La condición política de canario

Si Cortázar levantara la cabeza, vería con sorna que en Tenerife representamos a diario, en las autopistas del norte y del sur, su famoso cuento sobre un atasco en París. “Al principio la muchacha del Dauphine había insistido en llevar la cuenta del tiempo, aunque al ingeniero del Peugeot 404 le daba ya lo mismo…” Así comienza el argentino el relato de un embotellamiento monumental que se eterniza noche y día, en cuyo transcurso angustioso hay víctimas mortales, miradas libidinosas de un volante a otro en la cola pasiva que se mueve a ritmo de tortuga, y hay clanes e incursiones por los poblados cercanos en busca infructuosa de alimentos para sobrevivir… En fin, un automovilista deserta abandonando su coche al límite de la desesperación, y unas monjas rezan y unos campesinos resisten con viandas providenciales. Es toda una alegoría del caos circulatorio de las grandes urbes, en la que, si releemos a Cortázar, no cuesta nada incorporar en la trama a nuestros próceres locales en plena embestida por el siroco de las carreteras, Domínguez, Alonso, personajes para un cuento de Melini, salvo que cualquier cortaziano desempolve La autopista del sur -título del texto parisino- y lo extrapole a la isla, gran amante del caos.

El caos se nos ha vuelto consustancial por donde quiera que se mire en nuestro entorno. Lo caótico se suple con lo inimaginable y diríase que, a golpe de caos, llevamos en la sangre la condición humana del insular. Un ciudadano peninsular y europeo se cortaría las venas si no pasa por un período de adaptación antes de habituarse a los atascos circulatorios de nuestras principales autovías o a la claustrofobia por la carestía del avión, que desencadena en gente de continente un caos existencial dentro de una isla. Ese es el leitmotiv de una cruzada en Change.org del paisano Fernando Cabrera, el actor que dobla a Sheldon Cooper (The Big Bang Theory), para que canarios, baleares, ceutíes y melillenses con domicilio en la Península merecieran el descuento de residentes, pues al empadronarse donde viven pierden un derecho inextinguible, el de ser hijos de su tierra, a la que poder volver, cuando menos, por Navidad, sorteando el atraco de Iberia o Air Europa. Una vez dijo la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría, tras ser víctima de un caos aeroportuario en Canarias, que había entendido el significado de la insularidad. Ahora, que Román Rodríguez y Pedro Quevedo, han rematado la faena de los descuentos, ya no solo entre islas sino con el continente, la demanda del Sheldon canario se multiplica por dos, pues el billete costará la mitad a los residentes, lo que para él pasará a significar el doble por culpa de esa disidencia que arrastra el canario trasterrado en Madrid. ¿Cuál es la condición política de canario? He aquí un buen ejemplo. El peaje de la distancia. La ecotasa de la gaviota en Madrid. Rajoy se trasladó el viernes a Canarias para firmar ayer en Las Palmas el pacto de los presupuestos con Román, un acuerdo que traerá una dosis de caos positivo a los aeropuertos, pues -como ya auguró el director de AENA en sede parlamentaria-, es de prever un repunte considerable en el tráfico aéreo entre las islas y la Península y viceversa, tal como ya se produjo desde el año pasado, al calor de la bonificación interinsular. Desde que Rajoy y Román estamparon su firmas, hace 24 horas, en la Delegación del Gobierno en Las Palmas, somos un 25% menos ultraperiféricos, toda vez que el descuento pasa del 50% al 75%. Un cuarto de lejanía, que es como un cuarto de hora menos en la hora menos ya de por sí en Canarias.

Y si vamos a negro el 1 de julio, el caos genuino del comportamiento local cobrará su máxima expresión. El caos de la Televisión Canaria -aquí es inevitable un trasvase de Cortázar a García Márquez, pues se trata de la crónica de una muerte anunciada- es literariamente una tentación para Alexis Ravelo, o para Bryce Echenique -que vivió una temporada en Las Palmas- o para Luis Alemany, o para Víctor Ramírez, autor de Nos dejaron el muerto. Eso. El Gobierno canario ha movido en la sombra los hilos del ente. Ha puesto a sus comisarios políticos a tejer y destejer el caos, como Penélope, día y noche, en tres años que se han cargado casi veinte de tele autonómica, tantos como esperó la fiel esposa a que volviera de la Guerra de Troya Ulises, un rey, por cierto, insular. Si la tele canaria, que dirigiera Negrín, se va a negro -deja de emitir- el 1 de julio, el desenlace adquiere una lógica onomástica aplastante.

Pero la teoría del caos -padre de los odios africanos que nos rivalizan en el pleito y demás endriagos de pueblo chico en el culo del mundo- en Canarias no es nueva, ni se agota en los episodios de las autopistas y la tele, que tienen en común casualmente que son dos medios de comunicación. El caos proviene del origen volcánico, es obvio, y nos preside y desmiente la soñarrera presumible del canario. Aplatanados, acaso por fuera, porque, en el fondo, nos va la marcha. Canarias es casus belli. Bien mirada, somos una región desbaratada, donde el desorden permanente pondría de los nervios a un gobernante perfeccionista marcado por el rigor. De ahí, Clavijo, cuyo mérito es moverse como pez en el agua en un caos sobre el alambre que amenaza con que todo se vaya al traste, como los gobiernos italianos inestables que encadenaban años de provisionalidad. Clavijo no es la inmensa minoría juanramoniana, sino la caótica minoría superviviente. Claro que, de vivir en el caos, se acaba gobernando caóticamente, y eso, tarde o temprano, pasa factura. Las encuestas son el termómetro del caos. El caos nunca sale rentable. Alguien sale retratado al final cuando se ha malgastado hasta la suerte. Y eso es lo que tenemos, más de lo mismo. Caos, caos y caos. No es la tele, es Canarias la que se va a negro. Cuando venga un remanso de orden, que vendrá (tras la tempestad, la calma), ya sabemos que será pasajero, pues ha habido períodos de cierta racionalidad en la política, la sociedad y la economía de Canarias. Engañosos períodos de sensatez, que, de pronto, saltaban por los aires, hechos añicos. Ahora mismo, se está cociendo un caos de los nuestros a bordo de algunos partidos. Nada que no conozcamos. Tribus contra tribus. Cizaña endógena. Caotización sistémica. Clínicamente, caos. Nuestro caldo de cultivo natural. Caos del bueno, donde a río revuelto, ganancia de pescadores. Y se está fraguando casi sin sigilo, caos pópuli. El de la tele, la TF-1 y la TF-5 están a la vista, son caos manifiestos. Este se ve venir. Es el caos político, que es más zorruno y conviene con aquel otro rasgo esencial de la condición de canario, el de carácter volcánico, de efectos explosivos, como nuestro primo hermano el Kilauea. Y tiene para rato. Pero se dejará sentir con toda su virulencia allá por junio de 2019. Los sondeos son de pronóstico reservado. Estos caos traerán esos lodos.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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