Ferragosto

Aunque el verano se vista de seda, verano se queda. Y este ha empezado con truco, con el pie cambiado y maniobras de distracción, como si no fuera un verano de verdad, desviando las olas de calor para Siberia, inventando sequías en falsos yermos y montándose el show en los sitios más insólitos. Pero el verano sabe más por diablo que por viejo, y las Islas no se tragan esta canícula de pega. Las noches de Santa Cruz -Santa Cruz la nuit, que decía el inefable Francisco Pimentel- traen la brisa puesta como si fueran noches de primavera. Nosotros, que habíamos olvidado hasta el alisio por absentismo y ya nos hacíamos la idea de un Caribe ciclónico o unas Antillas del Delta, tenemos que andar espabilados y no morder el anzuelo de este verano amable con su déjame entrar. Hoy termina julio su cometido y cae el telón para lo bueno y para lo malo. Los que al atardecer emprendan la evasión y se pierdan para el sur o farden de 75% y se vayan a la tórrida Península a turisquear, traerán a la vuelta noticias del verano de fuera de Santa Cruz, que es una ciudad de verano todas las noches del año, con las calles espaciosas y sin un alma. Requiescat in pace.

Pero que nadie se llame a engaño. Vendrá la canícula, que es la calígula del clima de todo agosto que se precie, y solo cabe cruzar los dedos para que los montes se libren de desaprensivos y pirómanos de agosto, que es la temporada alta de los bomberos. Si cubrimos el expediente sin los dramas de Grecia, y salimos airosos en incendios forestales, valdrá la pena atravesar ferragosto sin mayores propósitos. Hay un apagón informativo a partir de mañana, como no se nos escapa, pero las redacciones espantan (vade retro), en contra de lo que se piensa, los fantasmas que desatan la ira del fuego y que nos amargan la vida por agosto como un clásico de la crónica negra del mes.

Vengan los turistas, pasen y disfruten del espectáculo. Vendrán menos ingleses y alemanes, pero más peninsulares y nórdicos. Y a sabiendas de que el mar es terco como el solo, a poco que las temperaturas alcancen el nivel óptimo en los termómetros y el alisio se repliegue a sus cuarteles, estaremos a pie de playa con la mosca detrás de la oreja por si asoman el hocico las microalgas. No es plato de buen gusto, y este periódico dio buena cuenta del fenómeno el año pasado. La tozuda meteorología tienta a la cianobacteria y, como quiera que los científicos no se ponen de acuerdo, esta es una materia en la que nos iremos haciendo expertos a fuerza de agostos con las playas clausuradas, como cortando huevos se aprende a capar. Las multas de Europa a los vertidos no hace sino recordarnos que la mierda sigue ahí, en los bajos fondos, y que sea o no combustible de la microalga hedionda, a ver quién le explica al turista que se baña en una sentina y que resulta inocuo. Se nos cae la cara de vergüenza con las cifras que aireamos cada vez que nos sale la porquería por el desagüe y la foto no hay quien la desmienta. Tenerife, la isla de los 57 millones de litros de aguas negras vertidas al mar, no es eslogan para un destino turístico. Dudo, en contra de lo que se dice, que las microalgas de 2017 nos sirvieran de escarmiento y hayamos aprendido la lección. En política la memoria es corta, y las portadas del DIARIO pudieron sonrojar un cuarto de hora a los mandatarios locales. Pero el efecto del rubor es limitado, y otras malas noticias siempre piden paso para afearnos la estadística hasta el verano siguiente. Demos a agosto un margen de confianza. Que no se nos ponga chulo.

 

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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