Sánchez luce maneras de Kennedy

Sánchez es el Kennedy español en la hora crucial de España, con Cataluña alzada como una Cuba mambisa y el Partido Socialista con la caña de pescar en los caladeros caudalosos, donde todo el cardumen es de centro, con ayuda de Marlaska y un tono de moderación general. Por eso se marcha Rajoy del todo, porque el gallego sabe que el PSOE de Sánchez es doblemente frankenstein: a babor es obvio el estribillo de proetarras y separatistas con que le afean el parto de los montes de un viernes 1 de junio; pero es que a estribor no le faltan reminiscencias del filón de centro-derecha con los perfiles de algunos ministros que parecieran submarinos de Rivera. Este Kennedy socialdemócrata devenido liberal ha dado la campanada y viene a por todas con sus argonautas y argonautos, a cobrarse toda la zalea del carnero. Rajoy se borra y deja a Rivera en pelota picada, que fue como empezó todo hace doce años para el catalán, con aquel cartel nudista que rompió moldes y hoy sería sexista si lo extrapola Inés Arrimadas. Este Kennedy español tampoco quiere parece católico como el demócrata que llegó a la Casa Blanca en los años 60, y se estrena en el cargo sin biblia ni crucifijo. Y parece atraído como aquel por la erótica de la carrera espacial, que es la erótica del poder del asalto a los cielos, una significativa venganza por el frustrado sorpasso de Podemos, el pariente rebelde de la izquierda común. Al astronauta argonauta Pedro Duque le corresponde, por tanto, ayudar a que este Gobierno parezca una nave espacial en órbita y venza la gravedad y las encuestas.

Hay una ucronía por hacer que convierte a Sánchez en un presidente transformista, con retazos de Suárez, de González, de Zapatero y hasta, llegado el caso, de Aznar, para ganar todas las elecciones en una el 26 de mayo de 2019, como en esos sorteos monumentales donde un único acertante se lleva todos los premios, el coche, el piso, el ajuar y las vacaciones pagadas. Los sanchólogos barajan la hipótesis de que convoque un popurrí de elecciones (generales, europeas, autonómicas y locales y aquí también insulares) dentro de once meses. Lo que tarde en vaciar el tanque; tirará con estos presupuestos y su prórroga hasta la traca electoral, que no es lo mismo tirarse a la piscina desde Ferraz que desde la Moncloa, oiga.

Sánchez tiene aquello de los Kennedy, el determinismo, y cuenta con la épica de su propia muerte y resurrección. Tiene batallas ganadas, siempre contra los suyos, en la bien entendida enseñanza de Churchill. El Kennedy original destacó en la Segunda Guerra Mundial como comandante de una lancha torpedera en el Pacífico Sur, cuando fue alcanzado de lleno por un destructor japonés y logró salvarse con su tripulación nadando hasta una isla providencial. La hazaña lo catapultó y llegó a presidente. Y luego vendrían Bahía de Cochinos y la crisis de los misiles y el atentado y la gloria póstuma de los astros, como Marilyn Monroe. Sánchez tiene lo que dice su jefe de gabinete y gurú, Iván Redondo: una épica. Es Ben-Hur, con su destierro y su retorno de auriga, del galeote a la carrera de cuadrigas, de los infiernos al reino de los cielos tras la censura de un viernes triunfal. Ahora tiene que atarse los machos por debajo de la taleguilla, sin traicionar la querencia femenina de su gabinete. Hacerse un Rajoy sin que se note, en la indolencia de ganar tiempo, y confiar en que la sentencia del caso ERE andaluz no caiga, como se prevé, en marzo próximo, sino después de las elecciones. Esa sería su suerte. Y debe disfrazarse como Enrique V, en Shakespeare, mezclarse de noche en el campamento para saber qué chismorrean los suyos de él, antes de esa batalla, detectar a los traidores y cerrar filas con el discurso del día de san Crispín. No quemarse en las hogueras de San Juan de este ciclo político. El poder como el hábito hace al monje un líder. Sánchez le dio la vuelta a los sondeos y ha hecho presidenciable a Ángel Víctor Torres.

Entre tanto, está Cataluña, que es su Bahía de Cochinos, y, como Kennedy, no la piensa bombardear con otro 155. Clavijo se enfundó la guayabera y se plantó en la perla del Caribe a retomar el hilo de Cuba, que es la isla más canaria de América, pero hacía ocho años que ninguno presidente paisano la iba a ver.

La diacronía de los últimos sucesos en la vida pública española describe una refriega a machetazos que se inició en la Carrera de San Jerónimo. Algunas fotos son reveladoras de esta ráfaga de cabezas cortadas. Vimos la imagen sobre el césped del rey Felipe VI departiendo con un distendido Màxim Huerta, ante la mirada abstraída de Lopetegui, cuando uno era ministro de Cultura y Deporte y el otro aún seleccionador. El rey sigue siendo rey. Es una foto reciente que se quedó vieja en pocas horas. Que el rey se mire el aura y se limpie el karma con ajos para espantar la huella del diablo con ese tufo de gafes de los cesados de una tacada. El ministro que defraudó a Hacienda y a Sánchez pasó a la historia por su brevedad (ya nadie se acuerda de él este domingo en que lo menciono por deferencia). No era lo mejor de la huerta para el cargo, y ya resultaba premonitoria una de sus últimas novelas, La parte escondida del iceberg. Lopetegui, en cambio, pecó de español, con esa picaresca de querer estar en misa y repicando y de asegurarse el jornal por si, como parece, salía mal el Mundial y perdía el tren del Madrid. Lo de pájaro en mano antes que ciento volando. El oxímoron de las cosas incompatibles, del doble juego de todo buen español, que conquistó las Américas con la cruz en una mano y en la otra la espada. Y de ahí que estemos hablando de estas cosas, mientras Clavijo se pasea por las Antillas, por Nueva Orleans y San Antonio de Texas, donde los reyes ponen mar por medio mientras es encarcelado Urdangarin.

Habituados a estar del tingo al tango y a vivir en la continua anomalía de estos días locos, ya no sabríamos vivir de otro modo, y cuando el sobresalto deponga, Sánchez tendrá que inventarse algo, pues su peor enemigo es el tedio de lo previsible, la sombra de Rajoy.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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