La sentencia tras los crímenes fugaces

Basta una somera mirada sobre una serie de hechos recientes de enorme impacto social para darnos cuenta de que todo pasa muy deprisa y, salvo contadas excepciones, apenas deja huella en la memoria colectiva. No hace tanto de la pérdida estremecedora del niño Gabriel (y del triple crimen de Guaza y del sórdido desenlace de Carlos Machín a manos de dos sicarios) que no solo conmocionó a la opinión pública como un auténtico aldabonazo, sino que agitó el debate sobre la prisión permanente revisable. Pero, como trato de explicar, la secuela de ese trágico suceso puntual se ha disipado a toda velocidad, como si las mayores desgracias, en el nuevo tiempo irremisible que marca el ritmo del dolor, se resintieran de modo inexorable bajo la tromba de lo atroz inmediato, a tenor de una ley que lo desdramatiza todo y lo borra para dejar paso en un continuo palimpsesto al siguiente sobrecogimiento, a cada nueva noticia bomba. La repercusión mediática de las cosas, su sobredimensión y caída en el olvido, se ha vuelto un paradigma de nuevo cuño, y ya nada nos asombra en su justa medida, ni tanto como debiera lo realmente espantoso de buena parte de lo que acontece a diario, ni cuánto dura en el candelero el mayor de los escándalos. Pasamos página compulsivamente, consumimos la dosis trágica de la mañana y nos vamos a la cama con el último ramalazo de sordidez social o política. Y apenas nos detenemos a compulsar nuestro estado de ánimo, para evaluar, al menos, cada cierto tiempo, cómo andamos de sentido común, en qué medida la vorágine de odio y percance que delimita los acontecimientos de esta era nos está afectando, modulándonos el espíritu y carácter hasta hacer de nosotros quién sabe qué suerte de nueva naturaleza en lo humano y con qué incierta mentalidad.

Nos regíamos por unas normas básicas de comportamiento que daban a cada cosa su relevancia y vigencia en el tiempo. Ese canon se ha venido abajo, sustituido por la máquina devoradora de noticias ciertas y falsas -por una vez, unas y otras al mismo nivel de consideración- y se ha impuesto otro dogma: nada merece más ni menos atención, sino la que otorgue a cada hecho al azar un espontáneo estado de opinión, que se gobierna a sí mismo como si de una fuerza natural e impulsiva se tratara. Lo podíamos llamar conciencia a secas o conciencia consensuada -de la que ya carece la verdad clásica, bajo el diluvio de las redes sociales que han impuesto su verdad y su falacia de modo indistinto-. Esa conciencia consensuada hace que esta semana hayan brotado en todas las capitales de España movilizaciones contra el fallo de los jueces en el caso comúnmente conocido como La Manada. Al debate sobre la prisión permanente revisable que alentaran las muertes de Gabriel, Diana Quer y tantas otras víctimas terribles -a riesgo de ceder en la jerarquía de lo urgente, como vemos-, se suma así el del cambio legislativo en el Código Penal del concepto, ahora vagaroso, de violación sexual. Hay una conciencia consensuada a este respecto, y de ahí la repulsa general contra la sentencia que libra de la pena más dura a los cinco autores del salvaje abuso de una joven en los sanfermines de 2016. De manera que este malestar en España sí cabría presumir que tenga consecuencias y vigencia durante un tiempo razonable al objeto de que se reparen las fisuras de la ley ante eventualidades semejantes. No ocurre así en todos los casos, como advertimos desde el principio, dada esa antropofagia de la información que no conoce límites temporales ni de pautas de gravedad. Solo la conciencia consensuada ante determinados repuntes de lo horrible y pernicioso hace que algunas veces lo que sucede nos parezca, al punto, que ha dejado de suceder o que incluso nos haga dudar de que realmente hubiera sucedido. En esas andamos, vapuleados por una avalancha tóxica de sucesos que inunda el relato de la vida, en continua sobredosis, sin que acertemos a saber en qué medida salimos ilesos de ese empacho o nos está modificando la capacidad de discernir con rigor. En Estados Unidos, el fenómeno de las denuncias contra los abusos sexuales de Harvey Weinstein en Hollywood también inclinaron la balanza mediática de lo efímero a lo perenne -hasta dónde esto último, lo desconocemos, porque el reloj de los tiempos actuales de lo que es notorio y perdurable en esa conciencia consensuada de que hablamos está fuera de control, es un desbarajuste muy reciente-, y a su amparo surgió el movimiento MeToo (Yo también), un hashtag de efecto multiplicador contra el acoso sexual en toda su amplitud.

Hay precedentes de lo fugaz de los estados de opinión que, vistos con cierta distancia, incluso estremecen, porque cuestionan la salud mental, el equilibrio social de los criterios colectivos. ¿Estamos locos o cuerdos por ahora? ¿Resistimos bien o ya hemos perdido facultades irrecuperables en el ámbito del raciocinio? La crisis económica (2007-2017) es un ejemplo palmario. Se nos venía el mundo encima y no lo contaríamos, a tenor de aquel apocalipsis de las bolsas, los bancos, las constructoras, el desempleo masivo, el auge de las agencias de rating y la psicosis de las primas de riesgo camino de un rescate inevitable. Cuando se nos apareció Dios en forma de Draghi en un escueto versículo de un salmo providencial: “Haré lo que sea necesario para salvar el euro.

Y, créanme, será suficiente.” Hoy, en cambio, sin todavía salir del todo de la convalecencia de un cataclismo real, aquella pesadilla ya es historia, se nos volatilizó el miedo. Estos días, sin ir más lejos, hemos asistido a la caída de Cifuentes -del máster al vídeo, de la impostura a la cleptomanía bajo el incensario correspondiente-, que eclipsó la vida política en una fracción de tiempo relativamente corta. Bastó naturalmente la sentencia de La Manada para rebajar la intensidad del terremoto de la Comunidad de Madrid. Como en la paz nuclear de las dos Coreas en esta misma semana tras una escalada prebélica que nos aterrorizó a todos, o como la crisis política catalana y, antes, la del brexit, nos hemos habituado a contener la respiración ante cada nuevo sobresalto, y, acto seguido, a adaptarnos a los constantes reacomodos de la tierra que pisamos tras cada nuevo seísmo. Conozco físicamente esa sensación, pero este es un tiempo de shock y distensión sin tregua -vivir contra las cuerdas cada round a expensas de la campana bordeando el KO – y aún no sabemos el límite de nuestras fuerzas.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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