Las musas que tientan a Felipe y Aznar

Va a ser una semana políticamente interesante. El jueves se sube el telón del Hotel Mencey y entra en escena el político canario que más expectación suscita en estos momentos. La reaparición de José Manuel Soria en el Foro Premium del Atlántico, de la Fundación DIARIO DE AVISOS, coincide en los días en que hemos vuelto a hablar de las aptitudes de los políticos. Los regresos son tan tentadores como riesgosos, en política; a unos les ha ido históricamente muy bien y a otros, segundas partes nunca fueron buenas. En cualquier caso, el revival de Felipe González y José María Aznar invita a salir de dudas sobre el percal del dirigente. Soria tenía auctoritas.

¿Qué entendemos en realidad por un político de pura cepa? La gran carencia de buenos ejemplares son una de esas sequías de verano (al que hoy decimos adiós) que llega a parecer irreversible; esto que nos sucede como una mala plaga esta siendo un cataclismo en todas las latitudes, como si un cambio climático a lo bestia arrasara con la flora y fauna de la política como problema de una especie de pésima calidad. Cuando un producto escasea se cotiza. Ahora mismo constituye un hallazgo, un hito excepcional, dar con un político de fuste, una promesa para una cantera que está por los suelos. Y la respuesta a la pregunta de partida no es fácil. ¿Se necesita un físico determinado, un semblante atractivo o una cara vulgar, alguna dosis de lo uno y lo otro; un tono de voz; una sonrisa; una capacidad para mentir, incluso descaradamente como el coronel Capadose de Henry James? ¿O el político apto ha de ser natural, sincero y hasta en cierta medida despistado como el común de los mortales, a fin de ser comprendido aun en la derrota electoral? ¿Se trata acaso de un ser superior, que levita cuando gobierna y finja poseer un conocimiento omnímodo de las cosas, un sujeto que tiene respuesta para todo, y resulta envidiable y genial?¿O el cliché del oficio en cuestión se ha ido magnificando y, de ahí, que el pequeño hombre y la pequeña mujer que pise la moqueta del poder tenga al instante la tentación de creerse Dios, un dios que miente? En Master and Commander, Juan Luis Cebrián (El País del pasado lunes), da un repaso al político que plagia y se reafirma en el embuste como norma de estilo.

No existe fórmula alguna que nos permita diseñar líderes como excelentes frankensteins. Cada persona es un caso aparte, cada político un derivado de una matriz para ejercer el poder. Pero hay ejemplos vivos de que algunos políticos llevan la política en la sangre, y quizá esa sea una pauta que establezca distinciones plausibles entre buenos y mediocres líderes. La joven Arrimadas catalana es un animal político, dicho de un modo políticamente incorrecto, como ya dijera Hollywood de Ava Gardner. La figura de esta Juana de Arco frente a las fieras del procés se nos agranda por la singular contienda que se vive en su tierra. Es posible que nos invada un admiración protectora, y algo machista, de esta mujer sola ante el peligro desafiando la calle, los insultos y la amenaza literal de la violencia que se cierne sobre su estampa de mujer.

Pero el idilio de la política con los políticos es sinuoso y desigual. La política y Aznar conservan cierto romance. Su comparecencia en el Congreso, catorce años después de colgar las botas, puso de manifiesto que en ciertos casos les basta con saltar al campo y tocarla una vez para recordar la teórica y la práctica del juego sucio que define a la política. Estos rifirrafes que hemos presenciado del expresidente con Rufián y Pablo Iglesias compensan, devuelven la entrada del partido como en los grandes duelos. Aznar, resecón y mesetario, conserva la impronta purulenta, y su estilo congenia con los fusileros de ERC y Podemos. Le va la marcha y le traicionan las ganas de volver fingiendo un distanciamiento que no es sino la ocultación de un deseo latente. Hoy Pablo Casado tiene un delfín en Aznar, que fue su progenitor. Aznar, que está en forma, acaricia el retorno a lo De Gaulle, ahora que Cataluña invoca el voto patriótico que había desaparecido del imaginario político nacional. ¿Qué es lo que no ha perdido Aznar? Auctoritas, sensación de seguir mandando (legitimación, autoridad moral, diría el Derecho romano), de estar a la espera de volver a mandar agazapado en la reserva, y de creerse necesario y redentor, pues todo político que se precie no deja de ser un iluminado. Los dardos de Rufián e Iglesias alcanzaron de lleno a un hombre cubierto por las sombras del caso Gürtel, que acabaron con Rajoy y no con él, pero Aznar sobrevuela los propios restos de su cadáver político y resucita a conveniencia.

Como Felipe González. Ambos acaban de celebrar la ceremonia póstuma del consenso más importante de la cuestionada generación del 78. Convocados a un debate inédito por El País y la Ser en el 40 aniversario de la Constitución, la moderadora, Soledad Gallego-Díaz, directora de la cabecera de la Transición, ofició en el Colegio de Arquitectos de Madrid una de esas liturgias imprescindibles e infrecuentes, en las que se dan la mano las dos orillas, como si de cuando en cuando nos conviniera a todos que la política fuera de carne y hueso. Dos hombres se sientan a hablar sin acritud al cabo de los años, tras haber protagonizado batallas feroces que parecían hacerles irreconciliables. La historia política de este país se hizo con ayuda de los polos opuestos. Decía, en este tète a tète, Aznar que González era inamovible en la Moncloa. “Váyase, señor González”, le coreaba el del PP con su bancada al presidente que todavía hoy el PSOE no consigue hacernos olvidar pese a que han llovido años. O sea que González y Aznar poseen la auctoritas que exige el ejercicio de la política. Tanto el conservador como el socialista fueron amortajados cuando pasaron a mejor vida y, sin embargo, resucitan por encima del Gürtel y el Gal, de Irak y la beautiful people.

Resulta comprensible el incienso que les dieron en su día y las veces que los han enterrado después. Pero este tándem nos dice mucho sobre el asunto inicial. Son dos animales políticos con la nostalgia del poder, alentados por el combustible de los hechos, pues seguimos galopando sobre caballos locos: Cataluña, Europa y la Constitución. Y esas musas no los dejan en paz.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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