El país de la encuesta

Si la encuesta de Metroscopia para el diario El País, que equivale a darle la vuelta al calcetín de los comicios en España en vigor desde 1982, va a misa, estamos ante un tsunami electoral. Un terremoto por encima de 8 grados en la escala de Richter. La historia reciente de la política española conoció un antes y un después en las elecciones catalanas del pasado 21 de diciembre. En menos de cinco meses se ha borrado el reparto de escaños de las últimas elecciones generales (en junio hará dos años) y los dos partidos llamados emergentes (Ciudadanos y Podemos) ya se sitúan por delante del PP y el PSOE, que son la quintaesencia del régimen democrático fundado tras la Transición, hace cuarenta años. A Rivera se le pone cara de Macron y la política española adquiere un aire afrancesado, por la influencia directa del exprimer ministro galo Manuel Valls, transmutado a la arena de las justas medievales en Catalonha, como estrella invitada por ahora y próximamente -si el idilio se consolida- como candidato de Cs en carne y hueso a la silla de Colau.

Esa dichosa encuesta de El País trae a mal vivir a los cerebritos de Génova y Ferraz. El vuelco que anuncia el sondeo de Metroscopia levanta los pies del piso. Ciudadanos le saca al segundo más de nueve puntos y hay un triple empate de Podemos, PP y PSOE por este orden, con dígitos de en torno al 19%. El segundo partido más votado sería el de Pablo Iglesias, a distancia de Cs, y populares y socialistas estarían disputándose la tercera y cuarta plaza, como dos partidos recién creados que irrumpieran gozosos en escena y no de capa caída con los trienios y las canas por los suelos.

Cuentan los expertos que una cosa son las encuestas y otra la encuesta -el día que se vota-, y no es una argucia para escurrir el bulto. Cs tiene fama de dar bien en las encuestas y perder fuelle en las urnas. Pero esta vez ha cogido tal impulso que los analistas auguran todo lo contrario, un despegue continuo que humillaría a los partidos tradicionales en caída libre.

Quizá el error histórico de Rajoy fue no convocar -como aquí sugerimos en un editorial en su debido momento- elecciones catalanas y generales aquel mes de diciembre en que Ciudadanos venció a los soberanistas y deslumbró en el resto de España como la alternativa más clara al PP. Desde entonces, la bonanza catalana de Arrimadas ha sido como una espoleta imparable que propulsa al joven líder centrista como un cohete. Rajoy lo llamó “aprovechategui”, el miércoles, en el Congreso, y Rivera le dijo, “hasta aquí hemos llegado”. La campaña electoral se inició ya sin marcha atrás, y a Rajoy no le queda otra que gobernar con la mosca de Rivera tras la oreja. Ciudadanos tiene el viento y la ola a favor. Las encuestas marcan la tendencia, que le lleva en volandas sin gastar un gramo de energías soportando el peso del poder, pues el éxito de Rivera es crecer sin gobernar. Un privilegio que tiene los días contados. Si en junio no confirma su buena estrella en las locales y europeas, es posible que las encuestas lo acusen y el último año antes de las elecciones generales los pronósticos sean otros. Tanto populares como socialistas son elefantes dormidos.

Pero los hechos son como son. En las encuestas, hoy por hoy, arrasa Cs, y Podemos consuma su famoso sorpasso al PSOE e, incluso, al PP. Si Rajoy hubiera hecho la doble convocatoria en diciembre, quién sabe de qué estaríamos hablando, con más de tres años aún de mandato por delante. Pero esas encuestas -y esta de El País, en particular- no solo hacen trastabillar a los partidos tradicionales de ámbito estatal. Las primeras extrapolaciones descartan diputados nacionalistas de Canarias en el Congreso. Viene un huracán, y ventanas y puertas no están aseguradas.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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