El otoño del patriarca

Se esmera otoño en ser el mes. Los viejos rockeros siguen en forma, y desde que han vuelto a cantar las glorias retiradas siguiendo la estela de los Rolling, la especie ha mejorado lo bastante, pues no se evoluciona por obra del Espíritu Santo, sino de la edad, del tiempo y de la experiencia, que son los valores que habíamos desprestigado en el umbral de la llamada regeneración. Este fenómeno tuvo su minuto de éxito, puso en peligro todo el background y el derecho de memoria -que no es baladí-; de haberse consagrado definitivamente como dogma, estaríamos lamiéndonos las heridas con la piel endeble de la juvenalia como canon y manía. Resulta que algunos puretas han regresado, como Borrell, y a la política se le ha ido quitando esa majadería de rejuvenecer hasta al bedel ministerial.

Julio Iglesias cumplió el domingo 75 años. Cuando lo entrevisté en este periódico me dijo que “cumplir años sobre un escenario -y lleva medio siglo- es un privilegio”, y al escucharle en el muelle de Santa Cruz comprobé que con el paso del tiempo el intérprete de Gwendolyne canta mejor, como se baila mejor tras la danza de los años. Esta semana cumplirá 70 Juan Cruz, que era una edad provecta antes de que nos hiciéramos longevos sin darnos cuenta y entráramos, como dice el profesor Manuel Maynar, en el cuarto espacio, el ámbito de los centenarios, donde la vida cobra su mayor esplendor y sentido justamente en ese último tercio, que es el de la sabiduría, y en periodismo está, como Juan, Soledad Gallego- Díaz, recién nombrada directora de El País, con 60 largos, como Larry King triunfaba en la CNN con 77, o Walter Cronkite, sesentón, era “el hombre más fiable de los Estados Unidos” presentando telediarios nocturnos en la CBS. Iñaki Gabilondo, con 75, sigue dando guerra. Pero resulta que estamos en medio de un ajuste de tuercas (y de cuentas) con el tiempo y con las normas legales. Los médicos siguen jubilándose a los 65, que es cuando empiezan a ser sabios y eficaces en todo su apogeo. No debemos coger el rábano por las hojas. Si se acaba de retirar a los 54 años, el mítico Jack Ma, uno de los fundadores del gigante electrónico Alibaba, y el hombre más rico de China, no es por obsolescencia o caducidad. Es verdad que dijo aquello de dar paso a la juventud, pero no tardó en confesar su ardid: el millonario no tiene ganas de perder el tiempo sin dedicarse de lleno a su mayo hobby, la educación. Si en nuestra parca economía doméstica podemos permitirnos el lujo de trabajar en lo que más nos gusta, somos como Jack Ma, y no hay edad que nos tumbe. Cierto que ahora nos gobierna y oposita la generación X, la última que jugó en la calle y la primera que flirteó con los juegos electrónicos, y pronto asaltarán el poder los millennials, la generación propiamente digital, que tienen fama de éticos y buenazos y emprendedores y amantes tanto de lo hípster y vintage como de lo más convencional del mundo, lo mainstream, toda esa terminología que terminamos consumiendo y repiqueteando, como aquí. Vengan los modernos y los carrozas y firmen el pacto de los montes, pues aquí, como en la fábula del parto, nadie se come el mundo, todo es más simple: la experiencia, la vieja amiga que da sentido a la historia y a la evolución de la humanidad. Ella, la indestronable.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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