La unicidad del nacionalismo

Si hay un año políticamente estresante -en que el estrés, siendo consustancial a la política, se recrudece- ese es, sin duda, este, el año de las vísperas tectónicas de unas elecciones lo más parecido a una erupción precedida de un enjambre de seísmos, en que todos se aprestan al gran aquelarre y dirigen las mismas preguntas al gran oráculo demoscópico, cuya verdad, si es amarga, permanece embargada bajo llave, pues las encuestas no se hacen públicas salvo que sonrían al que las encarga, so pena de desmovilizar a la tropa y provocar una gran frustración. En esta cuenta atrás de los comicios de junio de 2019 (municipales, insulares, autonómicos y europeos), 2018 es un año pericial, de pesquisas y cacheos que crispan los nervios de la clase política. Con esta lógica, desde el poder, en Madrid y en Canarias, ha comenzado el fuego a discreción contra Ciudadanos (Cs), favorito en los sondeos, a la par que se hacen planes de estrategia militar para escarnecer al enemigo común: Rivera. Este apellido me suena. Pero no tengo nada que ver. El fenómeno Macron sobrevuela la política española, que coge recortes de la metamorfosis del descalabro galo de los partidos tradicionales e, incluso, ficha al exprimer ministro francés, Manuel Valls, de contendiente a la alcaldía de Barcelona en las filas de Cs. Este paso puede llevarnos lejos en el mercado de las estrellas políticas. Escasa España de líderes, los partidos, si se animan, tienen dónde elegir: Obama, Sarkozy, José Mújica el uruguayo… están en paro. Alguno nos vendría bien, incluso en las islas, para combatir la sequía de dirigentes.

En la campaña frenética de nueve meses (lo que le queda de intensidad a la legislatura) asoman ya todas las migrañas del poder. Son dolores de cabeza que no lo son, pues duelen en realidad los bolsillos, las arcas y los cargos. En Canarias comienza a hablarse de unidad nacionalista a partir no de la fuerza de las ideas, sino de la debilidad de las cuentas. El partido revelación, Cs, obliga a hacer cábalas sobre escrutinios tras la reforma electoral y a prepararse para el diluvio. Pero nada es tan genuino en política como las endogamias y los personalismos. Y Fernando Clavijo no se apartará para que retorne Román Rodríguez, pues sentaría un precedente en la política española, y a quienes están tardando en proponerlo, les acaba de requerir la aclamación como a José Alberto Díaz, Bermúdez y Carlos Alonso: “Si me lo piden, diré que sí”. O sea, que nadie se llame a engaños. En política no se inmola nadie por el bien del partido. De tal manera que las invocaciones de Alonso para reclutar a Nueva Canarias (NC), incluyendo en la cazuela a Bravo de Laguna (reputado nacionalista) y a Casimiro Curbelo (gomeronacional), conduce a la melancolía. La única certidumbre es que, con la reforma electoral que aprobará el Congreso, CC iniciará en solitario una travesía del desierto que no se remedia con una leva apresurada de partidos no estatales. En todo caso, no sería un concilio nacionalista, sino un rebaño descarriado.

La alerta naranja impone estas urgencias, porque el tiempo corre y a los votos pareciera que los atrae un imán. El temor a que ese imán pueda ser Cs inquieta a CC y al PP, y no deja indiferente al PSOE. Porque el partido se juega en el centro del campo, en el justo medio aristotélico, que en ciencia política está representado por el número 5 en una escala de 0 a 10. Una vez desatadas este miércoles en el Congreso las iras entre Rajoy y Rivera -del “aprovechategui” al “hasta aquí hemos llegado”-, los actores se han quitado la careta y ha comenzado la campaña electoral. Rajoy y Rivera han dado el pistoletazo de salida, y ya se nos mira como el siguiente laboratorio en Europa de los experimentos políticos con gaseosa, como diría don Eugenio D’Ors. Están cambiando las tramoyas del continente y España (y Canarias) no iba a ser menos. Francia, la sólida trinchera de la política tradicional -la de De Gaulle y Miterrand- cedió, como una barricada de cartón piedra, al oleaje de Macron el 7 de mayo de 2017, como Italia, ya sin referencias convencionales, se debate en un abrazo de populistas euroescépticos que escenifica la política bufonesca como un remedo del Teatro Farnese en la patria de los grandes cómicos.

Asistimos a los nuevos fenómenos que regresan al centro, al consenso de la buena fe kantiana, tras la diáspora de las ideologías. El centro fue el escenario de grandes transformaciones a finales del siglo pasado, entre ellas la Transición española, y ahora, de nuevo, es la madre de todas las batallas. El centro en las islas lo han ocupado Coalición Canaria y el PP, cada vez menos diáfanas las diferencias, como en España lo disputaron en otro tiempo la UCD de Suárez y el PSOE de González. A Rajoy lo ha secundado Clavijo en la diatriba contra Ciudadanos, al calor de las encuestas y la hoguera de Cataluña. De ahí la fiebre.

Las islas, el vergel de Coalición, están que arden. De los viejos rescoldos del pleito tenemos por ahora anecdóticos rebrotes como el de Alonso-Morales, que suelen tirarse los trastos a la cabeza y refutarse las consignas, como la de la unidad o unicidad nacionalista. El boom de Ciudadanos amenaza los equilibrios imposibles tejidos en Tenerife y en Canarias durante décadas por Coalición, campeona de la minoría, cuyo centrismo de origen posfranquista migró a un nacionalismo de centro hasta deformarse en centro-derecha a secas, que es lo que le pone en un brete en el cuerpo a cuerpo con Ciudadanos y le excita las prisas por sumar los versos sueltos aunque dé más grima que rima. Cuando los cargos y prebendados de un partido claman unidad de efectivos para hacer frente al tsunami de las urnas, mala cosa. Al Parlamento canario en 2019 no lo va a conocer ni la madre que lo parió, que diría Alfonso Guerra, cuando entre la turbamulta en ese falansterio y CC vea peligrar la mayoría. No son elecciones, son oposiciones. En Fuerteventura, La Palma, y extramuros en El Hierro y Tenerife se habla de esto. De qué hacer. Algunas voces (no se oculta el PNC) promueven la reunificación nacionalista con sincera convicción, pero los que abogan por ella como una huida hacia delante para sustanciar una veintena -y pico- de escaños que autoricen a soñar con no caer del caballo, no están dispuestos a apearse por su propia voluntad. Y por eso no reciben de buen grado los consejos en este periódico de Manuel Hermoso, de Tomás Padrón y, hoy, de Mario Cabrera.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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