Quince años a sangre y fuego

Cada época contiene rasgos de coherencia y así pasamos de un periodo a otro. Y hay que tomar distancia, como en una foto aérea, para ver las coordenadas de cada ciclo. Así, un día sabremos qué caracterizó la presente etapa que estamos transitando o desandando. Este baremo de verano invita a desempolvar ciertos hechos, personajes y tramas que tienen una estética propia y una literatura y dramaturgia por hacer de género negro. Recuerdo que el novelista Jordi Sierra i Fabra escribió una ficción política de las islas, En Canarias se ha puesto el sol (1979, Premio Ateneo de Sevilla), donde nos metía, sin conocernos, en el elenco de su narración. Cuando, al fin, nos encontramos contó que la historia la había armado con ayuda de nuestra corresponsalía en la prensa nacional. Y el retablo de aquel momento -los aguerridos años 70- era, en efecto, una novela de acción y terrorismo, de atentados y revueltas callejeras. Éramos canarios alzados. ¿Qué mosca nos había picado? Fabra interpretó esa secuencia temporal, en verdad atravesada por una misma ráfaga de agitación, que hizo de las islas, por esa vez, un volcán. Volcán nos decía Eliseo Bayo en la revista Interviú, donde se asomaba con frecuencia Antonio Cubillo arengando desde Argelia con más énfasis y humor que Puigdemont desde Waterloo (estos dos exilios merecerían un tratamiento aparte). Cubillo tenía, además de audacia, un don innegable para magnificar el potencial de sus efectivos. Engañó a Gadafi, a Hassan II y a Adolfo Suárez, pero no a Bumedien, y sí a todos los poderes fácticos españoles, incluido el Ejército, que se tragaban los anzuelos que lanzaba desde la radio. Cuando supieron que pensaba viajar a Nueva York a plantarse en la ONU, tomaron la decisión de matarle en Argel. Sobrevivió a los sicarios y solía mostrarnos con sorna la cicatriz abdominal de su cesárea de guerra postrado en una silla de ruedas con el espinazo roto.

Esto sucedía en aquellos años setenta que, como digo, eran de sangre y fuego, cuando este pueblo contrajo la rabia. Lo que se despachaba en las islas entonces eran noticias de crónica negra, como el secuestro y asesinato del tabaquero franquista Eufemiano Fuentes, que casi me cuesta un disgusto personal. No se me ocurrió otra cosa que comentar con testigos mi hipótesis del caso que nadie lograba resolver: El Rubio debió de contar con algún cómplice en el chalet de Las Meleguinas, incluso sugerí una persona sospechosa. Pronto se especuló que el industrial simuló un rapto para desaparecer, asegurar la póliza del seguro y evitarse cualquier ajuste de cuenta si la democracia tomaba represalias contra elementos como él, exintegrante de las brigadas del amanecer de la guerra civil. La policía, que estaba ciega, quería verme y yo los rehuía en madrigueras distintas cada noche -cometí esa idiotez-, hasta que me quedé sin guarida y concerté una cita con testigo, me creyeron y me dejaron marchar. Sin embargo, cuando años más tarde, fui a Hoya de San Juan (Arucas) a entrevistarme con la hermana del mítico Ángel Cabrera Batista, El Rubio, preso en Salto del Negro, mi curiosidad se vio agrandada. Ya antes, el abogado Limiñana me había deslizado algunas suspicacias sobre el delincuente más buscado de las islas, que tras huir más de una década entre continentes, mientras la leyenda urbana suponía a Eufemiano vivo y coleando en América, se entregó a la policía y fue condenado sin abrir la boca.

Aquellos años tenían una lógica visceral. Fue la racha en que la policía, buscando a El Rubio, acribilló a balazos en Somosierra al joven Bartolomé García Lorenzo, y un guardia civil acabó en La Laguna con la vida del estudiante Javier Fernández Quesada en la puerta de la universidad.

Muchas veces me he preguntado por qué se desató aquel aquelarre en la segunda mitad de los años 70 (en el 76 cayeron Eufemiano y Bartolomé; en el 77, Quesada, y en el 78, Cubillo casi la palma). Quizá porque eran años de Transición y Sahara y brotó la Canarias profunda.

No fueron cinco, ni diez, sino quince años de polvareda (del 76 al 91). Tardó en hacerse la calma. Y, de pronto, venían a solazarse magnates y atracadores, cuando no líderes famosos de sectas. Tengo esos años documentados. Nada ocurre sin la lógica interna que sugería al principio. ¿O fue por casualidad que John Palmer, el joyero inglés, dejara su piso en Bristol y se fugara con la familia al sur de Tenerife, antes de que la policía lo detuviera como cerebro del robo del siglo? Palmer se acordaba de mí, años más tarde, no olvidaba cómo lo descubrí de incógnito en un hotel y nos dio la exclusiva para España en El País. “Tú sigues siendo periodista y yo ahora soy un gran empresario”, me embromó en su despacho, poco antes de ser condenado, encarcelado y asesinado en el jardín de su casa. ¿Por la misma regla de tres, vino por azar el artista vienés Otto Muehl a la finca de El Cabrito, en La Gomera, con su famosa comuna hedonista y su atelier de Van Gogh desde Centroeuropa a estas tierras meridionales, en la que abusaba de niñas quinceañeras y organizaba happenings para invitados y autoridades, hasta que fue condenado en su país a siete años de prisión por pederastia y murió en Portugal ya octogenario? ¿Qué extraño imán atraía a las islas a personajes célebres predestinados a un trágico desenlace?: Robert Maxwell, el magnate de la prensa británica, adornado de un halo de espionaje por sus vínculos secretos con el Mossad,vino en su yate Lady Ghislaine a morir a estas aguas. Cenó en el Mencey -olvidó la chaqueta y el sommelier se la acercó a la puerta-, era un hombre corpulento, perturbado: lo vieron discutir acaloradamente por un Motorola y cuando su cuerpo apareció flotando boca abajo en el mar, con una oreja herida, nadie se creyó la versión oficial de la muerte por infarto. ¿Fue una sarta de coincidencias (Palmer vino en el 85; Mühl, en el 87, y Maxwell, en el 91) que el hampa y el crimen nos visitaran? Acababa de estallarnos el turismo en la cara, y no estábamos acostumbrados a la explosión del dinero.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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