Sánchez, cien días y hasta que el cuerpo aguante

Los cien días que Sánchez celebra ahora al frente del Gobierno no han tenido las genuinas luces y sombras de la ceremonia al uso, pues ha sido un tiempo mediático políticamente inédito en la cuarentona democracia (el joven presidente es el primero en besar el santo sin ser diputado y mediante censura o cesárea); ha sido una pirueta, una cabriola en mitad del Gobierno adocenado de Rajoy, y desde el 1 de junio, bajo todos los focos, fundóse de manera abrupta la política acrobática más riesgosa que se recuerda, en el filo del alambre, y con un toque de escapismo, a lo Houdine y Copperfield, cuando nos maravillaban sus leyendas de genios en fuga esfumándose bajo una nube de misterio.

Sánchez el equilibrista recuerda tanto a Zapatero, que tenía más efectivos pero bailaba también en la cuerda floja en la Cámara de Representantes,y recuerda a las postrimerías de Obama, que estaba a merced de una oposición republicana desestabilizadora. No hay nada en el debe ni en el haber propiamente dicho, salvo la ventana reabierta a la sanidad universal, que es un latiguillo de izquierda contra la cabezonada clasista de la derecha, ambos fieles al manual. Este es un periodo de aplazamiento y procrastinación, donde el éxito radica en mantener viva la llama, enganchado el espectador, en el prime time de la audiencia. El talento político de Sánchez es el de un programador en la parrilla de la oferta temática de la caja tonta. Ha descubierto que se mueve con acierto en la escaleta del menú de asuntos con tirón.

Programar la exhumación de Franco en mitad del avieso Parlamento, por carecer de diputados suficientes para sacar una ley, es de un indudable ingenio mediático como programador de ilusiones, de efectos especiales, de gags atrapaseguidores. Sánchez es solvente y envolvente en el rating político, que era la asignatura pendiente de Rajoy, el hombre plano del plasma. Prodigándose poco en ruedas de prensa, ha pasado cien días aparentando un contacto permanente con los medios, fruto de su facilidad para generar asuntos polémicos que le consagran como un magnífico proveedor de telediarios. En Estados Unidos veían las noticias de Walter Cronkite en la tele antes de irse a la cama, y en la España de Sánchez el presidente suelta palomas todos los días, las noticias del PSOE vuelan fácilmente, y no nos acostamos sin averiguar qué hay de nuevo sobre el viejo cadáver o el impuesto al diésel.

Franco tiene gancho y en términos televisivos se dice de un hallazgo como ese que “el tema vende” y se programa y de ahí los picos de audiencia. Obama se pasó todo un mandato sin legislar como marca la ortodoxia, pues carecía de mayorías en el Congreso, y se las arregló con decretos, pues sabía lo que le esperaba, un varapalo tras otro, como anunció a la periodista María Rozman, que hoy se incorpora a las páginas de este periódico para contarnos, precisamente, los entresijos de la Casa Blanca, que hay que ver cómo está si leemos (pronto en español) Fear (Miedo) del inefable Bob Woodward, sobre las paranoias y egolatrías de Trump, maestro fétido de fakes caído en su propio trampantojo. Sánchez tiene resiliencia, Trump tiene resistencia a bordo, según una tribuna anónima de un alto cargo de la Casa Blanca en The New York Times, que revela ahora que un grupo de funcionarios “resisten” contra los impulsos del presidente descocado evitando males mayores por el bien de la patria. El dislate americano es una metáfora real del desmadre que en Europa llamamos corrupción generalizada. En Estados Unidos la lacra se apoderó del poder y, por tanto, la corrupción pasó a gobernar. España se sacude la porquería de unos polvos que trajeron estos lodos, y a Sánchez le toca revolverse en esa ciénaga y salir impoluto con esmoquin para la fiesta de primavera, que es cuando hoy auguramos en estas páginas que convocará elecciones. Si, entre sus planes inconfesables, figura juntar las urnas en mayo, el totum revolutum electoral, España arde de rojo; Sánchez sabe que hará presidentes a una tanda de socialistas por las autonomías de media España, entre ellas Canarias. Y de ahí los nervios en CC, que lleva mal las encuestas y el moquillo de esa racha en contra por los meses que quedan de este cuarto de siglo en la gloria. Es que no es para menos. Y este tsunami Sánchez, que no gobierna pero se finge una suma de Zapatero y Kennedy obamantado trae a mal vivir a los rapsodas del régimen, que a ver a quién le cantan las estrofas allá por mayo, a la vuelta de la esquina, si han vendido el alma al diablo y después si te he visto no me acuerdo.

Gobernar para Sánchez ha tenido en estos cien días mucho de telegenia. Cuando precisamente venimos de teorizar sobre el cambio horario, conviene reconocer que el tiempo es la clave del mandato exprés de este mago con sus conejos en la chistera. Marcar los tiempos es determinante para este gobierno de la inmensa minoría, como decía el poeta de Moguer. Si la Ley de Estabilidad no sale por la vía de urgencia, Sánchez duerme el partido y pide tiempo. Es un buen encantador de serpientes, se rodea de ministros que caen bien, de pedroduques y marlaskas y de Meritxell Batet, y otros más sequerones y esquinados. Pero evita columpiarse en el tropo de la fama, como solía Zapatero, que hoy nos atiende en el DIARIO sin los rigores del talante que no lo dejaban romper un plato con la ceja. Zapatero ha venido a Lanzarote, como de costumbre, como Sánchez suele hacer a Tenerife y Merkel a La Gomera, como hizo Colón, que trae a colación América, donde ZP es un verso suelto del PSOE tratando de amansar la fiera Venezuela en las verdes y las maduras. Algo de ese estilo hereda Sánchez, hereje de los convencionalismos, que se parece más a Zapatero que a González y ha creado un género propio de en río revuelto ganancia de pescadores.

 

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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