El mapa Saavedra

La baja cualificación intelectual de nuestros dirigentes es patológica en un oficio que premia la osadía, incluso la jeta, la piel dura y una naturaleza de piedra para proferir y encajar infamias. Jerónimo Saavedra ha vuelto a la vida normal, al mismo tiempo que Rajoy regresa a Santa Pola, pero se nos hace inconcebible la retirada del melómano con más oído político que ha tenido esta tierra en medio siglo. Como un actor principal, que en la última escena, cuando baja el telón, el teatro permanece a la espera de que reaparezca. Algunas muestras de esa incredulidad no han faltado tras cesar como diputado del común a la misma hora que Sánchez se hacía con el Gobierno en Madrid. ¿Por qué nos cuesta admitir que el soltero socialista que parió la autonomía en los primeros años 80 dice adiós a la edad de 82 y que ha caído el telón y han de apagarse las luces del teatro? Contra toda lógica me dijo el propio Saavedra que seguía haciendo planes de futuro. “Vivimos con ese sentido del humor”, así lo llamó.

Los más saavedristas velan armas, acatan la tregua y confían en que se den las circunstancias para su retorno. ¿Un líder octogenario en la política española? Canarias, como la República Dominicana, gobernada en tiempos por un nonagenario Joaquín Balaguer (que Vargas Llosa, nuestro huésped en La Palma, retrató en La fiesta del chivo), es una sociedad que envejece y que, de natural, se presta a tener gobernantes longevos que nunca tiran la toalla. Como era el caso de Giulio Andreotti en Italia, que “el poder desgasta, sobre todo cuando no se tiene”. Saavedra, octogenario, da dos vueltas y media a cualquier pipiolo de su partido sin ninguna fatuidad por su parte, sin alardear de haber fundado las instituciones actuales o de haber sido presidente y ministro dos veces, y diputado constituyente y de haber negociado con Suárez el Estatuto de los Trabajadores. Todo ese equipaje de la memoria de Suresnes, el congreso del PSOE que eligió secretario general a Felipe González (Isidoro) en el 74 con Franco en las postrimerías y el acicate de la Revolución de los Claveles en Portugal. Saavedra nació con una flor; ese día el abogado tinerfeño José Arocena, del que he hablado otras veces y de su voz portentosa, propuso en alto a Saavedra secretario de la mesa y lo sentó junto a la plana mayor, como le vemos en la foto histórica girando la cabeza para mirar al orador, que es Francois Miterrand. Los tiempos en que el PSOE miraba con recelo al PCE de Carrillo, como ahora al Podemos de Iglesias…, con los postulados que ahora guarda bajo llave: republicano, marxista y partidario del derecho de autodeterminación de las nacionalidades históricas.

Con casi medio siglo de socialismo militante, Saavedra siempre ha estado por encima de la media en las islas. Traía una formación europea, de Colonia, Trieste y Florencia, y una deformación profesional: todo lo miraba bajo la óptica de un político paciente e imperecedero. Si fue encadenando puestos de alta responsabilidad se debió a una lógica tácita de meritocracia que estaba fuera de discusión. En la izquierda, se respetaban los galones de Saavedra, como los de José Carlos Mauricio y otros líderes menos visibles que ejercían una clara influencia en la disolución de la dictadura… Recuerdo, en los círculos más opacos, al abogado Carlos Suárez, el Látigo Negro.

Saavedra era el mascarón de proa del PSOE en las islas, cuando a ese partido no le faltaban figuras y cabezas bien amuebladas, como Juan Rodríguez Doreste. Ahora , por eso, lo suponen disponible por más que haya depuesto las armas y entregado sus dominios territoriales en el partido. Este patriarca del socialismo de las islas le hace buena falta a Pedro Sánchez, que ha hecho un gobierno de estrellas, pero no de generaciones y se ha olvidado de Canarias.

¿En qué estará pensando Jeronimo Saavedra, la cabeza que no ha hecho otra cosa en más de cuatro décadas? No tenemos que tirar de Churchill para buscarle los arrestos al de Vegueta. “Por Saavedra no pasa el tiempo”, decía el poeta y su asesor Manolo Padorno, que inventó un adverbio para el político más flemático y culto en la síntesis del aplatanamiento insular: jerónimamente. Jerónimo ha sido un buen tótem canario. Como lo fueron y son, cada uno en lo suyo, Cesar Manrique, Antonio González, Chirino o Millares, Blas Cabrera y Cristiano de Vera, Juan Marichal o Juan Negrín. Saavedra y Negrín habrían formado un tándem de mucho cuidado. Es completamente incierto que las islas no hayan dado talentos de exportación. Cuando aquí alguien ha querido se ha trasplantado en Madrid como esa pareja de dragos de Icod donados al Senado esta semana, ha fundado una ciudad en otro continente o, de un salto, se ha mudado a la corte del zar. Toda esa historia redicha pero mal digerida. Es una majadería eso del canario acomplejado que se quedó en la isla por timorato y miedo a triunfar como Kraus, o como hoy Celso Albelo. Saavedra era un Miterrand metido en la jaula, pero era mundano y solicitado en la Villa y Corte. Ya dije que ayudó a constituir este país, esta democracia, con sus coetáneos en las Cortes de Suárez, González, Fraga y Carrillo. Lo llamó Felipe y fue ministro de tacón, negociaba con Pujol y lo habría hecho ahora con Torra o el sursuncorda exiliado en Berlín. “Vengo a entrevistar al Miterrand canario”, me dijo una vez el corresponsal de Le Monde en el Mencey. Lo que mejor describe a este canario masón y desprejuiciado es su libertad de pensamiento, su criterio de demarcación, como diría Popper, su filósofo de cabecera. De ese modo fui testigo cuando refutó a Alfonso Guerra. Así ha envejecido bien, sin dar señales de acabamiento, pues ya decía Caballero Bonald que “envejecer alarga la vida”. Todos quisiéramos en Canarias imitar la indolencia y vejez de Saavedra, saber que el tren nos espera dos veces hasta vernos subir. Ser canario y saltar las alambradas si nos da la gana y no arrepentirnos de no hacerlo. Algunos intelectuales como Juan Manuel García Ramos parecen vacunados de ese dilema, hechos a sí mismos sin salir del laberinto. Otros fueron al encuentro de las culturas del mundo, saltaron el mar de los poetas (esa valla), gente como Juan Cruz o Juan Fernando López Aguilar. El canario que resume toda esta contemporaneidad y vaivén en las islas se llama Jerónimo Saavedra, faustiano, heterodoxo, pero no heterosexual, que es toda una isla propia en la política del archipiélago, una parte inexorable de ese mapa.

 

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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