El arte de la guerra

Tal como discurre todo ahora, se ha puesto cara la tranquilidad, la normalidad política. Como se ha impuesto el trágala y el recurso al escándalo como método, ya nada goza de valor e interés si no está envuelto en un halo de affaire. Y los partidos rinden culto a esa categoría que consagra el chanchullo y la denuncia en el tótem de todo argumentario. Lo normal no es gobernar bien o hacer oposición en positivo, sino salir airoso del campo de batalla. Del combate. Políticos devenidos en guerreros, armados hasta los dientes. Política, ya no de salón; de ataque y contraataque. Mucho se habló de la crispación en casos excepcionales, pero ahora es que cubre todo el espectro.

En la otrora estable Francia -valga el ejemplo- hay bastante ruido por las malas artes del guardaespaldas del presidente, que se camufló de policía en una manifestación y repartió mandobles a diestro y siniestro. La popularidad de Macron se ha resentido y la oposición en bloque invoca una comisión de investigación y un escáner al presidente, acorralado por los excesos del segurita que le cubre la espalda con gafas de estudiante y aspecto inofensivo. El incidente ha desatado lo que la prensa gala denomina ya una crisis de Gobierno. Si Macron se tambalea porque se le zafa el gorila, ¡estamos listos!

El minuto de paz y tranquilidad se ha puesto imposible en la política actual. Ese minuto de Kipling: “Si puedes llenar el implacable minuto -escribía en su famoso poema Si el autor, por cierto, de El libro de la selva- con sesenta segundos de diligente labor, tuya es la Tierra…” Hoy en día no hay un minuto de armisticio en la jungla política. La tierra es del que la trabaja, del que la líe mejor. El oficio de la política se ha vuelto una derivación de la guerra, como en la antigua Roma, desde el siglo noveno antes de Cristo: batirse en campañas interminables contra el enemigo, incluso perder batallas para ganar guerras. Y ese ADN del político militante y militarista que busca la destrucción del enemigo y se pertrecha frente a la ofensiva inmisericorde en su contra ya es moneda de uso corriente, manual de estilo en la democracia de cualquier latitud. En esas reglas se basaba el consejo lapidario de Churchill a un neófito compañero de bancada: “Nuestros adversarios están enfrente, nuestros enemigos atrás”, le espetó al joven tory.

Un veterano de guerra como Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón teorizó en su día sobre la distinción entre enemigos y adversarios; citó también a Churchill, que decía que, en ocasiones, el diablo puede resultar un aliado conveniente, y recordaba a los griegos que contra otros griegos trataran con los persas, para explicarse el origen de lo que en la vida parlamentaria se conoce como la pinza.

Para manejarse en los desfiladeros de la política española, los jefes de filas de la nueva hornada, cuarentones y treintañeros, se llevan a la playa El príncipe, de Maquiavelo, y El arte de la guerra , de Sun Tzu. Y el que vaya de buen rollito tiene los días contados. Es lamentable el grado de beligerancia y hostilidad en la praxis política española cotidiana.

Pablo Casado -como Rivera, Sánchez o Iglesias- mira a la bronca del guardaespaldas de Macron para aprender del vecino. Pero es imposible escapar a las tretas del enemigo. Si no te la juega el escolta, la pifia será de cualquier otro, y lo usual consistirá en defenderse y atacar, con o sin razón. Siempre habrá un escándalo, un affaire, una trifulca callejera, una grabación y una corinna, un palacio y un rey, que te amarguen el día (que se lo pregunten a Sánchez).España es el mejor teatro de operaciones de la política en términos de confrontación. Y esta no es la guerra de Gila, aunque venga al pelo decir que es la de Faemino y Casado.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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