Cuba, sin Castro, y que sea lo que Díaz quiera

Es un poco seriotón, dicen en La Habana del nuevo presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, el primer civil en tomar las riendas del país y el primero que no lleva el apellido Castro en casi seis décadas. Pero Cuba será, de momento, una simbiosis de Castro y Díaz-Canel, una transición de barbudos y rasurados, de las dos generaciones extremas dentro de un recinto alargado de pequeño territorio insular donde tuvo lugar una revolución que eclipsó al mundo y ha ido cumpliendo años hasta morir. Cuando los Estados Unidos le vieron las barbas al vecino en 1959, Eisenhower se disponía a dejar paso a un fulgurante demócrata que en menos de tres años se volvería célebre, que no célibe, convertido en un Casanova en el cénit del poder que tuvo la suerte o la desgracia de coincidir con la diva dorada de Hollywood y el star-system del imperio más poderoso del planeta. Sin embargo, la estrella de Fidel tenía un halo, o un algo, que la hacía brillar de una manera inusitada hasta entonces en la América apocada que no se atrevía a levantar la voz al Tío Sam. En su atrevimiento, Fidel -locuaz en los discursos maratonianos- iba a dar que hablar durante decenios, iba a sobrevivir a todos los jefes de Estado de su época y no tenía nada que envidiar al flanco libertino de Kennedy, promiscuo en amores prohibidos pero deslumbrado por Marilyn Monroe, que en el año en que entraron en La Habana los rebeldes de Sierra Maestra ya triunfaba en Some Like Hot de la mano de Billy Wilder.

La Habana, y Cuba por extensión,no era concebible en el siglo XX sin el glamour inseparable de sus múltiples encantos para los sentidos. Fidel se coló por esos pasadizos secretos de lo seductor superlativo, como Hemingway -acodado en la barra de El Floridita-, y se despachó a gusto en los ríos de tinta mediática que todavía no conocían Internet. Igual que la Monroe contrajera matrimonio con Arthur Miller y posara leyendo a autores de culto, la élite de la jet norteamericana y europea se desvivía por llegar hasta Fidel y hacerse una foto a su lado. Al Comandante le gustaba ser famoso – “yo tenía ese karma desde el colegio”, me dijo- y, en cierta medida, se decía de él que era un gran actor. García Márquez decía, incluso, que era un gran escritor. Una vez fui expresamente a La Habana a recoger el prólogo que nos había escrito para la biografía de Paco González Casanova, su amigo en Tenerife desde el germen de la Revolución. Fue cuando nos desveló de puño y letra: “Me olvidé mencionarte que por parte de mi madre llevo con honor un porcentaje de sangre isleña”.
Ahora se baja el telón de ese tiempo mítico y culminante y se inaugura la Cuba sobria del día después. Pero hasta 2021, Raúl Castro va a seguir en el puente de mando. En Cuba, el primer secretario del Partido Comunista es el verdadero timonel en la sombra, y el último de los Castro, ya octogenario, permanecerá en el cargo hereditario de epónimo titiritero durante los próximos tres años para tutelar el aterrizaje del desconocido Díaz-Canel, el sucesor favorito del general.

Raúl -del que Fidel bromeaba en privado recordando la foto escolar en brazos del dictador Batista- nunca fue propiamente barbudo, era el más lampiño de los hermanos, y las hebras de la chiva que no se afeitaba le daban un aire mandarín; la del Che, tampoco la más poblada, se convirtió en una barba universal y símbolo de la progresía, gracias al impacto de la célebre foto de Alberto Díaz, Korda. En cambio, Díaz-Canel -el ingeniero nacido al año siguiente de la Revolución- es un rostro imberbe en una figura enfundada en blancas guayaberas o en serenos trajes de tono gris que contrasta con aquella estética barbada y guerrillera de verde olivo. Cuando Fidel hizo escala en Tenerife, en el 96, y subimos al Teide con él, paseaba ese uniforme con gorra de soldado como si fuera consciente de que era el icono de la marca de un país reconocible en su barba y en su atuendo, como una bandera, una postal o un pin. Y cuando ya se despedía a los pies de la escalerilla del avión, en el Reina Sofía, se le acercaron los guardias civiles para hacerse la foto de familia que inmortaliza aquella estancia, de vuelta de Estambul a las Antillas, en la tierra de sus antepasados. ¿Cuando vendrá Diaz-Canel a dar continuidad a aquellos lazos que nuestros propios gobernantes locales han ido dejando disolverse en el olvido? Asistir como canario al descuido imperdonable de unas relaciones entre Canarias y Cuba que se remontan al siglo XVI, es constatar la desidia hacia América de unas autoridades cegadas por el éxito turístico y la desmemoria ufana de los tiempos difíciles de la emigración, que ojalá nunca vuelvan, pero que no debieran avergonzarnos, pues son parte esencial de lo que son los canarios. Somos ese son. Solo se salva La Palma, la más sonera de las islas, de la amnesia cubana, y la etapa de gobierno de Manuel Hermoso, que fue el presidente canario que más cultivó las relaciones con Cuba, con la colaboración providencial de Francisco Aznar, trasunto de ministro doméstico de asuntos atlánticos cuando todavía no habíamos enfermado del palurdismo de darle la espalda a América. Me consta -y por eso lo digo- que Díaz-Canel tiene buenas amistades canarias y no costaría mucho esfuerzo restablecer el puente que durante siglos habíamos construido y que en pocos años hemos dejado caer en pedazos, como tantas otros hallazgos y hazañas que forman parte de lo mejor de nuestra historia.

Ahora que somos ricos y pobres a la vez y que podemos alardear de ambas cosas, llegan estas y otras noticias de América que no nos son indiferentes. Llegan muchos canarios con la diáspora despavorida de Venezuela, sumida en la derrota y el fracaso del chavismo. Y llega esta semana el cambio de tercio de Cuba. Fue un jueves, el 19 de este mes, que pone fin al castrismo formalmente concebido, como si se descolgara una foto de la pared, y alumbra un nuevo tiempo, que no será de ruptura, pero tiene toda la pinta de una transición. Por el camino cayeron todos los delfines, los Carlos Lage, Robayna y Pérez Roca. Raúl Castro ha gobernado diez años de posfidelismo, con el estigma castrense de duro del régimen en contra, pero firmó el deshielo con Obama. Ahora, Díaz Canel debe firmar el desbloqueo con Trump, que es una misión imposible. Como han sido todos los desafíos históricos de Cuba desde la crisis de los misiles o la visita del Papa Juan Pablo II -Y Dios entró en La Habana, tituló aquella gira Manuel Vázquez Montalbán-. Cuba cambia a su manera. Como dice el humorista cubano Luis Silva, “que sea lo que Díaz quiera”. Y que los canarios lo veamos paseando por La Habana, añado.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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