Puigdemont, Ríos Montt y Ruiz-Mateos, ¡qué tres!

Ríos Montt y Puigdemont tienen en común la rima. Y cierta capacidad irónica de treta para burlar la acción de la justicia. El primero, fallecido hace una semana a los 91 años, fue un conocido dictador guatemalteco que detuvo a una canaria y casi la fusila y que, con múltiples delitos a sus espaldas, entabló con éxito un pulso ante los tribunales de su país hasta lograr revertir una amplia condena de cárcel y morir de infarto en la paz de su casa. Todo un manual para casos como Lula y tantos otros en el cavernario de la América profunda. Ríos Montt no tuvo necesidad de huir en el continente en que todos lo hacen cuando la justicia les aprieta. Tales mañas no son ajenas a Europa, donde ya fue célebre en los 90 el exilio tunecino del socialista italiano Bettino Craxi, acusado de corrupción en el proceso de Manos Limpias, antes de que ahora Puigdemont y varios conmilitones tomaran las de Villadiego. Así hemos asistido a una americanización del prófugo en la soberana y prepotente Europa, que no deja de ser una cómica versión cutre del sálvese quien pueda. Exonerado de rebelión por un juez alemán, Puigdemont inaugura una nueva etapa de la evasión secesionista y alienta, quién sabe, otras posibles cataluñas en las bavieras y padanias de Europa. Pero no es el primer pícaro español en esta zarzuela.

Ya en tiempos uso el procedimiento de la huida mediática José María Ruiz-Mateos, que era una especie de Puigdemont de Rumasa, y fue a dar con sus huesos, como este, en una cárcel de Alemania. A Puigdemont se le está poniendo cara de Ruiz-Mateos. No cuesta nada imaginárselo con capa de héroe americano como el ya desaparecido magnate de la abeja. Hace 35 años, en la todavía bisoña democracia, gobernaba Felipe González, y el ministro de Economía y Hacienda, Miguel Boyer, le expropió el imperio comercial al famoso empresario que era marqués de Olivara. Fue como aplicarle el articulo 155 a Rumasa para intervenir el holding en una operación que resultó muy polémica y que dividió al país entre admiradores y detractores de aquel personaje histriónico. En su escapada, se instaló en Estados Unidos y, como el catalán, se animó a viajar, hasta que unos policías le pidieron que les acompañara en el aeropuerto de Fráncfort cuando portaba un pasaporte de diplomático panameño y un revólver en el maletín. Tardó año y medio en ser extraditado y ya para siempre fue una especie de caricato que se veía obligado a hacer payasadas para llamar la atención. Los desencuentros entre Ruiz-Mateos y Boyer fueron la comidilla política de los años 80 y 90. Estando en busca y captura, el empresario jerezano hacía apariciones fugaces y teatrales para mofarse de la justicia y del ministro. En una ocasión lo abordó por sorpresa y le tiró las gafas bajo el grito de “yo te pego, leche”, que se convirtió en un latiguillo burlón en un país de corrala y dimes y diretes. Otras veces se plantaba delante de los tribunales disfrazado impecablemente de Superman. Llevaba figurantes a lugares públicos con caretas de Boyer e Isabel Preysler, y rodó algún sketch en el que simulaba flirtear con una doble de la ex de Julio Iglesias que estaba casada con el ministro, a la que por poco alcanza de lleno una tarta arrojada por una de las hijas de Ruiz-Mateos, enfebrecida por su padre. Aquel culebrón duró más de una década y fue el hazmerreír nacional. Ninguno de los dos protagonistas ya vive, y aunque nunca hicieron las paces, la tormenta se acabó diluyendo y al final de sus días el empresario dijo lamentar sinceramente la muerte “en lo efímero terreno” de Boyer, su viejo enemigo, que fue el primero en fallecer de los dos. Lo de Puigdemont es una resaca retardada de un esperpento nacional: del patriarca de aquella amenaza financiera a este fauno del procés, de la amenaza soberanista. Rumasa era un gigante plagado de deudas que no se dejaba auditar,y González aprovechó para debutar en el Gobierno sacando los tanques de Hacienda. Ruiz-Mateos, como ahora Puigdemont, tenía sus fans, que creían abusiva la medida. Si Puigdemont opta por ejercer el personaje en que se ha convertido, en la hemeroteca tiene material suficiente de inspiración sobre las correrías de aquel cachondo mental, guasón y chirigotero que se enfrentó en solitario al Gobierno que lo expropió disfrazado de superhéroe y repartiendo collejas como dice el castizo o cogotazos como decimos en Canarias. El antecitado general Efraín Ríos Montt sobresale en el bestiario de dictadores, no solo por la incontinencia de sus graves delitos, sino, además, por su indiscutible pericia para escabullirse de la ley sin moverse del sitio. Una suerte de Puigdemont estático, en lo que atañe al estilo. Pocos mandatarios cogidos por la entrepierna lograron desafiar a los jueces y zafarse de la cárcel impertérritos sin hacer las maletas. Que aprendan sus discípulos. Se da la circunstancia de que hace 35 años, de Ríos Montt se habló mucho en Canarias porque detuvo y casi liquida a una paisana sobrina del general Ramón Ascanio Togores, todo un peso pesado del Ejército español (jefe del Estado Mayor de Tierra). Ríos Montt había tomado el poder tras un golpe de Estado de jóvenes oficiales, a comienzos de los 80, casi en paralelo con la llegada de González y el citado episodio con Ruiz Mateos. Gozaba de prestigio progresista hasta que un día se transformó en un peligro público. Era jefe de la Iglesia Pentecostal de la Palabra, de corte evangelista, y en poco más de un año (del 82 al 83) se lanzó a degüello contra la llamada izquierda subversiva. Creó patrullas paramilitares, declaró el estado de sitio y emprendió la batalla final. Era un papanatas. Mientras afeaba los pecados al pueblo por radio y televisión con su muletilla mojigata “usted papá, usted mamá”, en los discursos dominicales, nombraba tribunales anónimos para ejecutar a los detenidos. El mismo año que detuvo a la canaria, 1983, ignoró las peticiones de clemencia del propio papa Juan Pablo II. Cuando Wojtila llegó al país, las ejecuciones de un grupo de insurrectos las había celebrado en la víspera. Y papá yanqui encargó a su ministro de Defensa que le diera un golpe de Estado. Sanseacabó.

María Magdalena Monteverde Ascanio, de 27 años, la tinerfeña sobrina del militar canario, había viajado a Guatemala como turista junto a un amigo norteamericano, Michael Glenn Ernest, de 26 (hijo del presidente de una petrolera), para pasar unas vacaciones a orillas del río Atitlán, y por poco los fusilan; fueron confundidos con unos guerrilleros en pleno estado de sitio de Ríos Montt: se les acusaba de haber incendiado una finca y asesinado al capataz. Conozco este caso al detalle porque lo cubrimos desde Radio Club Tenerife durante casi un mes, desde el 11 de enero de 1983, en que fueron apresados en San Lucas Tulimán, hasta el 8 de febrero en que fueron puestos en libertad por “falta de pruebas” (era reos muy influyentes). Ríos Montt era un artista evitando la cárcel sin levantar vuelo. Se trataba del segundo presidente más longevo de Guatemala (detrás de Flores Avendaño, que murió a los 98). Cuando hace unos tres años fue condenado a 80 de cárcel, ni se inmutó. A los pocos días, la sentencia fue revocada por la máxima instancia judicial y él se sumergió en una demencia irreversible que le hizo impune hasta el pasado domingo, cuando se despidió de toda su familia en el lecho de muerte. Requiescat in pace o c`est fini.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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