La voluta de humo negro

Se echa de menos a grandes figuras en la política mundial. Ha habido de todo, héroes, sátrapas y dictadores con o sin careta. Los de mi quinta hemos vivido un entretiempo de dos siglos sin parangón, con un entusiasmo tecnológico exultante. Pero lo que defrauda es el catastro -la catástrofe- de pésimos líderes de una democracia valetudinaria decadente. De ahí estas líneas estivales cargadas de nostalgia donde traigo a colación algunas de las personalidades -y de las bestias pardas enmascaradas- que me he tropezado cuando me salía del tiesto provinciano, con la arrogancia de la juventud, y este oficio me dejaba volar alto. Recuerdos de pasantía y rodaje de periodista en tiempos mejores.

Son muy jóvenes los nuevos líderes españoles, pero qué bien que comparados con sus coetáneos europeos y extramuros no salen mal parados. Pero está ese desprestigio del cambio, que era la consigna generatriz de los años de este relato. Los héroes siempre eran los grandes políticos. Tenían el don de hacer cambiar las cosas. Ahora declinan en gerentes de gobiernos sin proezas. Por primera vez, ya no son dignos de admiración. Son efímeros, sin estela y los que despuntan son los líderes visionarios de empresas: Jeff Bezos, Mark Zuckerberg, Bill Gates, Elon Musk… Ridiculizado, el político decae como héroe.

En una resaca de posguerras, vimos caer el muro de Berlín, que fue una cosa grandiosa a finales de los 80. Pero no tardó en instalarse la decepción en nosotros. Hay una frase de Flaubert que inspiró las Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar: “Los dioses no estaban ya, y Cristo no estaba todavía, y hubo un momento único en que el hombre estuvo solo”. Pues eso nos está pasando. Hay avances geniales, pero nunca hubo este atraso de gobernantes y gobernanza.

Suárez era una recompensa de la derecha por los estragos de la dictadura. Me caía fenomenal, me daba entrevistas exclusivas, era un tipo valiente. Con el valor tapaba todas sus carencias. Gorbachov, cuando lo conocí, era el Suárez ruso sin zares: dos democratizadores de países como dos deshollinadores. En la corta distancia me parecían dos casos paralelos sin tener nada en común: uno provenía del franquismo y el otro del comunismo. Ahora que tenemos la sensación de estar jugando la prórroga del triste último Mundial, cero a cero y a penaltis -Mundial sin estrellas, Mundo sin líderes-, la sola mención de Suárez y Gorbachov te eleva la moral. Hubo gente así. Mijaíl Gorbachov vive, con 87 años recién cumplidos, una posdata larga de vida pública en su Fundación y salud quebradiza, con incursiones publicitarias para causas humanitarias y ecológicas promocionando pizzas Hut o maletas de Louis Vuitton, narrando cuentos para niños o grabando baladas benéficas para su difunta esposa. Adolfo Suárez habría cumplido 86 años en septiembre de no haber fallecido en 2014 con la mente en blanco, víctima de los estragos familiares del cáncer y el azote del Alzheimer (la desmemoria histórica).

Tuve suerte de conocerles entre los años 70 y 90, en que pasaron las cosas más formidables que me han sucedido en esta profesión. Dabas con personajes de carne y hueso que eran mitos en vida y estaban construyendo un mundo nuevo, y eras testigo directo, pero creías angelicalmente que así sería para siempre, que la democracia estaba a salvo de magnates y mangantes y todo el monte era orégano. Hoy sabemos el final de la película, pero entonces estábamos en el guion al lado de algunos actores principales. Nos gustaba Gorbachov, cuya perestroika y glasnost tenían el aroma de la Transición española. Y dábamos unas caminatas mañaneras tremendas con él y Raisa, en Teguise; así se fue fraguando una extraña simpatía que desembocó en la entrevista más deseada. Cuando aquel hombre me dio un abrazo en público en Lanzarote en el 92 yo no sabía dónde meterme de la vergüenza. Era sencillo y espontáneo, un gigante de su tiempo, y yo no quería parecer confianzudo. De noche, en La Mareta, tocaba la guitarra española -por eso yo sabía que cantaba baladas-; Raisa era rauda y poco rusa en su look -Raisa la occidental- y padecía leucemia con discreción. Venían de sufrir el golpe de Estado de los rusos reaccionarios y de ceder a la infidencia y dipsomanía de Yeltsin, que gobernó en estado etílico permanente.

Recuerdo la mancha cárdena de Gorbachov en la frente y la mirada de Tito. Había líderes que lo llevaban escrito en la mirada. Fue en La Habana donde me topé con los ojos del mariscal, cuando yo no tenía edad para ser corresponsal en un congreso de países no alineados, y me acerqué a Josip Broz Tito -corría el año 1979-, en plena Guerra Fría. Yasir Arafat iba siempre como una exhalación en busca de Fidel y no se le despegaba. También debo contar que por allí estaba Robert Mugabe, cincuentón, a punto de ser héroe nacional de la independencia de Zimbabue (Rodesia) y cuya rivalidad con el gordo Joshua Nkomo me resultaba cómica, porque eran una pareja estrambótica. El longevo Mugabe resultaría ser un represor; aún vive, nonagenario, hecho una piltrafa. A Tito, el alquimista de la unidad yugoslava, le quedaban apenas unos meses de vida. Tenía 87 años de edad y era una esfinge sentado en el buró de la delegación de su país. Lo habían dejado solo, y yo me detuve a acompañarlo contemplándolo con respeto, sin mediar palabra. Con el paso del tiempo, algunos de aquellos estadistas han quedado marcados por la corrupción.

En España, la voluta del humo negro va pasando de una cabeza a otra y ahora se deposita sobre la corona del rey emérito. Nuestra generación vio llegar la democracia y al monarca que la traía bajo el brazo. Y le cogió aprecio. Es como si Gorbachov se nos cayera del pedestal, cercenados los pies con los que dio pasos tan grandes dentro de la Historia.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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