La censura y el puchero de Adrià

Todas las miradas están depositadas ahora en Pedro Sánchez, de nuevo bajo el foco, como hace dos años, como en un déjà vu que nos remite al bucle retrospectivo que más se repite en las etapas recientes de Rajoy contra los molinos: “Non fuyades, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que os acomete.” Rajoy, más solo que la una, esta vez combate los fantasmas propios y ajenos, la corrupción y Sánchez, pues Rivera -que es el enemigo común de ambos y la causa real de esta censura táctica-, ocupa un papel de espectador confiado en ganar la batalla final, que aguarda a todos en las urnas.

A este ingenioso hidalgo gallego barbado y pacientísimo se le han aparecido todos los demonios imaginables en un concierto de desgracias que habría dejado KO a cualquier otro presidente menos inasequible al desaliento. Hablo del calvario de la crisis que heredó de Zapatero y de los escándalos de corrupción que, en parte, heredó de Aznar. Es infinita no solo la paciencia, sino también la resistencia camilojoseceliana del presidente del Gobierno y del PP de la Gürtel, que es como la maldición de González, lastrado hace 30 años por la financiación irregular del PSOE en el famoso caso que recitábamos de memoria: Filesa, Malesa y Time-Export. Rajoy, Felipe y Kohl comparten la proeza de carreras largas de obstáculos y el mismo lodo en la meta, dado que al poder se llega por la puerta grande y se sale a menudo por la puerta de atrás de un juzgado.

Sánchez es ahora el aspirante y el mejor sparring que ha tenido Rajoy en la defensa del título. El socialista hizo ya su particular travesía del desierto, perdió la investidura y se quemó en la fragua de Ferraz en aquel comité del partido al rojo vivo, entre jayanes fieles y el adulterio andaluz, cuando en la calle lo vitoreaba, al parecer con mofa, un desconocido Quim Torra, hoy presidente de la Generalitat. La sentencia de la Gürtel ha dado un vuelco a todo y hoy Sánchez debería hablar con Torra y desdecirse del 155 si no reconduce el órdago y lo consensúa con Ciudadanos.
Sánchez es un candidato que replica su destino y regresa de los infiernos para ser presidente como sea y con quien sea. No va a tener muchas más oportunidades. Estos días se va a saber quién lee mejor el partido, quién es el líder para esta ocasión. De eso se trata y no es fácil. Rajoy no es un árbol caído. Aquí tenemos dragos huecos, taladrados por los peores insectos, que resisten en pie. Es lícito querer asaltar los cielos, como se autoexigía Pablo Iglesias con reminiscencias revolucionarias francesas. Lo que pasa es que, ante la decadencia de liderazgos, esa ambición legítima se ha convertido en España en una odisea sin homeros, en una épica menor de tahúres que no le llegan a la suela de los zapatos al tahúr del Mississippi, que era Suárez con su chaleco y su reloj, como decía Alfonso Guerra. De cuando los dirigentes se ganaban una dosis de gloria, y de cuando esta aridez de cabecillas lleva a conseguir no una plaza en la historia sino entre sus erratas. Negociar la censura que entró por el registro del Congreso es hacerlo con armas de doble filo. O Sánchez y Rivera acuerdan elecciones anticipadas una vez se vote y prospere, o el candidato socialista -carecer de escaño no le impide serlo, como Hernández Mancha por AP en el 87, de triste recuerdo, frente a González- se las tendrá que ver con gente con las manos manchadas por el 3% catalán. Y no parecería ni ético ni estético censurar a Rajoy por la corrupción con ayuda de Puigdemont y la losa del Odebrecht catalán que destapara en su día Maragall antes de caer en el olvido.

Todo lo que está pasando acontece. Zaplana entró en la cárcel. Cifuentes fue expulsada del cielo de Madrid. Cataluña se descarriló y España son los vagones siguientes. No esperemos milagros, la razón también se exilió del país y permanecen los cómicos, incluido el tabarnés Boadella, lo que dure la representación. Ahora mismo, el caso, el caos español comienza a parecerse a la anormalidad esquizoide europea. Lo que resultaba inaudito era tanta racionalidad en España mientras los populismos hacían su agosto en el resto del continente. España acaba de entrar por segunda vez en Europa, en la turbia Europa inestable y se parece más a Italia y copia la debacle de los partidos franceses que acabó desembocando en Macron. Los hechos cobran, por tanto, una lógica sociopolítica demencial, algo más coherente.

Todo el mundo sabe que Sánchez censura en Rajoy, en realidad, a Rivera. Teme tanto un adelanto electoral como temía en tiempos el sorpasso de Pablo Iglesias, pero esta vez al que teme es a Ciudadanos, que se ha disparado en las encuestas. Por eso registró la moción a primera hora del viernes, antes siquiera de reunir a su ejecutiva la misma mañana. Para no dar tiempo a Rivera a pedir -y forzar- elecciones anticipadas. Si de nuevo el partido se susaniza y sanchiza, esta película ya la hemos visto. Pronto vienen elecciones andaluzas, y en junio, la tromba de autonómicas, locales y europeas. Por un rato de legislatura Sánchez presidente puede hacerse un hombre o hacer de Rivera el hombre que salve a España. Ha dado el paso y ahora cabe hacer apuestas, con permiso de los vascos, que tienen una de las llaves. Recuerda a Montilla, que cruzó la raya y gobernó con ERC cuando todavía no era como morder la manzana. La tragedia de la izquierda española es que necesite del separatismo catalán para alcanzar el poder. No es el abrazo del oso, como en Alemania, sino la poción de cicuta que acabó con Sócrates. El brindis envenenado de la Moncloa, el Fedón de la democracia que parieron los dioses de la Transición, cuyos nietos son los padres de esta censura. Rajoy es el que siempre espera, y tira de manual. El tiempo dirá. El jeroglífico político español es ahora como una de esas conjeturas matemáticas no resueltas. Las urnas son inminentes y de ahí todo este aquelarre y contorsionismo. La sentencia del caso Gürtel condena al PP a la hoguera por el pecado de la corrupción, que es el mismo que asola al PSOE en Andalucía y Valencia. Sánchez salta sobre las sombras de su partido. Si le sale el órdago y reina unos días, que le quiten lo bailado. Pablo Iglesias ya probó la censura en vano el año pasado y regresó a sus chalés de invierno. Y Pedro no ha hecho sino lo propio, negar, como el apóstol tocayo, a Rajoy, presidente gracias a la abstención del PSOE entre la muerte y la resurrección de Sánchez.

Es el puchero de Ferran Adrià. El de los presupuestos, está en peligro la agenda canaria. La censura es la papa caliente de una democracia que se finge digna, pero está hecha unos zorros por la corrupción.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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