El avión que lleva el problema a bordo

El 20 de agosto de 2008 se estrelló un avión en Barajas al intentar despegar con destino a Canarias con numerosos paisanos a bordo. El accidente se haría inmediatamente famoso y el vuelo JK5022 de Spanair pasó a ser una muletilla en boca de periodistas, políticos y víctimas, como tantos numerónimos que se nos quedan grabados como la huella de un recuerdo funesto en nuestra mala memoria. A Pilar Vera, la mujer que reclutó Adolfo Suárez en los años turbulentos de la Transición, no le arredran los desafíos. El otro día se enfrentó a la exministra de Fomento Magdalena Álvarez y le espetó en la cara, a la salida de la comisión de investigación: “Usted nunca debió ser ministra”.

Cuando uno se adentra en las anomalías de aquel vuelo del MD-82 que segó la vida de 154 personas, comprende que hemos topado con la Iglesia de los aviones. Es un aparato de la McDonnell Douglas, o sea de Boeing. Esa clase de imperios maneja contratos siderales en el país que es amo del mundo y despachan tanto aviones civiles como militares. No hay manera de que den el brazo a torcer y admitan errores de fábrica, que acepten por qué diablos en sus naves no se despliegan siempre de manera convencional los flaps y los slats, y por qué no sonó la alarma TOWS para advertir de ese fallo determinante que explica la pérdida mortal del avión aquel 20 de agosto del que ahora se cumplen diez años sin que se haya esclarecido el cómo y por qué de la mayor tragedia aérea en España en los últimos 25 años. En esta isla, donde del ránking de decesos por este medio mejor ni hablar, escuece el silencio y hasta el ninguneo sistemático de las autoridades nacionales ante un caso que les distrae de los bombos y platillos.

El JK5022 es esa piedra en el zapato del gobierno de turno, como lo fue el accidente del Yak-42, que se cobró las vidas de más de 60 militares españoles que nunca regresaron de una misión en Afganistán y Kirguistán. La torpeza del gobernante es dejar correr el tiempo con la esperanza de que las familias de las víctimas terminen desistiendo, porque el desánimo es el arma disuasoria del dirigente opaco. Todos conocemos casos que mueren en el camino pese a los muertos de carne y hueso que no merecían el olvido ni la desidia burocrática de la Administración. Pero las huestes de Pilar Vera se han revelado insensibles al desánimo. Con la contumacia de esta mujer no contaban los ministros, ni la Boeing, ni las compañías de seguro, ni los abogados de aluvión que han tratado de trocear y mercantilizar la causa común de›los damnificados de esta tragedia. Hay sitio para la poesía y las canciones y las flores y los monumentos y los discursos y los brindis al sol. Que no le den más vueltas. Este caso que investiga el Congreso, tras diez años de abulia y desinterés político, no cesará hasta que se haga la luz en los últimos recovecos del fuselaje de la verdad.

No vale tirar balones fuera, despejar lejos el meollo de este accidente con el recurso de manual del famoso error humano. Aquí hay pastel. Los expertos admiten en privado los defectos de fabricación de estas clase de aparatos, que ya ha dado otros sustos en otros aeropuertos con resultado similar (muertes masivas) o desenlaces milagrosos tocados por la vara de la suerte. En Lanzarote se registró una de estas cabriolas que ahora poine la piel de gallina. Pero lo grave no se reduce a los siniestros acecidos y debidamente documentados, sino que se acrecienta el temor de que la desgracia se pueda repetir en cualquier momento.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

Añadir comentario