparo de las víctimas. Antes de concluir, añadiré otro caso que abunda en esa volátil idea de la vida, cuyo suspense nos perturba por la inevitable fragilidad humana.

En la escena mortuoria de La Palma, todo un pueblo sale al encuentro de los restos de la familia asesinada y lo hace bajo un silencio impenetrable, que no revela, como dice David Sanz, sino la suma de pesar, rabia y estupor, en el trayecto del templo al camposanto. En la novela, el palmero adoptivo Truman Capote (si, como parece, su padrastro, Joe García Capote, procede de El Paso) afronta el relato del espantoso crimen de los Clutter y sus dos hijos adolescentes -una familia de misa y generosa que disfrutaba de una cómoda situación económica en su granja y finca en la década de los 50- desde la perplejidad ante el asalto de dos jóvenes desalmados que buscaban en la casa una caja fuerte inexistente y solo se llevaron cincuenta dólares. ¿Por qué, pese a todo, no dejaron a nadie con vida? Capote siguió el rastro de los asesinos, los trató personalmente, puso todo de su parte, incluso puso toda la condescendencia de que fue capaz, pero terminó exhausto ante el horror y la indefensión que se dieron cita en aquella casa y en aquel pueblo rural que desprendía paz y sosiego hasta entonces. Como ahora me pregunto sobre Guaza, en Holcomb los vecinos se quedaron petrificados bajo la conmoción de los crímenes. En Guaza, dos perros -únicos supervivientes- tenían la mirada humana de la tristeza en las fotos de Andrés Gutiérrez para este periódico, como testigos de la desgracia, huérfanos en un segundo plano, mientras retiraban los cuerpos. En San Andrés y Sauces, el silencio y las miradas eran ayer de esa misma naturaleza. La que embargó, a su vez, a los padres del niño irlandés atropellado mortalmente el jueves en la calle Dublín -qué trágica ironía- de Adeje. Habían viajado de Newtownabbey, cerca de Belfast, a la isla para pasar unas felices vacaciones, frustradas por las zarpas de un coche rojo.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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