Cincuenta años de la agitación

Con la masa del tiempo se pueden hacer toda suerte de cábalas y figuraciones sobre cómo nos habría ido, cómo nos fue y nos está yendo aún hoy, en que las cenizas de muchos fenómenos históricos que marcaron nuestra juventud siguen removiendo los pilares del pequeño mundo insular en que nos movemos y de nuestros continentes circundantes -valga la inmodestia-. Tres o cuatro grandes acontecimientos que cumplen estos días medio siglo nos ponen contra el espejo. Se trata del meollo de nuestras vidas, para quienes venimos de tan lejos. Era un mundo tan joven y este, que envejece, necesita rejuvenecerse. Entre las muchas lecciones definitivas de la historia de este entretiempo, descuellan unas cuantas verdades, pero me temo que hoy ya no provocan siquiera estupor. Como el final de ETA, que empezó a matar hace 50 años. Asombra la indiferencia informativa y social sobre la causa de más de 800 muertos -nueve de ellos canarios-. Hay escenas estremecedoras como la del policía con la niña en brazos, ambos bañados en sangre, tras el atentado de Hipercor. Aquel infierno fue el nuestro. Como había infiernos de los otros: las Brigadas Rojas en Italia, los ataúdes del Vietnam… En las fotos están los gritos congelados de los múltiples horrores del medio siglo. La historia se repite si no se atiende lo suficiente a lo que nos dicen esas imágenes. Yo tengo la frase grabada que me dijo uno de los fundadores de ETA, Julen Madariaga: “Ese era nuestro lenguaje, nuestra manera de hablar”. Me quedé mudo; lo decía alguien que se había doctorado en Derecho en Cambridge. No un bruto asesino, en apariencia. Se teorizaba mucho en los 60 sobre la cultura del terror.

El simpático mayo francés de hace también medio siglo no era lo mismo, aun siendo coetáneos. Depositas la mirada sobre aquellos hechos subversivos -revoluciones, revueltas, una incontinente agitación social dispersa por distantes ciudades de numerosos países- y confirmas tus sospechas: estos dos últimos siglos se parecen como un huevo y una castaña. ¿Y por qué fluye en esa rememoración cincuentenaria una misma corriente de desencanto, de castración de la historia y de inconformismo? El recuerdo no nos deja en paz.

Los años 60 en que todo discurría como una insurreción natural de jóvenes airados es ahora la cara opuesta del mundo que está delante de nuestros ojos, desapacible y nada pacífico, pero sin nervio, sin utopía, hosco sin duda, desganado para cambios. En este momento, con estos mimbres no habríamos hecho la Transición, que no fue mayo, pero sí era primavera.

La sociedad europea avanza hacia modelos de gobiernos conservadores, disfrazados de centro o, incluso, de izquierda, porque la edad media del continente es mayor que la de entonces, y esta es una era de ideas que vienen de vuelta, no son de ida, pues las apariencias engañan. Hace 50 años, la calle era el escenario de los debates; de ahí las manifestaciones, los mayos y las huelgas, que eran tan comunes como ahora exóticas. Recuerdo qué clase de alboroto era, más aldeano si se quiere, sin los tentáculos de nuestras redes digitales, pero sensible a los fenómenos foráneos que difundía la televisión en blanco y negro. Mayo del 68 fue un estallido, que ni Dani el rojo -apostó varias cajas de champán a favor de Macron- sabría descifrar ideológicamente. La algarada constituía la expresión proteica de orgullo de una izquierda inclasificable -comunista, maoísta, trotskista…, todo lo que luego se llamó socialdemocracia y en parte hoy es neoliberal- que tenía en común que despreciaba el poder. No querían mandar, sino mandarlo todo a hacer puñetas. Cierto que bullía en el coraje de los niños de París el no a la guerra de Vietnam de los yanquis callejeros que admiraban, de reojo, a los barbudos de Fidel.

La exhibición de fuerza de Martin Luther King, alentando a los negros y los blancos afines a tomar la calle contra la segregación racial, la pobreza y los derechos civiles (su famosa Marcha sobre Washington por el Tratado y la Libertad que coronara con el célebre “I have a dream”, “Yo tengo un sueño”) concluyó, como un jarro de agua fría sobre cada ciudadano alzado, con su asesinato el mismo año mántrico de1968, el 4 de abril. Una de las ignominias es la amnesia colectiva. Nos olvidamos selectivamente de todo aquello que no conviene recordar por si se despiertan los fantasmas de ayer y se reabren viejas heridas. Pero yo no podría ignorar que hace cincuenta años fue acribillado en Memphis el Nobel de la Paz más justo de la historia por un lunático segregacionista blanco en el balcón de un motel, después de su discurso profético en una iglesia, la víspera, en que desafió a la bala que ya estaba en la recámara de un rifle esperándole a la vuelta de unas pocas horas de vida que le restaban para clavarse en su garganta: “Estoy muy feliz esta noche. No tengo ningún temor. No tengo miedo de ningún hombre”. La imagen de esa escena es escalofriante. El carismático orador -acaso el mejor de todos los tiempos- improvisó sus palabras como si le salieran del alma, sudaba mientras hablaba al auditorio del templo, era un hombre sufriendo el fatal presentimientos con 39 años que deseaba subir la montaña -decía- y mirar la tierra prometida. Pero esa noche tuvo la corazonada certera de que no iba a subir la cima (“puede que yo no vaya allí con vosotros”), confesó que lo querían matar y que él ya no era una persona, sino un pueblo. Al día siguiente, a las seis de la tarde, una mano apretó el gatillo (quizá el chivo expiatorio de una conjura) y acabó con Luther King en una terraza interior del Lorraine Motel antes de ir a cenar con unos amigos.

Al mes siguiente, estalló el Mayo francés hasta los recientes epígonos del 15M español en mitad del desastre de la Gran Recesión. Mayo fue largo y frustrante, como la Primavera de Praga (también hace 50 años) que abortaron los tanques soviéticos. Porque todo lo que fue medio siglo atrás hoy tiene una misma contraseña. Nos miramos los de entonces a la cara y nos reconocemos bajo la alopecia o las canas, en ese cierto silencio que no es tristeza, sino nostalgia. Cincuenta años no se han ido a la basura, pese al desmoronamiento y la desmovilización. Sorprende la vitalidad de Noam Chomsky, superviviente, a punto de cumplir 90 años, lector deudor de los anarquistas españoles, que escribió un primer ensayo infantil de la caída de Barcelona y los fascismos de Europa. Esta gente se nos va a apagando con las últimas bocanadas de la historia que nos ha tocado vivir y nos dejan huérfanos, sin sustitutos a la vista, pues el desierto es tal que los pensadores se jubilan sin herederos solventes.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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