“¡Qué alguien pare, coño!”

Las lágrimas de Rajoy, al emocionarse hablando de sí mismo y de su casa, el PP, tras 40 años, el día de la despedida, en que anunció un congreso extraordinario para buscar sustituto, es la escena que mejor retrata el momento que vive España. La mudanza. Uno llora cuando se va. Y Rajoy se marcha dejando atrás los hogares del poder y del partido, la Moncloa y Génova; se va con los enseres a otra parte, a la vida normal que está a años luz de la política, ese planeta de paso que a veces se habita demasiado tiempo, como en su caso. Ayer se recordó a sí mismo a las diez de la noche pegando carteles del partido en Sangenjo (Pontevedra), cuando hacía oposiciones. Ahora hace oposiciones a Sánchez, que es el recién llegado a la Moncloa. La mudanza de uno y otro describe un país que se cruza en el camino. Un cruce de ideologías y generaciones.

El adiós de Rajoy está precedido de la controversia por su negativa a dimitir el viernes en el debate de la censura, porque a ojos de un segmento de la sociedad era el mejor antídoto contra el llamado despectivamente Gobierno Frankenstein. Y como no se produjo, se le censuró doblemente: por la moción de Sánchez y por no irse.

No era para quedarse. El misterio del marianismo, la tendencia a no hacer nada como un estafermo, en el argot favorito de Pedro J. Ramírez, era moverse, al fin, el último día, por toda acción, y que el telón cayera definitivamente. De resto, es cierto que Rajoy ha tenido una querencia manifiesta por el inmovilismo más contumaz y desesperante. Quieto parado sorteó el rescate durante la crisis porque se le apareció Draghi (o Dios). Pero, tan inmutable como previsible, le cogió el toro de la corrupción, que le ha costado la carrera política, pecando de don Tancredo en el lance taurino: el astado -la sentencia del caso Gürtel- no pasó de largo, descreyendo de que la figura inmóvil fuera esta vez de mármol. Deja al país con los parados de 2008 y el testamento de los Presupuestos aprobados en el Congreso. Ahora su partido puede aceptar o devolver la herencia en el Senado. Canarias le agradecerá siempre las dos últimas cuentas estatales, sin olvidar los recortes de la crisis. Puede venir cuando quiera, que será bien recibido.

Para la posteridad, pesará en su debe la huella de Gürtel, lo que en González fue Filesa y el Gal, y en Aznar, la guerra de Irak. En el haber, la recuperación económica tras la peor crisis. La jubilación de Rajoy no dista mucho de la de otros dirigentes europeos. Chirac y Kohl se marcharon con las luces y las sombras de vidas políticamente dilatadas, con evidentes signos de desgaste por el lastre de una corrupción latente. La alemana Merkel, que sucedió al patriarca que reunificó el país, regaló a Rajoy, tras la crisis económica, el mejor piropo que aprecia un político: lo premió por su capacidad de resistencia diciéndole que tenía “la piel de elefante”.

Ayer, en la recta final del discurso a los incondicionales de su comité ejecutivo nacional, le traicionó la emoción y los acólitos acudieron con aplausos en su rescate. Rajoy trató de aplacar a la claque y, como no le hacían caso, se le escapó un “¡que alguien pare, coño!”, ya sin la piel de elefante, tras haber tirado la toalla.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión 1 comentario

Respuesta a “¡Qué alguien pare, coño!”

  1. Celestino Darías

    Hola, SEÑORA DARÍAS,Madres Coraje, Yo soy un Diabeto
    llevo mas 40 años que me pincho todos los días los
    dedos de las Mano Tres veces al día y otras tres veces la Insulina tengo 81 años pero cuando me quejo
    a mis Políticos es para todos los que tenemos por desgracia esta Terrible Enfermeda, que para mi es la Peor que le puede Pasar al ser humanolo que estoy seguro que yo no gustari estal en la piel del Señor
    Consejero de Sanidad si hay algo bueno en Espña es el personal Sanitario y la Sanidad Española, y que su Niño cada día sea mas Feliz Un Saludo Celes

     

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