Inolvidables veranos de la infancia

En la calle San Sebastián había una confluencia de arterias, como de vías de escape en un laberinto. Y una de ellas conducía a la plaza y la ermita, donde en verano los niños del barrio irrumpíamos como invasores y todo el territorio quedaba a nuestras anchas. Jugábamos a entretenernos por procedimientos que entraron más tarde en desuso: los boliches, la piola, el trompo, la pedrada… Es que antes de esta fiebre sedentaria de videojuegos y consolas había semejantes recursos primitivos. Yo recuerdo la infancia en un estado de algarabía demencial; los chiquillos, organizados en bandas, combatíamos como locos lanzándonos toniques con la estiladera, que en China tiene consecuencias letales, compuesta de horquilla y goma con que dirigir los proyectiles contra todo lo que se movía; lo que me cabreaba es que le dieran a algún perenquén.

Los chiquillos del barrio nos turnábamos de monaguillos en Los Salesianos, que estaba a dos pasos, y tenía unas canchas formidables donde jugar a balonmano, fútbol sala y baloncesto, junto a San Ildefonso y otros polideportivos escolares asequibles. En aquellos veranos indómitos era como entrar en un palacio de deportes gratis con pantalones cortos; de resto, nuestro hábitat natural era el barranco, ajustar cuentas con el enemigo, o hacer acopio de objetos abandonados, de cosas valiosas tiradas por descuido entre los desechos, con las que solíamos ganarnos alguna compensación económica de los mayores. Me quedaba embelesado viendo liar las hojas haciendo puros al padre de un amigo que tenía su tabaquería exprés en casa: cómo daba el corte de la capa con la chaveta y cómo los pegaba con tragacanto. De ahí procede mi etapa de fumador de habanos, que suspendí cuando escuché el testimonio de Al Gore sobre la muerte de su hermana, de cáncer. A veces, en el zaguán, nos miraba con asombro algún chiquillo rapado huido del reformatorio. Esos fugitivos nos caían bien, por la mala fama de aquellos centros correccionales del franquismo, y hacíamos la vista gorda. Hoy recuerdo que éramos niños de la calle, libres y revoltosos, una suerte restringida en estos días, cuando el coco y el hombre del saco, del folklore de asustadores, son alguien de carne y hueso. Con edades tempranas correteábamos por la calle de San Sebastián de arriba abajo, de abajo arriba, del Cine Moderno a la heladería La Alicantina, dejando atrás la Clínica Llabrés…, hasta los confines de la Recova y el Carrito de Machín, sin sospecha de malicia. Nunca pasó nada. Cuando nos mudamos al barrio de Duggi fue distinto. Estaban la plaza y el Colegio de San Fernando, Carmenati el de la imprenta, que nos regalaba melones, y la calle sin salida, con el fotógrafo palmero Miguel Brito Rodríguez, que trajo el cine. Jugábamos y corríamos, pero ya no llevábamos pantalones cortos. Y los veranos empezaron a ser más literarios y periodísticos, con escarceos de fútbol en el campo de tierra del Greco. Pero ya a los 12 años, en casa de mi tío Paco Martínez del Rosario, empezamos a escribir religiosamente mi hermano y yo, sentados junto a él en un piso de techos altos como juegos florales bajo la pérgola de mi tía Carmita en la calle San Martín. ¡Qué veranos en la casa de los tíos, de sopas saladas y el sabor dulzón de la biblioteca! Había libros por todas partes, de Galdós, Zamacois, Estévanez, Cela, Ramón J. Sender, Azorín… En la ruta diaria a la librería La Prensa, de mi tío Paco, pasábamos necesariamente por La Tarde, en Suárez Guerra, en cuya esquina sobresalía en el balcón el famoso águila de pico protuberante que daría título a la columna de Alfonso García Ramos, Pico de águila. Una tarde me escapé de la librería y fui a visitar por mi cuenta al director del periódico, el venerable don Víctor Zurita Soler. Guardó en una caja de zapatos mi poema a Taganana y el primer artículo de mi cosecha, y don Víctor tuvo la generosidad de publicármelos. Desde entonces hasta hoy no he parado de escribir en periódicos. Me bauticé de periodista a los 12 años, era un retoño en La Tarde, y había una prensa vespertina de calidad a la que está predestinado ahora el papel.

Menciono Taganana, porque era el valle paradisíaco de nuestras vacaciones de verano en casa de Juana y Vicente, y nuestra segunda residencia semanas enteras cuando no teníamos clase. Los veranos más temerarios fueron en Anaga, los de mis riscos aliados, pues de milagro nunca me maté. En Taganana conocí con mis hermanos a Ambrosio, que mal llamaban Fenómeno; tocaba el timple y se dejaba fotografiar con los turistas a cambio de la voluntad. Miente quien diga que su aspecto no impactaba la primera vez. La cabeza grande y desordenada por el síndrome de Crouzon que padecía desde niño en un entorno endogámico aislado entre montañas imponía hasta que te acostumbrabas, y pasaba a ser uno más de los personajes irrepetibles de Taganana -incluido el cura de la Nieves, celoso guardián del tríptico flamenco del siglo XVI y de la llave del agua de los campos, según recuerdo vagamente-. En El Lomo, Epifanio no sabía conducir, pero se compró un coche que llamaba la atención. Había vuelto con vida del naufragio del Berge Istra, con otro paisano de la Punta del Hidalgo (Imeldo), cuando se embarcó sin saber nadar en uno de los mayores cargueros del mundo y el barco noruego explotó en el océano Pacífico, hace más de 40 años, con ellos dos como únicos supervivientes (tengo entendido que Imeldo conserva la balsa en la que pasaron veinte días al filo de la muerte hasta ser rescatados por un pesquero japonés) . Había historias reales y fantasmagóricas casi todos los días en aquella cordillera de viñas y lagares y rudos campesinos de naturaleza tierna. Eran veranos luminosos, agrestes y saludables: comíamos lo que cosechábamos. De esa etapa me recuerdo pastoreando y ordeñando cabras, cavando papas y pisando uvas, desriscándome como un energúmeno, frecuentando curanderos y brujas, y enamorándome perdidamente de una muchacha de Asano que me triplicaba la edad.

No teníamos ni idea del porvenir que nos aguardaba. Yo era mal estudiante y recibí una cachetada en el San Fernando por no cantar el Cara al Sol. Los curas de los Salesianos nos mandaban con cartas confidenciales para las monjas del Hogar Escuela. Nos hicimos mayores y echo de menos esos veranos inolvidables de la infancia, porque nunca volverán.

 

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión 1 comentario

Respuesta a Inolvidables veranos de la infancia

  1. Victorio -Fidel Díaz Marrero

    Apreciado Carmelo: entrañables y nostálgicos recuerdos de tu infancia, de nuestra infancia, tú en Santa Cruz y Taganana. Yo, aunque chicharrero, mis recuerdos de la infancia están en Granadilla y El Médano, también inolvidables.
    Efectivamente, no conocí a Ambrosio, El Fenómeno de Taganana, pero sí tengo una fotografía que me regaló don Vicente Pérez Melián, el gran fotógrafo de Valle de Guerra. Impresiona mucho y de cerca debió atemorizar. Efectivamente, la balsa que salvó a Epifanio y a Imeldo está en La Punta del Hidalgo.
    Un abrazo desde el antiguo Menceyato de Tegueste.

     

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