Toda la humildad junta de Rommel era su éxito

Los apellidos de Rommel se prestaban al timo que ideó el seleccionador panameño para enrolarlo en la expedición de su país que viajó a Tenerife en el 86 a jugar el Mundialito de la Emigración. Llamándose Fernández y Gutiérrez no levantaría sospechas, y de ese modo aquel delantero espigado con cara de niño bueno se metió a la isla en el bolsillo y se quedó a vivir el sueño de todo futbolista latinoamericano: jugar en Europa. Morir prematuramente habrá contribuido a idealizar el mito, pero yo soy testigo, como tantos, de que el Panzer ya era una leyenda en vida, una celebridad que trascendió en seguida más allá de nuestras fronteras y que tenía todo los números de la suerte para triunfar, como así sucedió, con un inconveniente: los ídolos muchas veces llevan escrito el destino en el canto de una moneda, a cara o cruz, y se decide en la propia urgencia de su éxito. Actores, escritores, futbolistas…, que despuntaron como rayos y se comieron el mundo, espoleados por una incitación que les hizo precoces y extraordinarios. Son los Marilyn, Rimbaud, Basquiat… Rommel no era hombre de letras, ni de lienzos, pero vivió bajo el foco desde que pisó Tenerife y paseó su estrella por toda España y se hizo un ariete carismático, que tenía impregnada en el rostro la humildad de los niños de El Chorrillo, el barrio pobre de Panamá donde había nacido, y desprendía el brillo de los astros. En cierta forma, era un artista, pues el fútbol se hizo siempre de estrellas y peones, de musas y huestes. Sobre el campo, cuando militaba en el Tenerife y se convirtió en una máquina goleadora, Rommel tenía una proyección social que era algo nuevo por aquí. La isla estaba llamada a hacer ciertas cosas sonadas, como la UEFA o las dos finales de liga frente al Madrid, estaba predestinada a tutear a las dos monarquías futbolísticas españolas -cuando esto último no se cuestionaba en Cataluña- y era, por tanto, un territorio que esperaba su oportunidad para darse a conocer y respetar. De alguna manera, Rommel inauguró esa era -la gloria chiquita de un club que se pensaba modesto- y no tardó en asociarse a él la otra figura que iba a pilotar el cambio de rumbo al que me refiero: Javier Pérez.

¿Por qué lo vendes al Valencia?, le pregunté a Pérez una noche en la puerta del Tasca Tosca. Y me dio la primera lección de un dirigente ambicioso: las figuras se ponen en el mercado cuando están en lo más alto, antes no, y después, tampoco. Rommel encontró la muerte a los 27 años en ese éxodo de su islita, cedido al Albacete, a primera hora de la tarde (eran las 15.30), el jueves 6 de mayo de 1993, en un accidente de tráfico, cuando circulaba con el Toyota Celica con el que había ganado un Mundial Carlos Sáinz; iba escuchando salsa con su primo Rolando Rojo en una larga recta de una carretera estrecha, tras una paellada con miembros de la plantilla de su equipo, y se salió de la calzada. Autor de innumerables goles de cabeza, chocó mortalmente contra un árbol, y todos los años, los aficionados, que le quisieron como se le quería aquí, le rinden homenaje ante ese árbol de Tinajeros, de la localidad manchega. Como las flores que lo acompañan en la cerámica en su honor del estadio Rodríguez López. Y como ahora lo harán varias peñas este sábado en Santa Cruz. Se puede ser afortunado en amores, pero Rommel lo era de un modo masivo allá por donde iba y se dejaba ver con su metro ochenta y seis centímetros de estatura. El estadio Revolución de Panamá fue rebautizado con su nombre, dejó el legado de su juego aéreo y un recuerdo afectuoso de su personalidad entrañable. Resulta inevitable frotarse los ojos leyendo la transcripción de su dúplex en Radio Club con su madre doña Mélida en la otra orilla la tarde que ascendió con el Tenerife a Primera en el Villamarín, tras marcar una veintena de goles de los pies a la cabeza en la temporada 1988-1989: “Mamá, ya subimos. ¿Cómo estás? ¿Cómo están mis hermanos? Mamá, te quiero”.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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